«Pensaba en las enormes diferencias entre seres humanos. Clasificamos los hombres por el color de sus ojos y de su pelo, por la forma de sus cráneos. ¿No sería mejor dividirlos en especies intelectuales? Habrá siempre un más ancho abismo entre los extremos tipos mentales que entre un bosquimano y un escandinavo. Este niño, pensaba, cuando crezca, será, comparado conmigo, lo que un hombre es comparado con un perro. Y hay otros hombres y mujeres que son casi perros comparados conmigo.
Tal vez los hombres de genio son los hombres verdaderos. En toda la historia de la raza humana sólo ha habido algunos miles de verdaderos hombres. Y el resto de nosotros ¿qué somos? Animales capaces de aprender. Sin la ayuda de los verdaderos hombres, no habríamos descubierto casi nada. Casi todas las ideas que nos son familiares nunca se les hubieran ocurrido a espíritus como los nuestros. Si se siembra en ellos, la semilla germina, pero nuestro espíritu habría sido incapaz de engendrarlas.
Hay naciones enteras de perros, pensaba yo, épocas enteras en las que no ha nacido ni un Hombre. De los pesados egipcios recogieron los griegos la dura experiencia y reglas empíricas para hacer ciencias. Pasaron más de mil años antes que Arquímedes tuviera un sucesor que se le pareciera. No ha habido más que un Buda, un solo Jesús, un solo Bach cuyo nombre nos haya quedado, un solo Miguel Ángel.
¿Será una pura casualidad que nazca un Hombre de tiempo en tiempo? ¿Qué será lo que produce toda una constelación de ellos en una misma época y en un mismo pueblo?
Taine creía que Leonardo, Miguel Ángel y Rafael nacieron en ese momento porque la época estaba madura para grandes pintores y el paisaje italiano estaba en armonía. En boca de un francés racionalista del siglo diecinueve, resulta esta doctrina extrañamente mística; no por eso tal vez menos cierta. ¿Pero coma explicar los que nacen fuera de su tiempo? Blake, por ejemplo. ¿Cómo explicarlos?
Este niño —pensaba yo— ha tenido la suerte de nacer en una época en la que podrá emplear útilmente sus capacidades. Encontrará a mano los métodos analíticos más perfeccionados; tendrá detrás de sí una prodigiosa experiencia. Supongamos que hubiera nacido en la época de los monumentos megalíticos; hubiera podido consagrar toda su vida a descubrir los rudimentos, a adivinar vagamente lo que ahora podría probar, quizá. Nacido en la época de la conquista normanda, hubiera tenido que luchar con todas las dificultades preliminares creadas por un simbolismo inadecuado; le hubiera tomado años, por ejemplo, aprender el arte de dividir MMMCCCCLXXXVIII por MCMXIX. En cinco años, ahora, aprenderá lo que han necesitado generaciones de Hombres para descubrir. Y yo pensaba en la suerte de todos los Hombres que nacieron tan lamentablemente a destiempo, sin poder llevar a término nada o muy poco de algún valor. Si Beethoven hubiera nacido en Grecia, pensaba, hubiera tenido que contentarse con tocar sencillas melodías en la flauta o la lira; en ese clima intelectual le hubiera sido casi imposible imaginar la naturaleza de la armonía.»

Aldous Huxley — El Joven Arquímedes