La que iba a ser una entrada comentando de pasada el libro y poniendo este texto al final, se ha convertido en una explicación de los temas tratados en Razones para actuar, una teoría del libre albedrío de John Searle y ya no encajaba esto que quería poner aquí.

Aparece como una de las secciones del capítulo quinto del libro, Algunos rasgos especiales de la razón práctica: altruismo fuerte como requisito lógico, y es un experimento mental en el que detalla qué tendría “implementar” alquien que desee “construir” un ser racional. Me he tomado la libertad de transcribirlo íntegro:

II – Construyendo un animal racional

Para ilustrar el papel y el carácter especiales de la razón práctica, me gustaría presentar el siguiente experimento de pensamiento. Imaginemos que alguien está diseñando y construyendo un robot que fuese un “animal racional”- El objeto del experimento de pensamiento es ilustrar las relaciones lógicas entre ciertos rasgos cruciales de la existencia humana. Seamos lo que seamos además, somos los productos de ciertos tipos de ingeniería. Podría ser ingeniería divina de la que habla la historia creacionista o, como yo pienso que es mucho más probable, podría tratarse de la ingeniería de los procesos evolutivos, no intencional, metafórica, “como-si”. Pero de una manera u otra, somos el resultado de ciertos conjuntos de procesos que han estado guiados por ciertos géneros de necesidades de diseño. Dado que somos productos de la ingeniería, aunque sólo sea ingeniería del tipo “como-si”, el objeto de responder a la pregunta sobre cómo podrían diseñarse los seres racionales consiste en hacernos ver cuánto hay que poner en el diseño para ver cuánto se puede obtener como resultado de lo que se pone. ¿Qué se exige como rasgo efectivo del diseño y que se obtiene sin ese requisito?
Pues bien, lo primero que uno tiene que introducir en su robot es la conciencia. Uno tiene que construir un cerebro en el robot que tenga el poder que tienen los cerebros humanos de causar y ser el asiento de estados internos unificados y subjetivos de conciencia y sensación. Sin conciencia no se puede entrar en absoluto en el juego de la racionalidad. Pero la conciencia perceptiva pasiva no es suficiente. Se necesita la conciencia activa del actuar. Esto es: uno necesita construir un ser que sea conscientemente capaz de iniciar acciones. Además, si esas acciones han de ser acciones racionales, el robot tiene que ser capaz de embarcarse en la deliberación que habrá de coordinar sus otros estados mentales, junto con su reconocimiento de otros estados de cosas del mundo. Como observé en el capítulo 3, con los rasgos de la acción intencional y la deliberación, tenemos ya un animal que tiene los rasgos de ser capaz de actuación y de poseer un yo. Esto es, tales rasgos aparecen por añadidura una vez que tenemos un ser intencional consciente que es capaz de emprender acciones racionales teniendo como base razones. Ahora bien, la cuestión crucial se plantea de modo inmediato. Una vez que el robot tiene todo esto ¿tiene ya el mecanismo necesario para lo toma de decisiones racionales del tipo que es completamente humano? Bien, todavía no. Necesitamos introducir algunos otros rasgos.
Una vez que se tiene conciencia juntamente con intencionalidad, el siguiente elemento crucial que hay que introducir en el robot es, sin duda alguna, el lenguaje. Es importante decir exactamente qué rasgos del lenguaje se exigirían para que algo fuese un agente racional. Un animal no exige lenguaje alguno para tener estados intencionales simples como hambre y sed y , de hecho, no tiene ni siquiera un lenguaje para tomar decisiones simples, ni tampoco necesita un lenguaje para emprender algún tipo de razonamiento instrumental simple como aquél en el que toman parte los chimpancés de Köhler. Pero para tener racionalidad plena, son esenciales ciertos rasgos del lenguaje. No todos los rasgos de los lenguajes naturales humanos son esenciales para la racionalidad. Por ejemplo, los procesos racionales de pensamiento no exigen palabras para color, la voz pasiva o los artículos determinados. Pero la racionalidad humana necesita ciertos recursos lingüísticos esenciales. En primer lugar, nuestro robot tiene que tener las formas de los actos de habla básicos que ponen n relación el lenguaje con la realidad tanto con la dirección de ajuste palabra-a-mundo, como con la de mundo-a-palabra. Tiene que tener la capacidad, de manera puramente mínima, de representar cómo son las cosas del mundo (asertivos), así como la capacidad de representar cómo se intenta hacer que otros actúen en el mundo (directivos), y cómo se compromete a sí mismo a actuar con el mundo (compromisorios). Además tiene que tener la capacidad de comunicar todo esto a otros poseedores del lenguaje. El lenguaje es tanto para pensar como para hablar, pero cuando nos interesamos por el hablar, tenemos que tener un lenguaje que sea público y que capacite al robot para comunicarse con los demás. Puesto que estamos construyendo este robot a, por así decirlo, nuestra propia imagen, lo construiremos con la capacidad de comunicarse con nosotros. Además, me parece que el robot ha de tener algún conjunto de dispositivos para representar las relaciones temporales. Si es capaz de hacer planes de futuro, algo que es característico de la razón práctica, tiene que ser capaz de representar el futuro y su relación con el presente y con el pasado. ¿Qué más necesitaría? Bien, me parece que tendría que tener algún modo de articular relaciones lógicas. No necesita tener precisamente nuestro inventario de partículas lógicas, pero tiene que tener algún modo de señalar la negación, la conjunción, la implicación y la disyunción: Además, me parece que necesitaría también algún conjunto, por mínimo que fuese, de términos metalingüísticos para valorar el éxito y el fracaso en el logro de la dirección de ajuste y la coherencia lógica. Así pues, necesitaría algo dentro del rango que incluye “verdadero“ y “falso“, “válido“ e “inválido“, “exacto“ e“ inexacto“, “relevante“ e “irrelevante“. Ahora que le hemos conferido tosa esta porción de lenguaje podríamos también darle un nombre. Llamémoslo “La Bestia”.
Ahora bien, aquí está el meollo del experimento de pensamiento: una vez que La Bestia tiene todo esto, tiene ya el aparato esencial para los rasgos distintivamente humanos de los procesos racionales de pensamiento y conducta racional. Tiene una forma de racionalidad que va bastante más allá de los chimpancés racionales que discutíamos en el capítulo 1. Específicamente, una vez que La Bestia tiene actos de habla, tiene la potencialidad de tener razones para la acción independientes del deseo, tiene de hecho el requisito de la razón para la acción independiente del deseo, puesto que prácticamente todo acto de habla incluye algún compromiso de un género u ¬otro. Los ejemplos famosos son actos de habla como prometer, donde el hablante se compromete a llevar a cabo un futuro curso de acción, pero el aseverar compromete al hablante con la verdad de la proposición aseverada, y las órdenes comprometen al hablante con la creencia de que la persona a la que se le da la orden es capaz de cumplirla, con el deseo de que haga lo que se le ordena y con conceder permiso al oyente  para que lo haga. Dicho brevemente: lo que la gente ha pensado que es el elemento distintivo de prometer –a saber: compromiso u obligación—, impregna efectivamente casi todos los actos de habla. La única excepción en la que puedo pensar es en el caso de expresivos simples como “¡Ay!”, “¡Maldición!” o “¡Hurra!”, e incluso éstos comprometen al hablante con el hecho de tener determinadas actitudes.
El rasgo extraño de nuestra tradición intelectual, de acuerdo con el cual ningún conjunto de enunciados verdaderos que describa cómo son las cosas del mundo jamás puede implicar lógicamente un enunciado sobre cómo tales cosas deberían ser, consiste en que la propia terminología en que se enuncia la tesis, la refuta. Así, por ejemplo, decir que algo es verdadero, ya es decir que uno debe creerlo, que, siendo iguales las demás cosas, uno no debería negarse a aceptarlo. La noción de inferencia válida es tal que, si p puede inferirse válidamente de q, entonces alguien que asevere p no debería negarse a aceptar q, que cualquiera que esté comprometido con p debería reconocer su compromiso con q.
El meollo del experimento de pensamiento puede también expresarse del modo siguiente: una vez que se tiene el aparato de la conciencia, la intencionalidad y el lenguaje, y éste es lo suficientemente rico para realizar varios tipos de actos de habla y  expresar diversas relaciones lógicas y temporales, entonces ya se tiene el aparato necesario para la racionalidad. La racionalidad no es un módulo o facultad añadida. Ya está incorporada en el aparato que hemos descrito. Es más, en el aparato que hemos descrito ya está incorporado algo más rico que la racionalidad instrumental, o de medios-fines, puesto que tenemos la potencialidad, tenemos de hecho el requisito de las razones para la acción independientes del deseo, esto es: externas.

—John Searle, en Razones para actuar.

La siguiente sección del capítulo se llama Egoísmo y altruismo en La Bestia, y también es igual de interesante. Quizás otro día me aventure a copiarla, pero no lo he encontrado en pdf y esto tuve que escribirlo yo a mano.