¿Nunca os habéis preguntado por qué tras dos o más meses comiendo mandarinas sin una miserable semilla de repente se cruza una en tu postre con al menos dos por gajo?

Alguna vez ya me había extrañado encontrar de pronto alguna mandarina con semillas, pero la última fue escandalosa, llegando a tener que escupir hasta tres y cuatro veces pepitas de un mismo gajo, así que me he lanzado a la aventura de descubrir el porqué.

En España, las mandarinas se clasifican en cuatro grandes grupos: Clementinas, Clemenvillas, Híbridos y Satsumas.

Dentro de cada una de estas especies hay diversas variedades con sus correspondientes características y sus distintas épocas de recolección.

Llegados a este punto he de aclarar, que lo que me parecía sorprendente no era encontrar mandarinas con semillas, sino que lo normal fuese comerlas sin ellas, puesto que de algún modo debía reproducirse esta fruta con un nombre tan gracioso.

El caso es que las Clemenvillas son un híbrido y como tales, al igual que la mula, son estériles, por lo que parece evidente que no tendrán semillas. Según la Wikipedia, las Clementinas también es común que no tengan pepitas.

La mandarina popular tiene un inconveniente, que es el exceso de pepitas. Pero hay variedades como la satsuma y la clementina, que carecen de semillas. La primera apareció en Japón, después de varios cruces con otros cítricos y desprende un fuerte aroma. La clementina nace de la unión de una naranja con una mandarina, realizada en Argelia por un sacerdote llamado Padre Climent.

Es increíblemente satisfactorio comer mandarinas sin semillas, y cuando te acostumbras a esa comodidad, llega una llena de ellas a incomodarte mientras te la comes. De ahí que la gente no está conforme con el azar de encontrar ocasionalmente mandarinas con semillas, sino que en Valencia están estudiando eliminar las pepitas de algunas variedades.

Lo que me parece más curioso de todo este asunto es que a lo largo de la Historia se haya puesto tanto empeño en eliminar las pequeñas semillas de las mandarinas, y no de otras frutas. ¿Por qué no el incómodo y rugoso “hueso” del melocotón? Es mucho peor que las simples semillas porque hay que chuporrotearlo todo para extraer toda la fruta adherida al mismo, y además la fruta pegada al mismo tiene una textura más blanda y más desagradable. O las innumerables pepitas de, por ejemplo, la sandía. O el también inmenso “hueso” del mango.