Buescando otro artículo que leí la semana pasada, acabo de leer por casualidad (un título atractivo) la entrevista Leeremos y manipularemos el cerebro como queramos que Gabriela Cañas realizó a Carlos Belmonte y que fue publicada el domingo pasado en El País Semanal.

Carlos Belmonte es catedrático de Fisiología y fundador del Instituto de Neurociencias de Alicante, del que fue su director hasta hace dos años. Además de estar al tanto de toda la investigación más puntera del cerebro, también parece ser una eminencia en el conocimiento de qué es el dolor. Sobre este tema concreto he encontrado otra interesante entrevista del 2006 en la que afirma, entre otras cosas, que «es verdad que vivimos instalados en una sociedad hedonista: no queremos que nos duela nada. Y en parte está bien, ya que creo que el dolor, una vez que te ha avisado de que existe una lesión, debe eliminarse».

En la entrevista publicada en El Pais Semanal, también comienza hablando del dolor, pero rápidamente pasa a reseñar lo mucho que está avanzando la investigación del cerebro y cosas que podremos hacer pronto con total seguridad como el borrado de recuerdos que trataba Eternal Sunshine of the Spotless Mind y que en el 2004 parecía una auténtica obra de ciencia ficción. Carlos Belmonte dice:

«Ya se está aplicando al estrés postraumático con gente que ha participado en guerras como las de Irak o Afganistán. Ese síndrome impide dormir a la gente, que se despierta horrorizada porque el cerebro conserva las experiencias más traumáticas para poder evitarlas en el futuro. Gracias a ello hemos sobrevivido a nivel evolutivo. Para esa gente se ha encontrado el remedio: borrarles selectivamente ese recuerdo. El debate ético a plantear es dónde poner los límites.»

Me ha llamado también la atención la forma científica de definir la madurez de una persona, y que explica por qué en la mayoría de sociedades se alcanza el “estatus” de adulto de los 18 a 21 años. Es debido a que «hay una zona del cerebro, la corteza orbitofrontal, que es la última en desarrollarse y es ahí donde se establecen los circuitos que inhiben conductas impulsivas y que determinan nuestras valoraciones éticas y nuestra empatía emocional con otros. A los 18, 19, 20 años de un individuo, todavía se está engrosando esa zona cerebral». Así, no tiene ningún sentido reducir el margen de edad en el que se mueven los niños simplemente por motivos sociales o éticos, sino que se trata de un hecho puramente científico. Por mucho que un niño ahora se forme intelectualmente antes que hace unos años, todavía le queda a su cerebro un trecho por terminar de alcanzar la madurez a la hora de aceptar responsabilidades.

Otro comentario suyo me ha recordado a los temas tratados por John Searle en su ensayo sobre el libre albedrio que recientemente leí:

«Le voy a poner otro ejemplo de los desafíos a los que nos enfrentamos. El sentido de la responsabilidad es un concepto muy discutible en términos neurológicos. Hay un experimento también increíble. [Se ríe]. Se pone a prueba a una persona para que elija entre salvar a un niño o salvar a diez ancianos. No puede hacer ambas cosas a la vez. Pues bien, registrando la actividad cerebral de la persona que va a decidir, sabemos 100 milisegundos antes de que lo haga que va a salvar al niño o a los ancianos. Podemos saberlo e incluso estimularle de manera que tome una decisión distinta. En los dos casos, el individuo aportará una explicación racional a posteriori sobre la decisión tomada.»

Da mucho que pensar sobre cómo funciona el cerebro y nuestra concepción de la realidad. ¿Acaso tomamos decisiones por algún motivo que no conocemos, y luego tratamos de darles una explicación racional acorde a premisas que sí conocemos? ¿Es un mecanismo de defensa buscando alguna paz interior? Me parece un planteamiento muy interesante.