—¿Es que no lo ves? Cerebro de silicio impuro. Problemas con la disipación del calor. La temperatura diurna es demasiado alta, y eso hace que la velocidad a la que se efectúa el procesamiento vaya reduciéndose, con el resultado final de que el cerebro termina quedando completamente detenido cuando el clima es más cálido. Entonces el troll se convierte en piedra hasta que llega el momento en que anochece, i.e., hasta el momento en que una temperatura más baja o, almenos, losuficientementebaja, hacequeelcerebrooperemásdeprisa…
—Creo que no tardaré en helarme de frío —dijo Cuddy.

Los trolls habían evolucionado en lugares altos, rocosos y por encima de todo fríos. Sus cerebros de silicio estaban acostumbrados a operar a temperaturas bajas. Pero en las llanuras fangosas, la acumulación de calor hacía que esos cerebros funcionaran cada vez más despacio y los volvía tontos. No era que solo bajaran a la ciudad los trolls estúpidos. Los trolls que decidían bajar a la ciudad solían ser muy listos… pero se volvían estúpidos.

Ahora su cerebro se estaba aproximando a la temperatura de funcionamiento ideal. Desgraciadamente, esa temperatura quedaba bastante cerca del punto óptimo de muerte para un troll. A medida que la temperatura iba bajando, la eficiencia de su cerebro se incrementaba todavía más. El cerebro de Detritus necesitaba algo que hacer.

Calculó el número de ladrillos que había en la pared, primero por grupos de dos y luego por decenas y finalmente por grupos de dieciséis. Los números se apresuraban a formar y desfilaban por su cerebro en una aterrorizada obediencia. La división y la multiplicación fueron descubiertas. El álgebra fue inventada y proporcionó una interesante diversión durante uno o dos minutos. Y entonces Detritus sintió disiparse la niebla de los números y alzó la mirada y vio el centelleo lejano de las montañas del análisis matemático.

[…]

Cuando [sus compañeros] por fin consiguieron abrir la puerta principal, ya había un montón de gente alrededor de ellos. Cayeron trozos de hielo sobre las piedras con un suave tintineo, y hubo una súbita ráfaga de aire superfrío. La escarcha cubría el suelo y las hileras de cuartos de carne colgados en su viaje de vuelta a través del tiempo. También cubría a un gran bulto con la forma de Detritus que estaba sentado en mitad del suelo.

Las paredes interiores del almacén estaban cubiertas de números. Ecuaciones tan complejas como una red neural habían sido arañadas en la escarcha. En algún punto del cálculo el matemático había cambiado el empleo de números por el de letras, y luego ni siquiera las mismas letras habían sido suficientes: paréntesis como jaulas encerraban expresiones que eran a las matemáticas normales lo que una ciudad es a un mapa.

Luego las ecuaciones iban volviéndose más simples a medida que se aproximaban a la meta; más simples y, con todo, conteniendo en el fluir de las líneas de su simplicidad una complejidad espartana y maravillosa.

Hombres de armasTerry Pratchett