Raro es el día en San Lorenzo en el que no empalmas hasta que cierran las peñas, por lo que los almuerzos están a la orden del día. Además, el ambiente festivo siempre invita a las cenas con los amigos antes de salir, de modo que al final de las Fiestas has aprendido donde repetir o donde no volver más; tanto para el siguiente San Lorenzo como para el resto del año.

Empecemos por lo bueno.

El Tapeo. PEDAZO DE HAMBURGUESAS. No sé cómo cojones había esperado hasta este San Lorenzo para ir a este restaurante, pero estoy seguro de que obligaré a mis amigos a acudir aquí más de un día que queramos cenar el resto del año. Colosales hamburguesas que superaban los 20 centímetros de diámetro: la especial requiere dos huevos fritos para abarcarla entera. Cuestan de 6 a 7 euros y saben a gloria.

El Sertorio. Soy fijo todo el año. Demasiados cursos con demasiadas asignaturas para septiembre hacen que haya pasado muchos veranos  estudiando en la biblioteca, con sus correspondientes cafés y cañas de mañana y tarde. Sin embargo, apenas había cenado dos o tres veces ahí, puesto que más en plan raciones y con mis amigos no somos muy de eso. El almuerzo del día 9 fue allí, los típicos huevos fritos con patatas y longaniza, por siete euros; por lo que pude hablar con grupos de otros bares, este año era el precio estándar tras años pagando 10 euros por lo mismo en cualquier bar. Algo de bueno tenía que traer la crisis. Pero esto no es lo glorioso.

Para el día 11 ó 12 acabé con otro amigo allí para almorzar, y al escuchar las diferentes ofertas ambos lo tuvimos claro en que escuchamos salmorrejo. Y qué salmorrejo, Dios mío. Salió el jefe con los platos que no cabía nada más, y yo no sabía por dónde empezar. Infinitos trozos de longaniza, chorizo, lomo y torteta embadurnados de una oscura y densa salsa… y tan densa, cada vez que untabas pan en ella te comías una morcilla entera deshecha.

Juro que había tanto que nos pegamos casi una hora comiendo, pidiendo cada poco que nos rellenasen la cestita del pan para no derrochar una sola gota de salsa. Según nos confirmaron más tarde, nos apretamos dos barras enteras de pan. Luego el cuerpo nos pidió dar una vuelta por Huesca antes de acostarnos para bajarlo todo, y cuando me levanté esa noche, me tomé dos piezas de fruta por toda cena y acabé lleno.

Y sobre todo, si después de semejante almuerzo, por el que ya sólo por la cantidad debería valer una fortuna, y por la calidad no te dolería pagarla, te cobran menos de 10 euros, ya es la repanocha.

La única pega vino de nuestra parte, y es que después de toda la noche de marcha, a las diez de la mañana sólo nos entraba agua, y no veáis lo que dolió comer eso sin vino. Ya tengo hablado con mis amigos, que si siguen haciendo este plato, volveremos antes de un mes a la hora de comer para tomarlo como Dios Manda, con sus botellas de vino. Eso sí, por la mañana tendremos que ir a nadar o algo para hacerle sitio.

Ahora lo malo.

Dos sitios a los que no volver a tomar nada nunca más. Para empezar, el bar donde me jodieron el almuerzo del día 10, casi el más esperado del año después del tan manido día 9. Volvíamos de las peñas (este año no hubo ganas de esperar tres horas a los danzantes) por la calle Cabestany con idea de ir a terminar al Salas, al Sertorio o al San Voto-II, de los cuales tenemos buenas experiencias del resto del año y las anteriores fiestas.

Total, que al pasar por delante del Office Coffe Bar (el bar de cartel naranja justo en la esquina donde Cabestany corta con la Calle Zaragoza, enfrente del antiguo restaurante chino, que ahora es Bar Cabestany) alguien dijo “Yo aquí me echo las cañas por las tardes y ponen tapas“. Esta chorrada, que en el restod el España es algo natural, valoro mucho que se haga en Huesca, porque debe de haber sólo dos bares más que lo hagan; de modo que nos pareció bien almorzar ahí. Error.

La camarera nos sacó una carta con una veintena de cosas, y tras pedir tres distintas que no tenían, terminé por preguntar qué es lo que había, para acabar antes. Respuesta: “Bocadillos de longaniza, chorizo y bacon”. Pues la carta debía de ser para abanicarnos. Terminamos pidiendo cuato de longaniza y uno de chorizo, y no pasó ni un minuto que salieron bien envueltos en su papel albal. Eso ya no me hizo gracia, pero como aún tengo algo de fe en la Humanidad, no dije nada y me limité a abrir mi bocadillo y congelarme los dedos al tocar la longaniza.

Entré educadamente a decir que estaba frío y me dijeron que saliera, que ya me lo sacaría la camarera. Cuando me lo trajeron dos minutos después, ardiendo todo y a medio envolver como lo había entrado yo, fui a coger el pan y casi me dan arcadas de lo blandengue que estaba. Joder, yo no creo que sea de recibo cobrar cinco euros por un bocadillo que lleva dos horas hecho y que te lo metan en el microondas. Ahí ya se me quitaron las pocas ganas que me quedaban de almorzar en ese sitio, entré diciendo que no lo quería y ante la cara de ¿Pues qué quieres? que me puso el camarero, simplemente alegué que ya no quería almorzar ahí. Algunos de mis amigos aún con todo terminaron de almorzar, y el que pidió huevos fritos (por suerte recien hechos) se los tuvo que comer con cubiertos de plástico, y el resto tuvo que pedir hasta las servilletas. Eso sí, al menos en que llegué a casa me tomé unas rebanadas de melón con jamón que me supieron a gloria.

Debo decir que dos noches después pasamos por delante a la hora de la cena, y había cosas con bastante buena pinta, por lo que maldije que no las hubieran tenido cuando estuvimos almorzando.

Otra situación similar fue con el bono de comidas de la Zoiti. En la barra de la zona de las Peñas había un “menú” de bocadillo, patatas y caña por siete euros, y con el bono te ahorrabas un euro. El caso es que las dos veces que fui me dieron un bocadillo frío, que llevaba bastante rato hecho, y unas patatas fritas en un estado lamentable, que casi ni se podían comer. En ambas ocasiones pedí que le dieran un par de vueltas en la plancha para tomarlo algo caliente (y no había más de dos o tres personas pidiendo en esos momentos). Las dos veces lo conseguí sin insistir, la primera con una total comprensión por parte del camarero y una charradica después, así que tampoco iba a ser para escribirlo aquí; pero el segundo día creo que me atendió el cocinero y casi parecía que me estuviese haciendo el favor de mi vida, acompañando todo el proceso con unos pésimos modales y cara de mala gana.