He partido de las siguientes premisas de los diversos sitios en los que estaba colgada la supuesta carta de Jean Jaurès:

  1. Todas las referencias a la carta parecen proceder de la revista Noticias Obreras, núm. 1.371 (1-11-2004/15-11-2004), pg. 40.
  2. En todos los casos se afirma que el texto fue citado por Antonio Pildain (qué más tarde se convertiría en Arzobispo de Canarias), canónigo y diputado de las Cortes Constituyentes durante una sesión el 1 de marzo de 1933, y que la carta fue entregada a los taquígrafos de las Cortes.
  3. La carta original pareció ser publicada por Jean Jaurès en su propio periódico, L’Humanité, en una fecha que se desconoce.

Todo esto se repite en la mayoría de artículos, pero citaré dos cualesquiera como fuentes de información: Asociación Presencia Cristiana y ARVO.

En la revista cristiana Iglesia Viva, en el número 219 del tercer trimestre de 2004, está la carta en formato PDF, e incluye una anotación al final buscando, como yo, la veracidad de su autoría. Copio la anotación íntegramente:

El diputado y canónigo Antonio Pildain —que sería nombrado obispo de Canarias el 23 de mayo de 1936— aportó este texto, que hizo adjuntar al acta de la sesión, durante la polémica discusión de la Ley de Congregaciones que defendía el gobierno y a la que se oponía la derecha en bloque. Este debate puede consultarse en una página Web: www.segundarepublica.com/republica/documentos/516.htm (link corregido). De la carta presuntamente publicada en L’Humanité no hemos encontrado ningún rastro en las obras de y sobre Jean Jaurès. Sí que hay referencia a la “sorpendente historia de la primera comunión de la hija de Jaurès” que aducía el antiguo Partido Socialista Obrero Revolucionario como motivo para retrasar entre 1902 y 1905 la unidad total del socialismo francés (Véase Daniel Ligou, Histoire du Socialisme en France 1871-1961, PUF, Paris 1962, p.157). Pero en 1902 su hijo tenía sólo 4 años. Y este hecho lo encuadra Leon Trotsky así: “Familia burguesa, universidad, matrimonio burgués, hija que la madre induce a la comunion…” (Kievkaia Mysl, 17 de Julio de 1915). Estas referencias dan cierta plausibilidad a la carta, aunque extraña que tras la polémica de la comunión, cuando ya era líder del partido, escribiera una carta así en L’Humanité entre 1905 y 1914 y no conste en la historia ni la carta ni la presumible reacción. Iglesia Viva.

La dirección en cuestión a la que envían no existe actualmente (supongo que remodelarían la web). Como indican ahí, resulta muy extraño que no haya información actual sobre la publicación de la carta ni las reacciones, pero dado el comportamiento con su hija (a la que hizo comulgar) sería muy posible que la carta fuera real.

En la página Segunda República se pueden obtener textos de diversas sesiones de las Cortes (y otros artículos de la época), pero no he encontrado el citado antes de Pildain el 1 de marzo (está pero lo comentaré más adelante). Sin embargo, hay un Discurso sobre el Proyecto de Congregaciones Religiosas de Margarita Nelken con fecha 1 de marzo de 1933 en el que habla de la intervención de Pildain días antes en la Cámara sobre la francesa Ley Combes (más información sobre la misma en ArteHistoria y la wiki inglesa). Copio la parte de la alocución de Margarita Nelken, más con la intención de reflexionar sobre lo que dice —aprovechando el tema— que de documentarnos sobre el problema que nos ocupa:

El otro día el Sr. Pildain pronunció aquí un discurso que yo no tuve la fortuna de oír, pero que he tenido el placer de leer, y no ve S.S. en estas palabras el menos retintín; digo el placer, porque estamos tan poco acostumbrados a que elementos del sector del Sr. Pildain se pronuncien con esa mesura y esa elevación de tono, que es una verdadera fortuna que alguien como S.S. se produzca de esta forma en los debates. Pero el Sr. Pildain, que habló aquí elocuentemente de lo que sucedió en Francia cuando la discusión de la ley Combes, y citaba palabras de Waldeck-Rousseau, olvidó un pequeño detalle, y es que la discusión de la ley Combes en Francia, aquella máxima tolerancia a que aludió su señoría, tuvo lugar más de un siglo después de la gran revolución. Es un detalle, al parecer sin importancia; pero es lo cierto que en Francia se ha podido y se puede ser hoy muy tolerante, porque se empezó por ser de otro modo muy distinto. En Francia no hay un señor sacerdote que se atreva a evantarse en una Cámara, ni en ninguna parte, para decir algunas cosas tan distantes de todo sentimiento humano como las que aquí hemos oído a veces; porque aquí, cuando la secularización de cementerios, hemos escuchado a un señor sacerdote protestar que los huesos de un católico hubieran de reposar junto a los huesos de un descreído. Yo creía, la verdad, que para un creyente, de cualquier religión que fuese,lo que importaba después de la muerte era el alma y no los huesos. Y aquí hemos oído a ese mismo señor sacerdote protestar de que se quisiera equiparar ante la ley a los niños nacidos dentro y fuera de legítimo matrimonio. Ante esto yo me pregunto si no estaremos equivocados los que recordamos las palabras: «Dejas a los niños que vengan a mí.» Por lo visto, Cristo dijo: «Que vengan a mí los de legítimo matrimonio y los demás que se mueran de hambre.»

Esta parte del discurso respondiendo al Sr. Pildain comienza en la página once, pero recomiendo la lectura de todo lo que sigue hasta el final (tan sólo son catorce páginas) por lo brillante de la intervención de esta política. Lamentablemente la mayoría de cosas a las que alude siguen siendo habituales aquí hoy en día.No he leído el comienzo, pero ha de ser igual de bueno; a ver si saco tiempo y le doy un vistazo porque seguro que merece la pena.

Hay también, otro artículo de una sesión también el 1 de marzo de 1933 titulado ¿Qué derechos —propiedad, educación— tienen las Congregaciones religiosas? En el que discuten Albornoz, Carrasco, Formiguera y Pildain, y que éste último contesta, entre otros, a la alocución de Margarita Nelken citada anteriormente y, donde por fin, aparece una referencia a la carta de Jean Jaurès. Éste debe ser, pues, el Diario de Sesiones mencionado arriba, pero ya en su nueva dirección y que aparece casi al final. Copio el fragmento en el que introduce la carta de Jaurès:

voy a permitirme terminar esta intervención de hoy recordando una carta de Jaurés, Sres. Diputados, porque el Sr. Ministro aludió a un texto de Jaurés que acaso estuviera en contraposición con otro texto del mismo que yo le citaba. ¿En cuál de esos textos era más sincero el elocuente socialista francés? Señores Diputados, yo creo que vosotros podéis dilucidarlo mejor que yo. Creo que hay una piedra de toque infalible para juzgar de la sinceridad de un autor o de un orador, y es el alma de su hijo. Cuando un padre no se atreve a aplicar a su hijo la doctrina que enseña o que predica, es que esa doctrina no es producto de la sinceridad, es una plataforma política.Pues bien, Sres. Diputados, el hijo de Jaurés pidió a su padre permiso para no estudiar Religión en el Instituto Francés en que cursaba el bachillerato. Porque es de advertir que hoy día, hoy, en el año 1933, no solamente se estudia Religión en el Bachillerato en Alemania, en Inglaterra, en Holanda, en Bélgica, en los Estados Unidos de América, en todas esas grandes naciones en cuyas Universidades no sólo no puede entrar nadie a cursar ninguna carrera sin haber dado primeramente pruebas suficientes de conocer a fondo la religión que profesa, sino que, además, no puede salir de la Universidad ninguno ni como ingeniero, ni como arquitecto, ni como médico si no demuestra previamente el conocimiento que posee de la Biblia y de su religión. Pues bien, hoy se estudia no solamente en esas grandes naciones la Religión; hoy se estudia y figura la asignatura de Religión como obligatoria en el programa del Bachillerato francés, y hace falta una declaración expresa del padre pidiendo que no la estudie su hijo (porque al padre es al que le corresponde juzgar y al padre es al que le corresponde dirigir la instrucción del hijo); hace falta una declaración expresa del padre pidiendo que su hijo no curse Religión. Y el hijo de Jaurés pidió a su padre este permiso, y Jaurés le escribió aquella carta que no voy a reproducir aquí porque no tengo la memoria suficientemente fiel para recordarla; pero que la voy a entregar a los taquígrafos para que figure a continuación de esta modesta intervención mía; aquella carta en que decía Jaurés:
[lee la carta entera, o la mayor parte de la misma]

Ésta es toda la información que he conseguido recabar sobre el suceso. Respecto a Jean Jaurès hay muy pocas páginas en español y en inglés no he encontrado nada destacable. Y aquí acaban mis pobre conocimientos de otros idiomas. He consultado a una amiga que ha recorrido varias páginas en francés (dónde debería haber más información) y tampoco ha conseguido leer referencias sobre la carta. Lo más relacionado es una cita de Jaurès en un discurso que decía lo siguiente: «¿Cómo el niño podrá estar preparado para ejercer sin miedo los derechos que la democracia laica reconoce al hombre, si no se le permite ejercer de una forma laica el derecho esencial que le reconoce la ley, el derecho a la educación?». Cita que no casa demasiado con el contenido de la carta.

En conclusión, parece ser que el único documento serio en el que se hace referencia a la carta pareció ser la intervención del Obispo (por entonces aún no lo era) y diputado Antonio Pildain en las Cortes Constituyentes el 1 de marzo de 1933. Por lo que deberemos fiarnos de su buena fé (toma juego de palabras) para creer en la veracidad de dicho escrito.

Personalmente me parece bastante sorprendente que sólo haya referencias en español, pero no veo demasiadas incompatibilidades (aunque las citadas al comienzo por Iglesia Viva merecen la atención) para poder determinar con seguridad que la carta no pertenece a Jean Jaurès, de modo que por ahora deberemos conformarnos con esta hipótesis.

Extra: Artículo de Trotsky sobre Jean, tres años después de la muerte del último. No he llegado a leerlo, pero quizás arroje más información sobre los ideales de Jaurès.