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Valor histórico

La novela El hombre en el Castillo de Phillik K. Dick presenta un futuro en el que El Eje ganó la Segunda Guera Mundial y los Estados Unidos de América fueron invadidos por los japoneses, los cuales en la actualidad son unos ávidos coleccionistas de cualquier producto popular de los tiempos anteriores a la guerra. Desde chapas de botellas, o relojes de Mickey Mouse, a auténticos revólveres Colt de mediados/finales de XIX.

El siguiente texto no necesita más presentación ni que añada nada más, pero un gran acompañante del mismo sería la reflexión La impostura de la autoría publicada la semana pasada en Cooking Ideas y de la que recomiendo encarecidamente su lectura. Ahora, os dejo con Dick:

—Bueno, te explicaré —dijo Wyndam-Matson—. Todo este condenado asunto de la historicidad es un disparate. Estos japoneses no se dan cuenta. Te lo probaré. —Se incorporó, corrió al estudio, y volvió enseguida con dos encendedores que dejó en la mesita de café—. Míralos bien. Parecen iguales, ¿no es cierto? Bueno, uno es histórico, el otro no. —Sonrió mostrando los dientes—. Tómalos. Adelante. Uno vale… cuarenta o cincuenta mil dólares en el mercado de coleccionistas.
La muchacha tomó lentamente los dos encendedores y los examinó.
—¿No la sientes? —bromeó Wyndam-Matson—. ¿La historicidad?
—¿Qué es eso?
—Valor histórico. Uno de esos encendedores estaba en el bolsillo de Franklin D. Roosevelt el día que lo asesinaron. El otro no. Uno tiene historicidad, mucha. El otro nada. ¿Puedes sentirla? —Wyndam-Matson tocó ligeramente con el codo a la muchacha—. No, no puedes. No sabes cuál es cuál. No hay ahí “plasma místico”, no hay “aura”.
La muchacha miraba los encendedores con una expresión de temor reverente.
—¿Es realmente cierto? ¿Que tenía uno de éstos en el bolsillo aquel día?
—Exactamente. Y puedo decirte cuál de los dos. Te das cuenta. Los coleccionistas se estafan a sí mismos. El revólver que un soldado disparó en una batalla famosa, como la de Meuse-Argonne, por ejemplo, es igual al revólver que no fue empleado en esa batalla, salvo que tú lo sepas. Está aquí. —Wyndam-Matson se tocó la frente—. En la cabeza, no en el revólver. Yo fui coleccionista un tiempo. En realidad ese fue el camino que me trajo a este negocio. Coleccionaba estampillas. De las colonias inglesas.
La muchacha estaba ahora de pie junto a la ventana mirando las luces del centro de San Francisco.
—Mis padres decían que si él hubiese vivido no hubiéramos perdido la guerra —murmuró.
—Muy bien —continuó Wyndam-Matson—. Supongamos ahora que el gobierno canadiense o cualquiera encontrara las planchas con que se imprimieron unos sellos de correo. Y la tinta. Y una provisión de…
—No creo que uno de éstos haya pertenecido a Franklin Roosevelt —dijo la muchacha.
Wyndam-Matson rió entre dientes:
—De eso se trata. Tengo que probártelo con algún documento. Un certificado de autenticidad. Y de este modo todo es una estafa, una ilusión colectiva. ¡El valor histórico está en el certificado, no en él objeto mismo!
—Muéstrame el certificado.
—Enseguida.
Incorporándose, Wyndam-Matson fue al estudio y descolgó de la pared el certificado enmarcado del Instituto Smithsoniano. El certificado y el encendedor le habían costado una fortuna, pero valían la pena, pues le permitían probar que tenía razón que la palabra “falsificado” no significaba nada realmente, pues la palabra “genuino” tampoco tenía sentido.
—Un
Colt .44 es un Colt .44 —le dijo a la muchacha mientras volvía a la sala—. Es una cuestión de calibre y forma, no de fecha de fabricación. Es una cuestión de…
La muchacha extendió la mano. Wyndam-Matson le dio el documento.
—De modo que es auténtico —dijo la muchacha al fin.
—Sí, éste. —Wyndam-Matson alzó el encendedor que tenía una larga raya en un costado.

El hombre en el CastilloPhillik K. Dick

Stanislaw Lem: Ciberíada y Solaris

Hasta hace un mes todo lo que sabía es que Stanislaw Lem era un autor clásico de ciencia-ficción, y que su novela Solaris una de las obras más famosas del género. Pero todavía no había leído nada.

Gracias a la Wikipedia he descubierto un detalle en el que no había caído hasta ahora: la grandísima mayoría de escritores de ciencia ficción son de habla inglesa. Stanislaw Lem, polaco, es uno de los pocos que ha conseguido la fama utilizando otro idioma.

Hace varios años compré (bueno, mi padre a petición mía) en el Círculo de Lectores una minicolección de tres libros clásicos de ciencia ficción. ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, RUR Robots Universales Rossum, y Ciberíada. El primero no necesita presentación; el segundo ostenta el honor de ser el primer escrito en el que se utilizó el término Robot; y el tercero es el libro de Stanislaw Lem que leí hace un par de semanas.

Ciberíada es una sucesión de relatos cortos que narra las aventuras de Trurl y Claupacio, dos constructores especialistas en inventar cualquier tipo de artilugio que requieran las circunstancias, moldeando la materia a su gusto hasta el nivel atómico. Aquí tenéis el PDF.

Es un libro escrito con mucho humor por todas partes, provocado tanto por situaciones inverosímiles como por el abuso de terminología matemática y física sacada totalmente de contexto. En ese aspecto me ha recordado muchísimo a la forma de escribir de Terry Pratchett, del que ha tenido que ser una clara influencia. No vais a encontrar el humor constante y de carcajada limpia de Pratchett, pero si os ha gustado Mundodisco este libro no os puede defraudar.

Como ejemplo de verborrea matemática fuera de contexto, copio un fragmento en el que estudian cómo fabricar una máquina perfecta para que el rey Cruelio se divierta dándole caza (es un hábil cazador, por lo que les exige que se esfuercen al máximo e intenten hacer algo capaz de matarle a él mismo)

El rey galopaba sobre todos sus coeficientes de crueldad, se extraviaba en el bosque de signos séxtuples, volvía sobre su sus propias huellas, atacaba al monstruo hasta los últimos sudores y últimas factoriales; éste entonces se desintegró en cien polinomios, perdió una equis y dos ipsilones, se metió bajo la raya de un quebrado, se desdobló, agitó sus raíces cuadradas y ¡fue a dar contra el costado de la real persona matematizada! Se tambaleó toda la ecuación de tan certero que fue el golpe. Pero Cruelio se rodeó de un blindaje no lineal, alcanzó un punto en el infinito, volvió en el acto y ¡zas, al monstruo en la cabeza a través de todos los paréntesis! Tanto le arreó que le desprendió un logaritmo por delante y una potencia por detrás. El otro encogió los tentáculos con tanta covariante que los lápices volaban como locos, y ¡vuelta a darle con una transformación por el lomo, y otra vez y otra! El rey, simplificado, tembló del numerador a todos los denominadores, cayó y no se movió más.

Otra parte muy graciosa es cuando hablan sobre el estudio de los dragones. Todos estaban de acuerdo en que hay una probabilidad ridícula de que existan los dragones —por lo que no pueden estudiarlos—, de modo que Trurl y Caplaucio construyen una máquina que genere improbabilidades altísimas, tan improbables como para que aparezcan dragones en ese punto. Muchos años más tarde, Douglas Adams utilizaría un motor de improbabilidad infinita para desplazar la nave de su novela La Guía del Autoestopista Galáctico.

Además del humor, Ciberíada tiene su parte filosófica y de reflexión, como toda novela de ciencia ficción que se precie. Así, en un momento dado Trurl fabrica un mundo con sus habitantes en miniatura dentro de una bola de cristal, para que un rey desterrado pueda tener su reino y subditos. Cuando le cuenta su hazaña a Caplaucio, éste le recrimina haber “regalado” seres conscientes con sus sentimientos a un rey psicópata; terminando en un debate sobre la inexistente diferencia entre crear un ser consciente o haber evolucionado hasta él.

Otro punto interesante es cuando debaten qué fue antes, si el hombre o el robot, ya que a fin de cuentas son entidades inteligentes y conscientes y que lo importante es lo que son capaces de hacer, y no si a nivel profundo funcionan de manera orgánica o electrónica. O también cuando encuentran a la civilización más avanzada del universo, y están simplemente tumbados en el suelo sin hacer nada de su vida.

Tras terminar Ciberíada, y buscando otro libro por casa, encontré por casualidad Solaris, que ni sabía que lo teníamos, así que no dude en dejar de buscar y quedarme con éste.

Solaris es una novela que me ha fascinado desde el primer momento de empezar a leerla. No quiero dar ningún detalle que estropee la trama y la sucesión de acontecimientos que van teniendo lugar porque me parece que está magistralmente desarrollada.

Solaris es el nombre de un extraño planeta acuático que se mantiene en una órbita estable que viola todos los principios físicos conocidos por el hombre. La acción transcurre dentro de una base científica a la que el protagonista acude al principio del libro para colaborar en las investigaciones sobre el planeta, y no diré más. He leído por ahí un par de resúmenes y me ha indignado la cantidad de detalles que revelan alegremente, pero que Lem te va soltando con cuentagotas, siempre en el momento indicado.

Es Solaris una novela hipnótica y onírica, fascinante y aterradora. De prosa sencilla, que no simple, la complejidad de lo narrado por Lem deja el poso que sólo las grandes obras de arte dejan en la conciencia y el ánimo. Al terminar de leerla la inquietud de lo leído permanece en los recovecos del alma, recordándonos que el Universo, a fin de cuentas, pemanecerá siempre misterioso, y que la naturaleza, en su pasiva existencia, es tanto más aterradora en tanto en cuanto no se la puede vencer, en tanto en cuanto su inexorabilidad nos pone ante los ojos el espejo de nuestra propia insignificancia en el cosmos.

La novela empieza ya transmitiendo una sensación de claustrofobia que no abandonara el relato. El protagonista, Kelvin, entra en la cápsula que lo conducirá hasta el planeta Solaris, una cápsula pequeñísima y asfixiante. Lem establece ya el tono onírico que predominará en la novela, y que no hará otra cosa que aumentar a medida que progresa el relato.

Descripción sacada de Sitio de Ciencia Ficción. No recomiendo que entres si no has leído el libro, porque antes de esta crítica hay un resumen del libro.

Me ha encantado el ritmo de la novela, el dilema que planeta, la historia en sí. Un claro ejemplo de que los clásicos son clásicos por algo.

Una Odisea Espacial 2001

Hace muchísimo tiempo que Varislav me prestó este famoso libro que Arthur C. Clarke escribió a partir del guión que creó junto a Stanley Kubrick para la película 2001: Una odisea del espacio. Creo que empecé a leerlo, pero lo dejé a las pocas páginas; imagino que en una combinación de temporada no lectora más un inicio algo pesado. La semana pasada decidí darle otra oportunidad y he quedado muy satisfecho.

Quizás si no tienes gran ilusión por leerlo puede resultar algo cansado: aunque los 60 estén realmente cerca, la traducción contiene expresiones y palabras que ya apenas se usan («me perezco por saberlo»), y la temática quizás sea un tanto extraña para algunos. Aún así, me ha parecido una lectura de lo más recomendable.

Sin lugar a dudas, lo mejor del libro, es que explica con todo detalle lo que ocurre y por qué, muy al contrario de lo que a mi gusto sucede con la película. Al final no te quedas con el desagradable regusto de no haber entendido absolutamente nada.

En el prólogo, Román Gubern copia un extracto de una entrevista a Kubrik por la revista Positif, donde relata las razones que le llevaron a escoger el tema de su película:

 «La imaginación se desencadena libremente cuando se considera lo que podría ser la evolución última de la inteligencia, no en diez mil años, ni en cien mil años, sino en millones de años. Pues nuestro Sol no es particularmente viejo. En gran número de otros mundos, la vida y la inteligencia se crearon hace mucho más tiempo. Lo que también me ha fascinado es que, cuando se trata de imaginar las posibilidades de la inteligencia en un millón de años, uno se da cuenta de que la vida alcanzará varios niveles.
En primer lugar, la inmortalidad biológica. Los químicos piensan que se puede detener con medios químicos el envejecimiento de las células, e incluso invertir su proceso. Esto constituye la primera etapa, en trescientos o quinientos años.
En una etapa posterior, en diez o cincuenta mil años, las máquinas-inteligencias desempeñarán un primer papel en el planeta, pues todas las experiencias que las criaturas biológicas puedan conocer podrán ser también vividas por las máquinas.
Tendremos un mundo en el que las máquinas serán más útiles que los hombres porque no estarán limitadas por sus experiencias personales, sino que dispondrán de toda la experiencia que es posible registrar.
En una etapa final, se llegará a entidades que tendrán un conocimiento total y podrán convertirse en seres de energía pura, en una especie de espíritus.  Tendrán probablemente una potencia cuasi-divina: comunicación telepática con todo el Universo, dominio completo sobre todas las materias, capacidad para hacer cosas que hoy se atribuyen solamente a Dios. Esto es lo que me fascinó en el tema, es el fondo de la película y su razón de ser».

Aunque sea Kubrick hablando sobre su película, tanto ella como el libro son fruto del trabajo contunto entre él y Clarke, así que también es aplicable a lo leído en el libro. Quiero citar un par de textos en su contexto, así que explicaré parte de la trama, si alguien no conoce la historia y piense leer el libro, quizás no deba seguir. Si ya habéis visto la película, no os descubriré nada nuevo, pero creo que ayudará a comprender.

Al inicio comienza narrando la dura vida de una “tribu” de monos, en una seca llanura africana. Pese a estar rodeados de potencial comida, los miembros de estos simios no son lo suficientemente fuertes como para matar a los animales con los que conviven, así que se limitan a forrajear lo que pueden.

La llegada del monolito cambia las cosas, y durante varias noches se apodera de sus cerebros probando diferentes acciones y mostrándoles imágenes de una vida mejor y de la utilización de herramientas. Introduce el malestar en sus vidas, la incomodidad de saber que podrían vivir mucho mejor. Esto es, a mi juicio, lo que quiere Clarke que entendamos como la causa final de que finalmente decidan empuñar un hueso como arma. Los últimos párrafos de esta parte terminan así:

   «El primer hombre verdadero tenía herramientas y armas sólo un poco mejores que las de sus antepasados de un millón de siglos atrás, pero podían usarlas con mucho más habilidad. Y en algún momento en los oscuros milenios pasados, habían inventado el instrumento más especial de todos, aún cuando no pudiera ser visto ni tocado. Habían aprendido a hablar, logrando así su primera gran victoria sobre el Tiempo. Ahora, el conocimiento de una generación podía ser transmitido a la siguiente de modo que cada época podía beneficiarse de las que la habían precedido.
A diferencia de los animales, que conocían sólo el presente, el hombre había adquirido un pasado, y estaba comenzando a andar a tientas hacia un futuro.
»

Una vez encuentran otro monolito en la Luna y descubren su envío de señales radioeléctricas en dirección a Saturno al contacto con la luz solar, fletan una nave espacial para averiguar qué ocurre allí. En ella viajan tres científicos hibernando que conocen el verdadero objetivo de la misión, y dos pilotos de la nave que piensan que sólo es un viaje de exploración para saber más de este planeta. El sexto tripulante es el ordenador HAL 9000, cerebro y sistema nervioso de la nave, que se encarga de realizar la mayor parte de las tareas de control. Se trata de una potente inteligencia artificial que también conoce el objetivo real de la misión.

De hecho, HAL (computador ALgorítmico Heurísticamente programado) está tan conseguido, que llega a tomar consciencia de sí mismo, con los problemas que ello acarrea. Se da cuenta de que está mintiendo constantemente a los dos pilotos al conocer el verdadero objetivo de la misión y ellos no, de modo que reflexiona que cuando lleguen a su destino ellos lo sabrán y no podrán confiar más en él. De hecho, puesto que ningún ordenador de la serie HAL 9000 se ha equivocado jamás, este comportamiento podría ser considerado como tal. Así pues, intenta primero frustrar la comunicación entre la nave y la Tierra para que no se descubra el pastel, pero lo único que consigue es que los tripulantes se planteen su desconexión al comprobar que no se está comportando normalmente. HAL descubre las intenciones de los humanos, y trata de evitarlo como puede, terminando sólo con Dave Bowman como único superviviente de los cinco astronautas y las funciones de más alto nivel cerebral del ordenador, desactivadas.

Cuando la nave ya está llegando a Saturno, Clarke nos descubre por qué los monolitos, en el capítulo 37 – Experimento, que reproduzco íntegro:

«Ahora estaba finalizando la larga espera, en otro mundo aún, había nacido la inteligencia, y estaba escapando de su cuna planetaria. Un antiguo experimento estaba a punto de alcanzar su apogeo.
Quienes habían comenzado este experimento, hacía tanto tiempo, no habían sido hombres… ni siquiera remotamente humanos. Pero eran de carne y sangre, y cuando tendían la vista hacia las profundidades del espacio, habían sentido temor, admiración y soledad. Tan pronto como poseyeron el poder, emprendieron el camino a las estrellas.
En sus exploraciones, encontraron vida en diversas formas, y contemplaron los efectos de la evolución en mil mundos. Vieron cuán a menudo titilaban y morían en la noche cósmica las primeras chispas débiles de la inteligencia.
Y debido a que en toda la Galaxia no habían encontrado nada más precioso que la mente, alentaron por doquier su amanecer. Se convirtieron en granjeros en los campos de
las estrellas; sembraron, y a veces cosecharon.
Y a veces desapasionadamente, tenían que escardar.
Los grandes dinosaurios habían perecido tiempo ha, cuando la nave de exploración entró en el Sistema Solar tras un viaje que duraba ya mil años. Pasó rauda ante los helados planetas exteriores, hizo una breve pausa ante los desiertos del agonizante Marte, y contempló después la Tierra.
Extendido ante ellos, los exploradores vieron un mundo bullendo de vida. Durante años estudiaron, seleccionaron, catalogaron. Cuando supieron todo lo que pudieron,
comenzaron a modificar. Interfiriendo en el destino de varias especies, en tierra y en el océano. Mas no podían saber cuando menos hasta dentro de un millón de años cuál de sus experimentos tendría éxito.
Eran pacientes, pero no inmortales. Había mucho por hacer en este Universo de cien mil millones de soles, y otros mundos los llamaban. Así, pues, volvieron a penetrar en el abismo, sabiendo que nunca más volverían.
Ni había ninguna necesidad de que lo hicieran. Los servidores que habían dejado harían el resto.
En la Tierra, vinieron y se fueron los glaciares, mientras sobre ellos la inmutable Luna encerraba aún su secreto. Con un ritmo aún más lento que el hielo polar, las mareas de la
civilización menguaron y crecieron a través de la Galaxia. Extraños bellos y terribles imperios se alzaron y cayeron, transmitiendo sus conocimientos a sus sucesores.
No fue olvidada la Tierra, pero otra visita serviría de poco. Era uno más de un millón de mundos silenciosos, pocos de los cuales podrían nunca hablar.
Y ahora, entre las estrellas, la civilización estaba dirigiéndose hacia nuevas metas. Los primeros exploradores de la tierra habían llegado hacía tiempo a los límites de la carne y la sangre; tan pronto como sus máquinas fueran mejores que sus cuerpos, sería el momento de moverse. Trasladaron a nuevos hogares de metal y plástico sus cerebros y luego sus pensamientos.
En esos hogares erraban entre las estrellas. No construían ya naves espaciales. Ellos eran naves espaciales.
Pero la era de los entes- máquina pasó rápidamente. En su incesante experimentación, habían aprendido a almacenar el conocimiento en la estructura del propio espacio, y a conservar sus pensamientos para la eternidad en heladas celosías de luz. Podían convertirse en criaturas de radiación, libres al fin de la tiranía de la materia.
Por ende se transformaban actualmente en pura energía: y en mil mundos, las vacías conchas que habían desechado se contraían en una insensata danza de muerte, desmenuzándose luego en herrumbre.
Ahora eran los señores de la Galaxia, y estaban más allá del alcance del tiempo. Podían vagar a voluntad entre las estrellas, y sumirse como niebla sutil a través de los
intersticios del espacio. Mas a pesar de sus poderes, semejantes a los de los dioses, no habían olvidado del todo su origen, en el cálido limo de un desaparecido mar.
Y seguían aún los experimentos que sus antepasados habían comenzado hacía ya mucho tiempo.»

Al final Dave Bowman entra, sin quererlo, por La Puerta de las Estrellas, una construcción en un satélite de Saturno que lleva a lo que parece un Agujero de Gusano y que tras un largo viaje termina por llegar al lugar donde debió de haber vivido esa civilización que han alcanzado ese estado de pura energía cuando todavía estaban atados a la materia. Ahí han preparado una habitación al estilo de la Tierra, con la información que han obtenido de las emisiones de televisión y radio de algunos años atrás. Todo, obviamente, con la intención de que se sintiera cómodo. Una vez ve que no hay peligro, cae dormido por el cansancio, y duerme por última vez. Y ahí ya se introducen estos futuristas seres en su mente para moldearla y ayudarle a alcanzar su estado superior de energía.

Bueno, para contar esos detalles que me apetecía reseñar he “resumido” todo el libro, pero bueno. Si a alguien le ha animado a leerlo, he encontrado el libro para bajar en pdf. Es suficientemente corto como para ser legible en el ordenador.
Ayer volví a ver la película, teniendo los conocimientos que aporta el libro, pero me he dado cuenta de que cambian algunas cosas, que son las que la hacen más ininteligible. A ver si me animo en un par de días a comentarlo.