Archive for the 'Artes y Letras' Category

24th ago 2010

La Navidad según Hesse

«La Navidad es una suma, un almacén de regalos de todos los sentimentalismos y mendacidades burgueses. Es un motivo de desenfrenadas orgías para la industria y el comercio, el artículo más sensacional de los almacenes, huele a hojalata lacada, a ramas de abeto y a gramófonos, a agotados carteros y chicos de reparto que murmuran por lo bajo, a alborotadas fiestas familiares bajo el árbol engalanado, a suplementos de los periódicos y a una gran publicidad; en resumen, a mil cosas que me resultan extremadamente odiosas y que me serían indiferentes y ridículas si no hicieran un uso tan lamentable del nombre del Salvador y del recuerdo de nuestros años más tiernos.»

Hermann Hesse (1927))

Hay cosas en las que no cambiamos en mucho tiempo. Después de 80 años la crítica al consumismo y los grandes almacenes durante la Navidad sigue siendo la misma que se hace hoy en día.

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20th jul 2010

YHWH

El hebreo es un idioma que cuenta con una antigüedad de más de 30 siglos. En realidad el hebreo antiguo es completamente diferente del moderno (una relación parecida al latín con las lenguas romances, pero guardando más similitudes), de modo que la palabra técnica que define al hebreo es macrolengua.

En el hebreo antiguo escrito sólo se representaban las consonantes y para leerlo había que saber qué vocales debían intercalarse entre cada consonante en función de unas complicadas reglas o por el contexto. Así, cuando tuvieron que escribir el nombre de Dios, escribieron YHWH (יהוה). Esto se especula que viene de la respuesta de la zarza ardiendo a Moises «Yo soy el que soy y seré», o alguna otra construcción similar. Éste era el verdadero nombre de Dios en hebreo.

Se da el caso de que en algún momento de la historia temprana del pueblo judío se decidió no pronunciar nunca el nombre de Dios. En principio pudo ser una forma de mantenerlo oculto a los paganos, para evitar que lo pronunciasen en vano o blasfemasen, pero terminó por convertirse en una costumbre y una norma para toda la comunidad judía de entonces y ahora. Así, cuando leían las escrituras sagradas y llegaban a YHWH guardaban silencio o utilizaban distintas construcciones para referenciarlo. La preferida era Adonai (mi señor) pero también utilizaban diferentes palabras derivadas de El o Il. Éste era el dios principal de los cananeos, la cultura politeísta de la que los hebreos eran sólo uno de los pueblos que habitaban la región. Los hebreos lucharon contra el resto de tribus pretendiendo acabar con sus panteones politeístas e imponer el monoteísmo de su único dios, de ahí que Israel signifique El que lucha contra Dios (El). Esta historia también resulta muy interesante, pero no es por lo que estoy escribiendo este post y podéis seguir los enlaces.

Como iba diciendo, cuando leyendo un texto se llegaba a YHWH, generalmente se decía Adonai, y pasaron los años y los siglos y nadie volvió a pronunciar a lo que correspondían esas cuatro consonantes (denominadas también tetragramatón). Realmente el Sumo Sacerdote del Templo de Jerusalen sí podía pronunciarlo durante los rituales, pero fue destruido (y reconstruido y vuelto a destruir) y desapareció el cargo. Otros de los términos utilizados eran Hashem (el nombre) y Elohim, una especie de plural mayestático de El (dios).

Los primeros libros escritos de la Biblia se estima que fueron escritos 700 al 900 antes de Cristo. Fue hacia el siglo séptimo D.C. cuando los escribas —los que se ocupaban de las escrituras sagradas eran los masoretas— comenzaron a modificar sus textos incluyendo vocales en la forma escrita del hebreo. Esto también me parece muy interesante, porque en este idioma las vocales se indican mediante puntos —denominados niqud— encima, en, y debajo de las consonantes. Visto desde esta perspectiva histórica en la que el idioma empezó escribiéndose sólo con consonantes, resulta lógico que las vocales se representaran de esta forma: así pudieron simplemente “vocalizar” todos los textos que poseían y no reescribirlos desde cero. Esta característica tuvo que suponer una gran ayuda para que instaurar el nuevo sistema con vocales.

Una idea fabulosa para facilitar el aprendizaje de la lectura y que pudieron ejecutar sin problemas, hasta que les tocó puntear HYWH: después de más de 1000 años sin pronunciarlo, ya nadie sabía qué quería decir exactamente. Tampoco fue un problema muy grave porque seguía estando prohíbido decir el verdadero nombre de Dios, así que puntearon las vocales correspondientes a los términos con los que solía reemplazarse.

En la actualidad, al existir diversas corrientes dentro del judaísmo, hay quién no ve tan problemático no pronunciar el sagrado nombre del señor, mientras que los más ortodoxos continúan considerándolo una blasfemia. Sin embargo, no deberían tener porqué preocuparse ya que hace mucho tiempo que este significado se perdió, por lo que es imposible saber exactamente cómo debe leerse YHWH ni cómo se presentó Dios a Moisés. También les interesó en su día conocer la pronunciación a los no judíos que debían mencionar a dios —cristianos y musulmanes utilizan parte de los libros sagrados del judaísmo—.

Como dije antes, cuando se incluyeron vocales en el hebreo, YHWH se punteó con las correspondientes a las palabras sustitutas que solían pronunciarse. La principal de éstas era Adonai, la cual por motivos fonéticos y normas ortográficas transformó su primera A por E, quedando escrito YeHoWaH, de donde pasó al español como Jehová. Observando cómo se ha formado esta palabra, resulta claro que es una forma totalmente incorrecta de nombrar a Dios.

Actualmente los eruditos consideran que la forma más correcta de como debería sonar el nombre de dios es YaHWéH. Se basan entre otros motivos en la palabra aleluya (existente en muchos idiomas) procedente del hebreo hallĕlū yăh, «alabad a Yah». Yah fue una forma abreviada de nombrar a Dios. También se especula la relación con el verbo hebreo hawáh (llegar a ser), significando “El que causa que todo llegue a ser“.

Pese a todo, la única forma de nombrar a Dios que acepta la RAE es Jehová, no apareciendo ningún término por ahora para Yahveh (¿Yahvé?). Aunque el origen de Jehová sea erróneo, en castellano representa claramente la idea que la palabra quiere transmitir, por lo que se acepta su uso.

Además de muy interesante por los muchos temas que incluye esta historia (y que dejo al lector que le interese perderse en ellos como hice yo) me ha parecido francamente divertido que para proteger el verdadero nombre de Dios de otras tribus, sus propios adoradores hayan perdido cuál es éste. Es como olvidar la verdadera esencia y naturaleza de Dios.

Practicamente todo lo escrito en este artículo lo he aprendido en el término Yahveh de la wikipedia española. Sin embargo, es un auténtico desmadre, repitiendo en distintos apartados los mismos datos. La idea de este post era contar brevemente por qué actualmente se desconoce el significado de YHWH, pero para variar ha salido un pequeño tocho. Aún así, espero que sea más digerible que la entrada de la Wikipedia. También debo decir que si te ha interesado el tema debes leerlo, pues lo mio es un resumen muy general y se mencionan muchas más cosas allí. Llegué a todo esto a base de seguir enlaces en el último post de La Pizarra de Yuri.

También he consultado los artículos equivalentes en la Wikipedia inglesa, siempre más completa. Yahweh, Jehovah, Names of God in Judaism, Tetragrammaton. También he encontrado una breve página web dedicada al nombre de Dios.

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15th may 2010

Stanislaw Lem: Ciberíada y Solaris

Hasta hace un mes todo lo que sabía es que Stanislaw Lem era un autor clásico de ciencia-ficción, y que su novela Solaris una de las obras más famosas del género. Pero todavía no había leído nada.

Gracias a la Wikipedia he descubierto un detalle en el que no había caído hasta ahora: la grandísima mayoría de escritores de ciencia ficción son de habla inglesa. Stanislaw Lem, polaco, es uno de los pocos que ha conseguido la fama utilizando otro idioma.

Hace varios años compré (bueno, mi padre a petición mía) en el Círculo de Lectores una minicolección de tres libros clásicos de ciencia ficción. ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, RUR Robots Universales Rossum, y Ciberíada. El primero no necesita presentación; el segundo ostenta el honor de ser el primer escrito en el que se utilizó el término Robot; y el tercero es el libro de Stanislaw Lem que leí hace un par de semanas.

Ciberíada es una sucesión de relatos cortos que narra las aventuras de Trurl y Claupacio, dos constructores especialistas en inventar cualquier tipo de artilugio que requieran las circunstancias, moldeando la materia a su gusto hasta el nivel atómico. Aquí tenéis el PDF.

Es un libro escrito con mucho humor por todas partes, provocado tanto por situaciones inverosímiles como por el abuso de terminología matemática y física sacada totalmente de contexto. En ese aspecto me ha recordado muchísimo a la forma de escribir de Terry Pratchett, del que ha tenido que ser una clara influencia. No vais a encontrar el humor constante y de carcajada limpia de Pratchett, pero si os ha gustado Mundodisco este libro no os puede defraudar.

Como ejemplo de verborrea matemática fuera de contexto, copio un fragmento en el que estudian cómo fabricar una máquina perfecta para que el rey Cruelio se divierta dándole caza (es un hábil cazador, por lo que les exige que se esfuercen al máximo e intenten hacer algo capaz de matarle a él mismo)

El rey galopaba sobre todos sus coeficientes de crueldad, se extraviaba en el bosque de signos séxtuples, volvía sobre su sus propias huellas, atacaba al monstruo hasta los últimos sudores y últimas factoriales; éste entonces se desintegró en cien polinomios, perdió una equis y dos ipsilones, se metió bajo la raya de un quebrado, se desdobló, agitó sus raíces cuadradas y ¡fue a dar contra el costado de la real persona matematizada! Se tambaleó toda la ecuación de tan certero que fue el golpe. Pero Cruelio se rodeó de un blindaje no lineal, alcanzó un punto en el infinito, volvió en el acto y ¡zas, al monstruo en la cabeza a través de todos los paréntesis! Tanto le arreó que le desprendió un logaritmo por delante y una potencia por detrás. El otro encogió los tentáculos con tanta covariante que los lápices volaban como locos, y ¡vuelta a darle con una transformación por el lomo, y otra vez y otra! El rey, simplificado, tembló del numerador a todos los denominadores, cayó y no se movió más.

Otra parte muy graciosa es cuando hablan sobre el estudio de los dragones. Todos estaban de acuerdo en que hay una probabilidad ridícula de que existan los dragones —por lo que no pueden estudiarlos—, de modo que Trurl y Caplaucio construyen una máquina que genere improbabilidades altísimas, tan improbables como para que aparezcan dragones en ese punto. Muchos años más tarde, Douglas Adams utilizaría un motor de improbabilidad infinita para desplazar la nave de su novela La Guía del Autoestopista Galáctico.

Además del humor, Ciberíada tiene su parte filosófica y de reflexión, como toda novela de ciencia ficción que se precie. Así, en un momento dado Trurl fabrica un mundo con sus habitantes en miniatura dentro de una bola de cristal, para que un rey desterrado pueda tener su reino y subditos. Cuando le cuenta su hazaña a Caplaucio, éste le recrimina haber “regalado” seres conscientes con sus sentimientos a un rey psicópata; terminando en un debate sobre la inexistente diferencia entre crear un ser consciente o haber evolucionado hasta él.

Otro punto interesante es cuando debaten qué fue antes, si el hombre o el robot, ya que a fin de cuentas son entidades inteligentes y conscientes y que lo importante es lo que son capaces de hacer, y no si a nivel profundo funcionan de manera orgánica o electrónica. O también cuando encuentran a la civilización más avanzada del universo, y están simplemente tumbados en el suelo sin hacer nada de su vida.

Tras terminar Ciberíada, y buscando otro libro por casa, encontré por casualidad Solaris, que ni sabía que lo teníamos, así que no dude en dejar de buscar y quedarme con éste.

Solaris es una novela que me ha fascinado desde el primer momento de empezar a leerla. No quiero dar ningún detalle que estropee la trama y la sucesión de acontecimientos que van teniendo lugar porque me parece que está magistralmente desarrollada.

Solaris es el nombre de un extraño planeta acuático que se mantiene en una órbita estable que viola todos los principios físicos conocidos por el hombre. La acción transcurre dentro de una base científica a la que el protagonista acude al principio del libro para colaborar en las investigaciones sobre el planeta, y no diré más. He leído por ahí un par de resúmenes y me ha indignado la cantidad de detalles que revelan alegremente, pero que Lem te va soltando con cuentagotas, siempre en el momento indicado.

Es Solaris una novela hipnótica y onírica, fascinante y aterradora. De prosa sencilla, que no simple, la complejidad de lo narrado por Lem deja el poso que sólo las grandes obras de arte dejan en la conciencia y el ánimo. Al terminar de leerla la inquietud de lo leído permanece en los recovecos del alma, recordándonos que el Universo, a fin de cuentas, pemanecerá siempre misterioso, y que la naturaleza, en su pasiva existencia, es tanto más aterradora en tanto en cuanto no se la puede vencer, en tanto en cuanto su inexorabilidad nos pone ante los ojos el espejo de nuestra propia insignificancia en el cosmos.

La novela empieza ya transmitiendo una sensación de claustrofobia que no abandonara el relato. El protagonista, Kelvin, entra en la cápsula que lo conducirá hasta el planeta Solaris, una cápsula pequeñísima y asfixiante. Lem establece ya el tono onírico que predominará en la novela, y que no hará otra cosa que aumentar a medida que progresa el relato.

Descripción sacada de Sitio de Ciencia Ficción. No recomiendo que entres si no has leído el libro, porque antes de esta crítica hay un resumen del libro.

Me ha encantado el ritmo de la novela, el dilema que planeta, la historia en sí. Un claro ejemplo de que los clásicos son clásicos por algo.

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27th feb 2010

La carretera

Hace un par de semanas terminé de leer La Carretera, de Cormac McCarthy. Es un libro que alguien (no recuerdo quién) me recomendó hace varios años, pero todo lo que me avanzó sobre el argumento fue que trataba de un padre y un hijo caminando por una carretera. Nada más. Sonaba aburrido así que jamás me apeteció leerlo, hasta que recientemente vi el trailer de la película con Viggo Mortensen y me llamó mucho la atención. Estaba yo pensando en ello cuando un amigo, esa misma semana, me dijo: “Fíjate, casualidades de la vida, que justo me he terminado un libro esta tarde, he encendido la tele ¡y anunciaban una película basada en ese libro!“. Casualidades de la vida, pensé yo. Y le dije “¿La Carretera, no? Casualidades de la vida, yo también estaba pensando en ese libro“. Así que tras su recomendación no dudé en leerlo cuanto antes, para animarme a ver la película si me gustaba el libro.

La Carretera narra un relato desgarrador. Transcurre en un mundo desolado, no sé sabe cuánto tiempo atrás ni como, una Tierra reducida a cenizas con la inmensa mayoría de la población muerta. En comparación, Mad Max sería un paraíso despoblado y Waterworld el mundo colorido e iluminado totalmente contrario.

Empieza a medias, con un padre despertándose en mitad de la fría noche y comprobando que su hijo todavía sigue a su lado, vivo, respirando. El lector no tiene la certeza de qué está ocurriendo ni por qué, pero en seguida se ve atrapado por la continua lucha por la supervivencia a la que padre e hijo se ven sometidos en un mundo tan hostil.

No sólo todo está quemado y cualquier atisbo de civilización destruído, es que hace años de eso y no parece que las cosas vayan a mejorar. El mundo está cubierto constantemente por una capa de nubes y polvo que sólo permite adivinar la posición del Sol durante el día, y que provoca las noches más oscuras que haya conocido la Humanidad.

Y si resultase difícil sobrevivir en un entorno así, las pocas personas supervivientes han tenido que deshumanizarse y sacar sus instintos más básicos y feroces en la lucha por la supervivencia. Es un retrato del hombre en su estado más indefenso y salvaje que me ha recordado mucho al Ensayo sobre la Ceguera de José Saramago. En ambos relatos he encontrado el mismo tipo de escenas brutales, no aptas para las mentes más sensibles, que permiten reflexionar sobre lo frágil que es la mentira de la sociedad en la que vivimos, y hasta dónde puede llegar el ser humano para sobrevivir, cuánto puede dejar de ser humano.

El padre, junto al hijo —puede intuirse que tendrá en torno a los diez años, pero tampoco se sabe— están emprendiendo un peregrinaje hacia el sur, hacia la costa, para encontrar climas más suaves y cálidos, pues cada invierno es más crudo que el anterior. También buscan el mar, que históricamente tantos recursos ha otorgado al hombre, esperando que todavía quede algún atisbo de vida y pueda seguir siendo utilizado como fuente de alimentos. Lo hacen caminando a través de carreteras, último vestigio de un mundo perdido del que hasta los recuerdos empiezan a borrarse.

No quiero adelantar nada más de la historia. Es un libro corto, que se lee rápido porque no puedes dejar de seguir el ajetreado viaje del padre y el hijo. Un padre y un hijo anónimos, por una carretera que podría estar en cualquier país actual. Está escrito con un lenguaje premeditadamente frío y parco. Incluso las conversaciones son casi vacías y escasas. Querrían hablarse, pero no hay mucho que contar sobre el infierno en el que viven. El final no me convenció mucho, y al momento de terminar el libro tampoco me pareció algo increible; pero cada día que ha pasado desde entonces me ha cautivado más. Si entonces lo dejé como una simple buena lectura, hoy lo recomendaría.

La película no terminó de convencerme. Pese a ser mucho más fiel al libro que la mayoría de adaptaciones cinematográficas que podemos ver, le faltaba algo. Los actores lo hacían bien, y la escenografía estaba lograda, pero no transmite todos los detalles que transmitía el libro. Pese a ser breve y en un ambiente más o menos definido, es una historia difícil de llevar a la gran pantalla.

La angustia, la soledad, la desesperación y la lucha por la supervivencia que lees en cada página del libro no terminé de verlos bien plasmados en el cine. El padre constantemente palpando el pecho de su hijo para comprobar si sigue vivo cuando despierta en mitad de la noche; la preocupación obsesiva por cubrirse con plásticos y no mojarse (en un ambiente tan frío supondría una muerte segura); noches y noches durmiendo al raso, apretados para guardar el calor… pequeños detalles, en suma, que provocan que el lector comprenda mejor la situación de los personajes, y la viva como suya, pero que no se consiguen transmitirlos al espectador.

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31st jul 2009

¿Toda creencia verdadera justificada es conocimiento?

Es lo que plantea el Problema de Gettier, que en realidad son una serie de problemas mentales en los que el filósofo estadounidense Edmund Gettier argumenta que una creencia verdadera justificada no es necesariamente conocimiento.

Para afirmar que una persona conoce algo, ese algo ha de ser verdad. Además, la persona ha de creer que ese algo es verdad. Y no sólo eso, sino que tiene que haber una evidencia que justifique ese algo.

Por ejemplo, cuando digo que sé que el cielo está nublado es porque está nublado, creo que lo está, y tengo la evidencia de que es así. Hasta hace relativamente poco tiempo era aceptado generalmente que éstas eran las condiciones necesarias y suficientes para tener conocimiento.

Sin embargo, llegó el señor Gettier en los años 60 ideó unos contraejemplos para argumentar que esto no es así. Con el paso del tiempo, más gente ha creado otros experimentos mentales del mismo tipo que los originales Problemas de Gettier. De los dos siguientes problemas que copio para ilustrar esta idea, sólo el primero es del propio Gettier.

El trabajo de Smith

Smith ha pedido un trabajo pero tiene la creencia justificada de que «Jones conseguirá el trabajo». También tiene la creencia justificada de que «Jones tiene 10 monedas en su monedero». Por lo tanto, Smith concluye (justificadamente, por la regla de transitividad de la identidad) que «el hombre que consiga el trabajo tiene diez monedas en su monedero».

Al final Jones no consigue el trabajo, sino que se lo dan a Smith. Sin embargo, Smith descubre al abrir su monedero que tiene 10 monedas en él. Así que su creencia de que «el hombre que consiga el trabajo tiene diez monedas en su monedero» estaba justificada y es verdadera. Pero no parece que sea conocimiento.

La oveja en el campo

Roderick M. Chisholm propuso el siguiente contraejemplo: Un observador ve en la lejanía lo que le parece exactamente una oveja. Así que cree que hay una oveja en el campo. Sin embargo, resulta que era un perro que el pastor había camuflado para hacerlo pasar por oveja. Pese a todo, tras una cerca se encontraba una oveja. De forma que su creencia estaba justificada y era cierta.

No pretendo criticar estos problemas, sino dar una opinión sobre lo que en ellos ocurre. En casi todos estos ejemplos, yo destacaría dos hechos separados y fundamentales por los que los protagonistas no realizan la argumentación correcta: uno hace referencia al holismo confirmacional y el otro a la crítica a la causalidad de Hume.

Tras la lectura de la Historia Natural de la Religión, y para escribir el post, estuve leyendo algo sobre el pensamiento de David Hume, y descubrí que hizo una brillante crítica a la causalidad en la que ya había pensado yo mismo alguna vez, pero no de forma tan radical como la planteó Hume. Básicamente dice que sólo podemos afirmar que tras la causa A siempre ha sucedido el efecto B, pero no hay nada que nos permita inferir que A produce B.

Tal y como lo veo, y como se reseña en las propias reflexiones del artículo de la Wikipedia, se eligen unas causas erróneas para los efectos que se están prediciendo. Así, en el primer ejemplo que he copiado, y también en el del pirómano (que también es un problema muy explicativo), se cae en esto.

[...] los factores que hacen que la creencia sea verdad no han causado que crea en ella. En base a esta consideración, esta propuesta requiere que la creencia en p tenga una relación causal apropiada con p. De acuerdo con este añadido los contraejemplos de Gettier no serían conocimiento, pues las relaciones causales entre las creencias y los hechos son extrañas.

Sin embargo, y ateniéndonos a la tesis de Hume, no habría forma de discernir entre las causas apropiadas y las extrañas, debido a que realmente no podemos asegurar con total certeza que ningún hecho sea la causa del efecto que vemos a continuación.

La otra idea a la que me refería antes era al holismo confirmacional, que según la propia definición de la Wikipedia:

El holismo confirmacional, también llamado holismo epistemológico, sostiene que una teoría científica concreta no puede ser demostrada de forma aislada; la demostración de una teoría siempre depende de otras teorías e hipótesis.

Y no sólo de las teorías necesarias, sino también del lugar de experimentación. De este modo, en el problema de las ovejas, puede decirse que el observador debería haber analizado todo el campo y comprobar que lo que realmente había visto pudo ser un perro disfrazado de oveja.

Con respecto al primer problema, Smith debería haber analizado todas las causas por las que el trabajo no se le concede a Jones y sí a él, y no reducirse sólo a deducir cosas de las monedas que llevan en sus respectivos bolsillos.

Como se apunta en el artículo sobre el holismo confirmacional, para dar validez a la ley de gravitación de Newton estudiando el movimiento de los astros, primero hay que demostrar que el telescopio con el que se mira funciona correctamente, y comprender el funcionamiento de la luz al atravesar el espacio y la atmósfera terrestre.

Esta entrada me ha servido para compartir tres ideas muy interesantes que he tenido ocasión de leer entre ayer y hoy. En mi opinión, estos tres conceptos (holismo confirmacional, problemas de Gettier y crítica a la causalidad) llevados al extremo terminarían convirtiendose en una forma de escepticismo, pero que en su justa medida son fundamentales para comprender los límites y forma correcta de actuar que debería seguir el método científico.

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28th jul 2009

Historia natural de la religión

Incluso a día de hoy, y en Europa, si preguntamos a un individuo vulgar y corriente por qué cree en un creador omnipotente del mundo, nunca mencionará en su respuesta la belleza de las causas finales, acerca de las cuales es totalmente ignorante; no extenderá su mano para pedirnos que contemplemos la flexibilidad y variedad de articulaciones en sus dedos, su doblarse hacia adentro todos ellos, el contrapeso que reciben del dedo pulgar, la blancura y carnosidad de la cara interna de la mano, y todas las demás circunstancias que hacen ese miembro idóneo para el fin a que ha sido destinado. El individuo común está acostumbrado a todas estas cosas desde hace mucho tiempo, y las mira con indiferencia y falta de interés. Os hablará de la muerte repentina e inesperada de tal o cual persona, o de la caída y el daño físico sufridos por otra; os hablará de la excesiva sequía de tal estación del año, o del frío y las lluvias de tal otra. Y todo esto lo adscribirá a la inmediata operación de la providencia. Así, estos fenómenos, que para los buenos razonzadores resultan ser las mayores dificultades para admitir la existencia de una inteligencia suprema, son para el ignorante los únicos argumentos en favor de ella.

Vagando por la biblioteca en busca de libros, miré durante unos segundos en la sección de religión y mis ojos se posaron de inmediato en un pequeño libro titulado Historia natural de la religión, el cual prometía resultar muy interesante teniendo en cuenta que el autor era nada menos que David Hume.

En este breve ensayo Hume hace un repaso a la evolución de las religiones a lo largo de la historia, afirmando que conforme nos remontamos al pasado, todas las civilizaciones y tribus son politeístas, y que con el progreso del pensamiento humano evolucionan hacia posiciones teístas, resultado de la observación de la perfección de la naturaleza.

Pero un animal bárbaro y plagado de necesidades (como el hombre en los primeros orígenes de la sociedad), presionado por sus numerosos defectos y pasiones, no tiene el ocio suficiente que le permita admirar el aspecto regular de la naturaleza, ni hacer investigaciones sobre la causa de estos objetos a los que se ha acostumbrado gradualmente desde su infancia. Muy al contrario: cuanto más perfecta se le muestra la naturaleza, más se familiariza él con ella, y menos inclinado está a analizarla y examinarla. Un pájaro monstruoso despierta su curiosidad y es por él estimado como un prodigio. Su novedad le alarma, e inmediatamente provoca en él un temblor y una serie de sacrificios y oraciones. Pero un animal completo en todos sus miembros y órganos es para él un espectáculo ordinario y no le produce ninguna opinión o afección religiosa. Preguntadle que de dónde provino ese animal, y os contestará que de la copulación de sus padres. Y éstos ¿de dónde provienen? De la copulación de los suyos. Unos cuantos pasos atrás satisfacen su curiosidad y colocan los objetos a una distancia tal, que los pierde de vista.

[...]

Cuanto más está la vida de un hombre gobernada por los accidentes, más aumenta en éste la superstición; y ello lo observamos en los jugadores y en los hombres de mar, los cuales, siendo los menos capaces de producir serias reflexiones, son al mismo tiempo los que albergan ideas más frívolas y supersticiosas.

En el estudio preliminar, Carlos Mellizo hace hincapié en las dos maneras diferentes en que David Hume entiende la palabra religión: En primer lugar, como actividad cuya misión es «reformar las vidas de los hombres, purificar sus corazones, reforzar toda obligación moral y asegurar la obediencia a las leyes del Magistrado civil». En segundo lugar, como «superstición y fanatismo», como abuso perpetrado por los hombres. Y esto es a lo que más vueltas da el escocés a lo largo de la obra, a separar los verdaderos sentimientos teístas de los rituales y los excesos a los que terminan llevando muchas religiones. Tanto el siguiente fragmento como con el que termino la entrada, hacen referencia a esto.

Tampoco es una respuesta satisfactoria decir que la práctica de la moralidad es más difícil que practicar la superstición. Pues, aun sin mencionar las excesivas penitencias de los brahmanes y monjes budistas, es seguro que el Ramadán de los turcos, período durante el cual los pobres hombres permanecen sin comer y sin beber por muchos días, a menudo en la época más calursa del año y en lugares donde el clima es d elos más álidos del año, es seguro —digo— que este Ramadán es más severo que la práctica de cualquier deber moral, incluso entre los individuos más viciosos y depravados del género humano. Las cuatro cuaresmas de los moscovitas y las austeridades de algunos católicos romanos parecen cosas mucho más desagradbles que la práctica de la humildad y la benevolencia.

También, a lo largo de toda la obra, hace constantes reflexiones sobre las religiones politeístas

Más, al mismo tiempo, la idolatría se ve acompañada de esta evidente ventaja: que, al limitar los poderes y funciones de sus deidades, está admitiendo, de modo natural, que los dioses de otras sectas y de otras naciones poseen también una parte de divinidad; y, de este modo, hace que las diferentes deidades, así como los ritos, ceremonias y tradiciones, sean compatibles entre sí. [...] Los romanos solían adoptar como suyos los dioses de los pueblos que conquistaban; y nunca pusieron en disputa los atributos de las deidades locales y nacionales de los territorios en los que residían.

Que, además, son acompañadas de interesantes anécdotas y curiosidades:

Los caunos, un pueblo del Asia Menor, habiendo decidido no admitir entre ellos a dioses extraños, se reunían regularmente en ciertas épocas del año; y, armados hasta los dientes, atravesaban el aire con sus lanzas y procedían haciendo lo mismo hasta llegar a sus fronteras, para así expulsar de su nación, como ellos decían, a las deidades extranjeras.

[...]

Los lacedemonios, dice Jenofonte, en tiempo de guerra, siempre formulaban sus peticiones muy de mañana, a fin de anticiparse a sus enemigos; y pensaban que, siendo los primeros en recitar sus plegarias, predispondrían a los dioeses en su favor.

[...]

Los tirios, cuando fueron asediados por Alejandro, encadenaron la estatua de Hércules para prevenir que esta deidad desertara y se uniera al enemigo.

Sin embargo, a pesar de su desprecio por el politeísmo más puro, no deja en toda la obra de criticar a quienes, creyendo en un único dios todopoderoso, comparten su adoración con otros seres sobrenaturales como ángeles, duendes, fantasmas o santos, afirmando que quienes creen en ello no dejan de ser, a su manera, politeístas. Del mismo modo, tacha de ignorantes y bárbaros a quienes, a pesar de sentirse monoteístas, y creer en una única Deidad creadora de todo, la reconocen principalmente por las peores situaciones a las que deben enfrentarse, como queda reseñado en el texto con el que he comenzado esta entrada.

En resumen, una lectura muy productiva para cualquiera interesado en la influencia de las religiones en las sociedades humanas, y una dura crítica a rituales, plegarias, fetichismos, idolatría y cualquier otro tipo de superchería que envuelve a cualquier religión y que la separa de su objetivo moralizante.

Los sacrificios humanos de los cartaginenses, mexicanos y otros pueblos bárbaros apenas exceden las persecuciones inquisitoriales de Roma y Madrid. Pues, además de que el derramamiento de sangre peude que no sea en aquéllos tan abundante como en éstas, además de eso, digo, las víctimas humanas para los sacrificios, al ser escogidas por sorteo o por ciertas señales externas, no afectan en gran medida al resto de la sociedad, mientras que son precisamente la virtud, el conocimiento y el amor a la libertad las cualidades que provocan la fatal venganza de los inquisidores; y, cuando esas virtudes son exitrpadas de la socidad, dejan a ésta hundida en vergonzosa ignoranci9a, corrupción y esclavitud. El asesinato ilegal de un hombre a manos de un tirano es más pernicioso que la muerte de mil por causa de la peste, el hambre o alguna otra calamidad que afecte a todos por igual.

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02nd jul 2009

Mujer geográfica

ANTÍFOLO.—¿ Quién es ella?
DROMIO.—Un cuerpo muy venerable: sí, uno del cual un hombre no puede hablar sin decir: “Muy reverendo señor.” Bien flaca suerte me cabría en esta unión, y sin embargo, es un casamiento maravillosamente gordo.
ANTÍFOLO.—¿Qué quieres decir con un casamiento maravillosamente gordo?
DROMIO.—¡Oh! sí, señor; es la moza de cocina, y con más grasa  que piel. Ni se me ocurre lo que podré hacer con ella, a menos que sea hacerla arder como una lámpara para escaparme lejos a favor de su propia claridad. Garantizo que los andrajos con que se viste y el sebo de que están impregnados calentarían el invierno de Polonia: y si viviese hasta el juicio final, podría arder una semana más que el mundo entero.
ANTÍFOLO.—¿ Cuál es el color de su rostro?
DROMIO.—Prieto como el cuero de mis zapatos, pero está lejos de tener la cara como ellos. ¿Por qué? Porque suda de modo que un hombre tendría que calzar zuecos para andar sobre esa mugre.
ANTÍFOLO.—Esa es una falta que el agua puede corregir.
DROMIO.—No, señor, está dentro de la piel: el diluvio de Noé no llegaría a limpiarla.
ANTÍFOLO.—¿Cuál es su nombre?
DROMIO.—Ana, señor; pero su nombre y tres cuartos, quiere decir, una ana y tres cuartos no bastarían para medirla de un cuadril al otro.
ANTÍFOLO.—¿Mide, pues, algún ancho?
DROMIO.—No es más larga de la cabeza a los pies que ancha de un cuadril a otro. Es esférica como un globo; podría marcar los países sobre ella.
ANTÍFOLO.—¿En qué parte de su cuerpo está la Irlanda?
DROMIO.—A fe mía, señor, en las nalgas: lo he reconocido por las aguas cenagosas.
ANTÍFOLO.—¿En dónde la Escocía?
DROMIO.—Lo he reconocido por lo ávida: está en la palma de la mano.
ANTÍFOLO.—¿Y la Francia?
DROMIO.—Sobre la frente, armada y volteada, y en guerra con sus cabellos.
ANTÍFOLO.—¿Y la Inglaterra?
DROMIO.—He buscado las rocas de yeso: pero no he podido reconocer en ellas ninguna blancura; conjeturo que podrá hallarse sobre la barba, según el flujo salobre que corría entre ella y la Francia.
ANTÍFOLO.—¿ Y la España?
DROMIO.—A fe mía que no la he visto; pero la he sentido en el calor de su aliento.
ANTÍFOLO.—¿Dónde están las Américas y las Indias?
DROMIO.—¡ Oh señor, en su nariz; completamente adornada de rubíes, escarbunclos y zafiros, e inclinando su rico aspecto hacia el cálido aliento de la España que envía flotas enteras a cargar lastre en su nariz.
ANTÍFOLO.—¿Dónde estaban la Bélgica y los Países Bajos?
DROMIO.—¡Oh! señor; no he estado a ver tan abajo. Para concluir: esta fregona o bruja ha reclamado sus derechos sobre mí, me  ha llamado Dromio, ha jurado que estaba comprometido con ella, me ha dicho las señales particulares que tenía en el cuerpo, por ejemplo, la mancha que tengo en la espalda, el lunar que hay en mi cuello, la gran berruga que tengo en el brazo izquierdo; de modo que, absorto y confundido, he huido lejos de ella, como de una bruja. Y creo que si mi pecho no hubiese estado tan lleno de fe y mí corazón tan templado como el acero, me habría metamorfoseado en perro rabón o me habría hecho dar vueltas al asador.
ANTÍFOLO.—Véte, márchate en seguida; corre al gran camino: si el viento sopla de cualquier modo de la playa, por poco que sea, no quiero pasar la noche en esta ciudad. Si hay alguna barca lista a darse a la vela, vuelve al mercado donde me estaré paseando hasta que vuelvas. Sí todo el mundo nos conoce, no conociendo nosotros a nadie, paréceme que es tiempo de alistar el equipaje y partir.
DROMIO.—Como huiría un hombre para salvar de las garras de un oso su vida, así huyo yo de esa que pretende ser mi esposa.
ANTÍFOLO.—En este país no habitan sino brujas, y por consiguiente debía ya haberme ido. Mi corazón aborrece la que me llama su marido; pero su encantadora hermana posee gracias maravillosas y soberanas; su aire y sus discursos son tan encantadores, que casi me he hecho traición a mí mismo. Y para no causar yo mí propio daño, taparé mis oídos ante los cantos de la sirena.

Comedia de equivocacionesWilliam Shakespeare

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15th abr 2009

El Blog

Hace dos o tres meses compartía tres nuevos blogs que acababa de descubrir. Uno de ellos, Pasa la vida, me encantó entonces, y me sigue pareciendo impresionante.

Jordi Guzman, el autor, realmente se entrega al blog, escribiendo —como ya dije entonces— al menos tres o cuatro entradas por día; todas increibles. Y para muestra, la semana pasada dejó de escribir un día, puesto que se le había estropeado el portátil el sábado. El lunes posteó explicándolo y avisando de que tenía que instalar todo lo habitual tras un formateo y que esperaba escribir tres horas después. Efectivamente, media hora más tarde de lo previsto aparecía un nuevo artículo. Esto es dedicación, demonios.

Lo que más me maravilla del asunto no es sólo la dedicación, sino el tiempo. Yo me pego todo el santo día leyendo blogs, la Wikipedia y navegando por internet leyendo cosas interesantes, pero rara es la ocasión que encuentro más de una cosa que merezca la pena publicar. Y cuando lo hago suelo perder un rato: no es cuestión de copiar y pegar dos tonterías y enlazarlas con una buena frase. Habitualmente hay que leer en varios sitios, en unos ampliando la información y en otro especificando detalles. Hay que contrastar fuentes en caso de dudas, y es necesario releer cosas ya leídas para recuperar ideas o extraer frases a citar. Ayer mismo releí en diagonal las cincuenta primeras páginas del libro buscando un pasaje que no encontré y algún otro con el que completar el post.

También es que me enrollo más que Javier Marías, y así me salen estos tochos de posts para no decir nada. Supongo que por eso me gustó el libro. Escribía esto para aprovechar a recomendar algunas de las últimas entradas que más me han gustado de Pasa la vida. Un pelín organizadas y reseñadas las que no os podéis perder de ninguna manera:

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