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Sin novedad en el frente

Tras disfrutar recientemente de la brillante película, decidí que tenía que leer el libro en el que estaba fielmente basada, y fue uno de esos grandísimos aciertos del que quedé plenamente satisfecho. No sólo me encantó e impactó, sino que no había leído nada tan desgarrador desde algunas de las más crudas escenas del Ensayo sobre la ceguera de Saramago, así que aquí va mi pequeño y merecido homenaje.

Novela antibelicista sobre un grupo de jóvenes soldados en la Primera Guerra Mundial, publicada por el alemán Erich Maria Remarque en 1929. El autor había sido reclutado para esa contienda a la edad de 18 años, donde muy pronto sufriría heridas por metralla que le harían guardar reposo en un hospital hasta casi el final del conflicto. Después, probó sin éxito muy diversos trabajos antes de lanzarse a la fama como escritor, siendo un vivo ejemplo de la generación que él mismo describió como «destruida por la guerra pese haber sobrevivido a la metralla».

El libro, que condena y refleja con todo detalle los horrores de la guerra, desmitificando el heroísmo y satirizando sobre la implicación en las mismas de los altos mandos y los gobiernos, fue uno de los muchos prohibidos —y quemados, como en los famosos sucesos en la Bebelplatz en 1933— durante el régimen nazi en Alemania por contener valores contrarios a la cultura germana que querían imponer. De su película (Lewis Milestone, 1930), ganadora de un Oscar, la revista Variety dijo que «La Liga de las Naciones no podría hacer mejor inversión que comprar la copia principal, reproducirla en cada idioma y proyectarla en todos los países hasta que la palabra “guerra” sea eliminada de los diccionarios».

El protagonista, que nos narra sus vivencias en primera persona, es Paul Bäumer un joven educado y sensible que es arrastrado a la oficina de alistamiento, junto a sus compañeros del instituto, por los discursos patrioteros del profesor de gimnasia Kantorek. Sin embargo, tras el primer día en el frente, todos esos discursos y el mundo que les habían dibujado, se desmoronaron al enfrentarse a la dura realidad que presenta el campo de batalla.

A partir de aquí destripo el argumento sin compasión; sin embargo, al no tratarse de una increíble trama ni poseer un sorprendente final, sino estar más bien compuesto de una serie de sucesos encadenados, tampoco considero que desvele ninguna información que vaya a destrozar la novela a quién no lo haya leído. De todas maneras, siempre se disfruta más descubriéndolo por nosotros mismos, así que dejo en las manos del posible lector la decisión de continuar leyendo o pasar antes al libro.

La historia comienza in medias res con Paul, ya veterano, y su compañía en retaguardia tras haber sido relevados del frente. Están saciados y disfrutan de doble ración de víveres, sin embargo «no nos estaban destinadas tantas provisiones. Los prusianos no son tan espléndidos. Todo lo debemos a un simple error». Acaban de sobrevivir a una cruenta batalla en la que han perdido a la mitad de los 150 hombres que eran; entre ellos Kemmermich, uno de sus compañeros de clase al que pronto verán morir en el hospital. Estas dos anécdotas marcan la tónica general que seguirá el relato: la crueldad de la guerra, la desidia de los mandos y las continuas muertes de quienes le rodean.

Mediante breves analepsis, además de contar el episodio de Kantorek antes descrito, Paul nos habla de su juventud, su familia y del periodo de instrucción, cuando tuvieron que soportar al terrible Himmelstoss, modesto cartero de profesión que, al verse con uniforme y poder, se convirtió en un auténtico tirano, lo cual da pie a reflexionar sobre la naturaleza de los hombres y cómo casi todos abusan del poder en cuanto se ven en posición de hacerlo; «y cuanto más cagones eran en la vida civil, más ínfulas tienen aquí», sentencia Kat como colofón al debate.

Kat, apócope de Katczinsky, con sus cuarenta años es el líder del grupo de Paul y, pese a la diferencia de edad, se convierte en su mejor amigo, a quién alaba y admira calificando como insustituible; cree «que es zapatero de oficio, pero esto no quiere decir nada; él sabe algo de todos los oficios». Nuestro protagonista le describe como pícaro y desprendido, con las ideas claras sobre la vida y capaz de encontrar cualquier cosa hasta en los lugares más desolados, especialmente comida —en un momento llegan a darse un festín con dos cochinillos— pero también mantas o paja para dormir más cómodos, indicando que tiene un sexto sentido para estas lides.

En más de una ocasión vuelven a las trincheras de primera línea donde sufren interminables bombardeos de la artillería enemiga —constantemente reforzada y mejorada—, e incluso de la suya propia dado el nulo mantenimiento de los cañones alemanes. Tienen que deslizarse en la oscuridad de la noche a arreglar las alambradas destrozadas por el fuego de la artillería, se enfrentan al gas, a embestidas de los soldados aliados —mucho mejor preparados y alimentados— que repelen como pueden, e incluso ellos mismos lanzan algún ataque, más alentados por la posibilidad de saquear las abundantes provisiones de sus enemigos que por el honor y la gloria militar.

En todas esas situaciones el protagonista describe sin reparos toda la brutalidad de la guerra: los novatos que no aciertan a cubrirse al oír el silbido de los obuses cayendo o que se quitan la máscara antigás demasiado pronto y muriendo al quemarse por dentro. Nos cuenta cómo pasan noches enteras escuchando a compañeros agonizando al haber sido alcanzados en el campo, a escasos metros de las trincheras, sin posibilidad de rescatarlos; por el tipo de estertores pueden especular si han sido alcanzados en una cadera, la cara, etc. El propio Paul pasa un día entero en un cráter con un soldado francés al que acaba de apuñalar en medio de una ofensiva y al que tiene que ver consumirse poco a poco frente a él, ante la imposibilidad de escapar por el constante fuego de las ametralladoras. Este tiempo le hace desquiciar al comprender que, sin el uniforme, podría ser su hermano y, por más que se empeñen desde la propaganda del régimen no pueden odiar a alguien que jamás habían visto.

A mitad del relato Paul recibe un permiso para visitar a su familia unos días y el regreso no puede ser más traumático pues se siente totalmente fuera de lugar. El sufrimiento en el frente le ha cargado de escepticismo y no soporta seguir encontrándose con patriotas, como su padre, que idealizan la guerra, esa guerra que le ha cambiado y que ha convertido su pueblo natal en un lugar extraño, al cual siente no pertenecer; añora aquí más a sus compañeros que antes a su familia, pues ha comprendido que son los únicos que pueden entenderle. Si todo el libro desborda nihilismo por doquier, es en estos días cuando aflora en sus pensamientos con todo su esplendor. A sus veinte años no conoce de la vida «más que la desesperación y la muerte, la angustia y el tránsito de una existencia llena de la más estúpida superficialidad a un abismo de dolor».

La segunda ocasión en que se aleja del frente es tras ser herido por metralla junto a su amigo Albert Kropp, con quien compartirá la convalecencia en distintos hospitales en los que trabarán amistad con otros soldados y verán morir a muchos más. Cuando Paul se recupera lo suficiente para levantarse, prefiere cojear fuera de la habitación para no tener que soportar la lastimera mirada de Albert, a quién habían amputado la pierna. En su deambular por el hospital «se da cuenta de en cuántos lugares puede ser herido un hombre» y describe con horror innumerables dolencias: «no puede comprenderse que encima de unos cuerpos tan destrozados se sostengan todavía rostros humanos en los que la vida siga su curso cotidiano. […] Tan sólo el hospital da un auténtico testimonio de lo que es la guerra».

Vuelve a las trincheras, pero cada vez es todo más triste, más descarnado, la guerra está claramente perdida y los hombres mueren disciplinadamente regimiento tras regimiento ante la superioridad numérica y tecnológica de sus enemigos. Casi no quedan veteranos, a lo largo del relato han ido muriendo todos, tanto sus compañeros de clase como los nuevos camaradas que hizo durante la contienda. Los que llegaron a la guerra mayores, con oficio y familia, podrán volver a ello, afianzarse a algo y continuar; los jóvenes, aunque sobrevivan, no podrán adaptarse a la vida civil, la guerra los habrá destrozado y no tendrán nada a lo que agarrarse a la vuelta.

Stanislaw Lem: Ciberíada y Solaris

Hasta hace un mes todo lo que sabía es que Stanislaw Lem era un autor clásico de ciencia-ficción, y que su novela Solaris una de las obras más famosas del género. Pero todavía no había leído nada.

Gracias a la Wikipedia he descubierto un detalle en el que no había caído hasta ahora: la grandísima mayoría de escritores de ciencia ficción son de habla inglesa. Stanislaw Lem, polaco, es uno de los pocos que ha conseguido la fama utilizando otro idioma.

Hace varios años compré (bueno, mi padre a petición mía) en el Círculo de Lectores una minicolección de tres libros clásicos de ciencia ficción. ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, RUR Robots Universales Rossum, y Ciberíada. El primero no necesita presentación; el segundo ostenta el honor de ser el primer escrito en el que se utilizó el término Robot; y el tercero es el libro de Stanislaw Lem que leí hace un par de semanas.

Ciberíada es una sucesión de relatos cortos que narra las aventuras de Trurl y Claupacio, dos constructores especialistas en inventar cualquier tipo de artilugio que requieran las circunstancias, moldeando la materia a su gusto hasta el nivel atómico. Aquí tenéis el PDF.

Es un libro escrito con mucho humor por todas partes, provocado tanto por situaciones inverosímiles como por el abuso de terminología matemática y física sacada totalmente de contexto. En ese aspecto me ha recordado muchísimo a la forma de escribir de Terry Pratchett, del que ha tenido que ser una clara influencia. No vais a encontrar el humor constante y de carcajada limpia de Pratchett, pero si os ha gustado Mundodisco este libro no os puede defraudar.

Como ejemplo de verborrea matemática fuera de contexto, copio un fragmento en el que estudian cómo fabricar una máquina perfecta para que el rey Cruelio se divierta dándole caza (es un hábil cazador, por lo que les exige que se esfuercen al máximo e intenten hacer algo capaz de matarle a él mismo)

El rey galopaba sobre todos sus coeficientes de crueldad, se extraviaba en el bosque de signos séxtuples, volvía sobre su sus propias huellas, atacaba al monstruo hasta los últimos sudores y últimas factoriales; éste entonces se desintegró en cien polinomios, perdió una equis y dos ipsilones, se metió bajo la raya de un quebrado, se desdobló, agitó sus raíces cuadradas y ¡fue a dar contra el costado de la real persona matematizada! Se tambaleó toda la ecuación de tan certero que fue el golpe. Pero Cruelio se rodeó de un blindaje no lineal, alcanzó un punto en el infinito, volvió en el acto y ¡zas, al monstruo en la cabeza a través de todos los paréntesis! Tanto le arreó que le desprendió un logaritmo por delante y una potencia por detrás. El otro encogió los tentáculos con tanta covariante que los lápices volaban como locos, y ¡vuelta a darle con una transformación por el lomo, y otra vez y otra! El rey, simplificado, tembló del numerador a todos los denominadores, cayó y no se movió más.

Otra parte muy graciosa es cuando hablan sobre el estudio de los dragones. Todos estaban de acuerdo en que hay una probabilidad ridícula de que existan los dragones —por lo que no pueden estudiarlos—, de modo que Trurl y Caplaucio construyen una máquina que genere improbabilidades altísimas, tan improbables como para que aparezcan dragones en ese punto. Muchos años más tarde, Douglas Adams utilizaría un motor de improbabilidad infinita para desplazar la nave de su novela La Guía del Autoestopista Galáctico.

Además del humor, Ciberíada tiene su parte filosófica y de reflexión, como toda novela de ciencia ficción que se precie. Así, en un momento dado Trurl fabrica un mundo con sus habitantes en miniatura dentro de una bola de cristal, para que un rey desterrado pueda tener su reino y subditos. Cuando le cuenta su hazaña a Caplaucio, éste le recrimina haber “regalado” seres conscientes con sus sentimientos a un rey psicópata; terminando en un debate sobre la inexistente diferencia entre crear un ser consciente o haber evolucionado hasta él.

Otro punto interesante es cuando debaten qué fue antes, si el hombre o el robot, ya que a fin de cuentas son entidades inteligentes y conscientes y que lo importante es lo que son capaces de hacer, y no si a nivel profundo funcionan de manera orgánica o electrónica. O también cuando encuentran a la civilización más avanzada del universo, y están simplemente tumbados en el suelo sin hacer nada de su vida.

Tras terminar Ciberíada, y buscando otro libro por casa, encontré por casualidad Solaris, que ni sabía que lo teníamos, así que no dude en dejar de buscar y quedarme con éste.

Solaris es una novela que me ha fascinado desde el primer momento de empezar a leerla. No quiero dar ningún detalle que estropee la trama y la sucesión de acontecimientos que van teniendo lugar porque me parece que está magistralmente desarrollada.

Solaris es el nombre de un extraño planeta acuático que se mantiene en una órbita estable que viola todos los principios físicos conocidos por el hombre. La acción transcurre dentro de una base científica a la que el protagonista acude al principio del libro para colaborar en las investigaciones sobre el planeta, y no diré más. He leído por ahí un par de resúmenes y me ha indignado la cantidad de detalles que revelan alegremente, pero que Lem te va soltando con cuentagotas, siempre en el momento indicado.

Es Solaris una novela hipnótica y onírica, fascinante y aterradora. De prosa sencilla, que no simple, la complejidad de lo narrado por Lem deja el poso que sólo las grandes obras de arte dejan en la conciencia y el ánimo. Al terminar de leerla la inquietud de lo leído permanece en los recovecos del alma, recordándonos que el Universo, a fin de cuentas, pemanecerá siempre misterioso, y que la naturaleza, en su pasiva existencia, es tanto más aterradora en tanto en cuanto no se la puede vencer, en tanto en cuanto su inexorabilidad nos pone ante los ojos el espejo de nuestra propia insignificancia en el cosmos.

La novela empieza ya transmitiendo una sensación de claustrofobia que no abandonara el relato. El protagonista, Kelvin, entra en la cápsula que lo conducirá hasta el planeta Solaris, una cápsula pequeñísima y asfixiante. Lem establece ya el tono onírico que predominará en la novela, y que no hará otra cosa que aumentar a medida que progresa el relato.

Descripción sacada de Sitio de Ciencia Ficción. No recomiendo que entres si no has leído el libro, porque antes de esta crítica hay un resumen del libro.

Me ha encantado el ritmo de la novela, el dilema que planeta, la historia en sí. Un claro ejemplo de que los clásicos son clásicos por algo.

La carretera

Hace un par de semanas terminé de leer La Carretera, de Cormac McCarthy. Es un libro que alguien (no recuerdo quién) me recomendó hace varios años, pero todo lo que me avanzó sobre el argumento fue que trataba de un padre y un hijo caminando por una carretera. Nada más. Sonaba aburrido así que jamás me apeteció leerlo, hasta que recientemente vi el trailer de la película con Viggo Mortensen y me llamó mucho la atención. Estaba yo pensando en ello cuando un amigo, esa misma semana, me dijo: “Fíjate, casualidades de la vida, que justo me he terminado un libro esta tarde, he encendido la tele ¡y anunciaban una película basada en ese libro!“. Casualidades de la vida, pensé yo. Y le dije “¿La Carretera, no? Casualidades de la vida, yo también estaba pensando en ese libro“. Así que tras su recomendación no dudé en leerlo cuanto antes, para animarme a ver la película si me gustaba el libro.

La Carretera narra un relato desgarrador. Transcurre en un mundo desolado, no sé sabe cuánto tiempo atrás ni como, una Tierra reducida a cenizas con la inmensa mayoría de la población muerta. En comparación, Mad Max sería un paraíso despoblado y Waterworld el mundo colorido e iluminado totalmente contrario.

Empieza a medias, con un padre despertándose en mitad de la fría noche y comprobando que su hijo todavía sigue a su lado, vivo, respirando. El lector no tiene la certeza de qué está ocurriendo ni por qué, pero en seguida se ve atrapado por la continua lucha por la supervivencia a la que padre e hijo se ven sometidos en un mundo tan hostil.

No sólo todo está quemado y cualquier atisbo de civilización destruído, es que hace años de eso y no parece que las cosas vayan a mejorar. El mundo está cubierto constantemente por una capa de nubes y polvo que sólo permite adivinar la posición del Sol durante el día, y que provoca las noches más oscuras que haya conocido la Humanidad.

Y si resultase difícil sobrevivir en un entorno así, las pocas personas supervivientes han tenido que deshumanizarse y sacar sus instintos más básicos y feroces en la lucha por la supervivencia. Es un retrato del hombre en su estado más indefenso y salvaje que me ha recordado mucho al Ensayo sobre la Ceguera de José Saramago. En ambos relatos he encontrado el mismo tipo de escenas brutales, no aptas para las mentes más sensibles, que permiten reflexionar sobre lo frágil que es la mentira de la sociedad en la que vivimos, y hasta dónde puede llegar el ser humano para sobrevivir, cuánto puede dejar de ser humano.

El padre, junto al hijo —puede intuirse que tendrá en torno a los diez años, pero tampoco se sabe— están emprendiendo un peregrinaje hacia el sur, hacia la costa, para encontrar climas más suaves y cálidos, pues cada invierno es más crudo que el anterior. También buscan el mar, que históricamente tantos recursos ha otorgado al hombre, esperando que todavía quede algún atisbo de vida y pueda seguir siendo utilizado como fuente de alimentos. Lo hacen caminando a través de carreteras, último vestigio de un mundo perdido del que hasta los recuerdos empiezan a borrarse.

No quiero adelantar nada más de la historia. Es un libro corto, que se lee rápido porque no puedes dejar de seguir el ajetreado viaje del padre y el hijo. Un padre y un hijo anónimos, por una carretera que podría estar en cualquier país actual. Está escrito con un lenguaje premeditadamente frío y parco. Incluso las conversaciones son casi vacías y escasas. Querrían hablarse, pero no hay mucho que contar sobre el infierno en el que viven. El final no me convenció mucho, y al momento de terminar el libro tampoco me pareció algo increible; pero cada día que ha pasado desde entonces me ha cautivado más. Si entonces lo dejé como una simple buena lectura, hoy lo recomendaría.

La película no terminó de convencerme. Pese a ser mucho más fiel al libro que la mayoría de adaptaciones cinematográficas que podemos ver, le faltaba algo. Los actores lo hacían bien, y la escenografía estaba lograda, pero no transmite todos los detalles que transmitía el libro. Pese a ser breve y en un ambiente más o menos definido, es una historia difícil de llevar a la gran pantalla.

La angustia, la soledad, la desesperación y la lucha por la supervivencia que lees en cada página del libro no terminé de verlos bien plasmados en el cine. El padre constantemente palpando el pecho de su hijo para comprobar si sigue vivo cuando despierta en mitad de la noche; la preocupación obsesiva por cubrirse con plásticos y no mojarse (en un ambiente tan frío supondría una muerte segura); noches y noches durmiendo al raso, apretados para guardar el calor… pequeños detalles, en suma, que provocan que el lector comprenda mejor la situación de los personajes, y la viva como suya, pero que no se consiguen transmitirlos al espectador.

Wakefield

“Un hombre que se llamaba Wakefield decide gastarle una broma a su esposa. Le dice que tiene que hacer un viaje de negocios y estará fuera unos días, pero en lugar de salir de la ciudad se va a la vuelta de la esquina, alquila una habitación y espera a ver qué pasa. No sabe exactamente por qué lo hace, pero de todas formas lo hace. Pasan tres o cuatro días, pero él no se siente dispuesto a volver a casa todavía, así que se queda en la habitación alquilada. Los días se convierten en semanas, las semanas se convierten en meses. Un día Wakefield pasa por su antigua calle y ve su casa engalanada de luto. Es su propio funeral y su mujer se convierte en una viuda solitaria. Pasan los años. De vez en cuando se cruza con su esposa por la ciudad y una vez, en medio de una multitud, llega a rozarse con ella. Pero ella no le reconoce. Transcurren los años, más de veinte, y poco a poco Wakefield se hace viejo. Una noche lluviosa de otoño, mientras da un paseo por las calles vacías, pasa por delante de su antigua casa y mira por la ventana. Hay un agradable fuego ardiendo en la chimenea y él piensa para sus adentros: Qué agradable sería estar ahí dentro ahora, sentado en uno de esos cómodos butacones junto al fuego, en lugar de estar ahí fuera bajo la lluvia. Así que, sin pensarlo más, sube los escalones de la casa y llama la puerta.

– ¿Y entonces?

– Eso es todo. Así termina la historia.”

Paul Auster –  “La trilogía de Nueva York. Fantasmas”

Leído en desconvencida, junto a otra opinión de Borges sobre el relato y otra de la propia autora del blog.

Recomiendo la lectura completa de Wakefield, un cuento de Nathaniel Hawthorne. Apenas son seis páginas.