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Sin novedad en el frente

Tras disfrutar recientemente de la brillante película, decidí que tenía que leer el libro en el que estaba fielmente basada, y fue uno de esos grandísimos aciertos del que quedé plenamente satisfecho. No sólo me encantó e impactó, sino que no había leído nada tan desgarrador desde algunas de las más crudas escenas del Ensayo sobre la ceguera de Saramago, así que aquí va mi pequeño y merecido homenaje.

Novela antibelicista sobre un grupo de jóvenes soldados en la Primera Guerra Mundial, publicada por el alemán Erich Maria Remarque en 1929. El autor había sido reclutado para esa contienda a la edad de 18 años, donde muy pronto sufriría heridas por metralla que le harían guardar reposo en un hospital hasta casi el final del conflicto. Después, probó sin éxito muy diversos trabajos antes de lanzarse a la fama como escritor, siendo un vivo ejemplo de la generación que él mismo describió como «destruida por la guerra pese haber sobrevivido a la metralla».

El libro, que condena y refleja con todo detalle los horrores de la guerra, desmitificando el heroísmo y satirizando sobre la implicación en las mismas de los altos mandos y los gobiernos, fue uno de los muchos prohibidos —y quemados, como en los famosos sucesos en la Bebelplatz en 1933— durante el régimen nazi en Alemania por contener valores contrarios a la cultura germana que querían imponer. De su película (Lewis Milestone, 1930), ganadora de un Oscar, la revista Variety dijo que «La Liga de las Naciones no podría hacer mejor inversión que comprar la copia principal, reproducirla en cada idioma y proyectarla en todos los países hasta que la palabra “guerra” sea eliminada de los diccionarios».

El protagonista, que nos narra sus vivencias en primera persona, es Paul Bäumer un joven educado y sensible que es arrastrado a la oficina de alistamiento, junto a sus compañeros del instituto, por los discursos patrioteros del profesor de gimnasia Kantorek. Sin embargo, tras el primer día en el frente, todos esos discursos y el mundo que les habían dibujado, se desmoronaron al enfrentarse a la dura realidad que presenta el campo de batalla.

A partir de aquí destripo el argumento sin compasión; sin embargo, al no tratarse de una increíble trama ni poseer un sorprendente final, sino estar más bien compuesto de una serie de sucesos encadenados, tampoco considero que desvele ninguna información que vaya a destrozar la novela a quién no lo haya leído. De todas maneras, siempre se disfruta más descubriéndolo por nosotros mismos, así que dejo en las manos del posible lector la decisión de continuar leyendo o pasar antes al libro.

La historia comienza in medias res con Paul, ya veterano, y su compañía en retaguardia tras haber sido relevados del frente. Están saciados y disfrutan de doble ración de víveres, sin embargo «no nos estaban destinadas tantas provisiones. Los prusianos no son tan espléndidos. Todo lo debemos a un simple error». Acaban de sobrevivir a una cruenta batalla en la que han perdido a la mitad de los 150 hombres que eran; entre ellos Kemmermich, uno de sus compañeros de clase al que pronto verán morir en el hospital. Estas dos anécdotas marcan la tónica general que seguirá el relato: la crueldad de la guerra, la desidia de los mandos y las continuas muertes de quienes le rodean.

Mediante breves analepsis, además de contar el episodio de Kantorek antes descrito, Paul nos habla de su juventud, su familia y del periodo de instrucción, cuando tuvieron que soportar al terrible Himmelstoss, modesto cartero de profesión que, al verse con uniforme y poder, se convirtió en un auténtico tirano, lo cual da pie a reflexionar sobre la naturaleza de los hombres y cómo casi todos abusan del poder en cuanto se ven en posición de hacerlo; «y cuanto más cagones eran en la vida civil, más ínfulas tienen aquí», sentencia Kat como colofón al debate.

Kat, apócope de Katczinsky, con sus cuarenta años es el líder del grupo de Paul y, pese a la diferencia de edad, se convierte en su mejor amigo, a quién alaba y admira calificando como insustituible; cree «que es zapatero de oficio, pero esto no quiere decir nada; él sabe algo de todos los oficios». Nuestro protagonista le describe como pícaro y desprendido, con las ideas claras sobre la vida y capaz de encontrar cualquier cosa hasta en los lugares más desolados, especialmente comida —en un momento llegan a darse un festín con dos cochinillos— pero también mantas o paja para dormir más cómodos, indicando que tiene un sexto sentido para estas lides.

En más de una ocasión vuelven a las trincheras de primera línea donde sufren interminables bombardeos de la artillería enemiga —constantemente reforzada y mejorada—, e incluso de la suya propia dado el nulo mantenimiento de los cañones alemanes. Tienen que deslizarse en la oscuridad de la noche a arreglar las alambradas destrozadas por el fuego de la artillería, se enfrentan al gas, a embestidas de los soldados aliados —mucho mejor preparados y alimentados— que repelen como pueden, e incluso ellos mismos lanzan algún ataque, más alentados por la posibilidad de saquear las abundantes provisiones de sus enemigos que por el honor y la gloria militar.

En todas esas situaciones el protagonista describe sin reparos toda la brutalidad de la guerra: los novatos que no aciertan a cubrirse al oír el silbido de los obuses cayendo o que se quitan la máscara antigás demasiado pronto y muriendo al quemarse por dentro. Nos cuenta cómo pasan noches enteras escuchando a compañeros agonizando al haber sido alcanzados en el campo, a escasos metros de las trincheras, sin posibilidad de rescatarlos; por el tipo de estertores pueden especular si han sido alcanzados en una cadera, la cara, etc. El propio Paul pasa un día entero en un cráter con un soldado francés al que acaba de apuñalar en medio de una ofensiva y al que tiene que ver consumirse poco a poco frente a él, ante la imposibilidad de escapar por el constante fuego de las ametralladoras. Este tiempo le hace desquiciar al comprender que, sin el uniforme, podría ser su hermano y, por más que se empeñen desde la propaganda del régimen no pueden odiar a alguien que jamás habían visto.

A mitad del relato Paul recibe un permiso para visitar a su familia unos días y el regreso no puede ser más traumático pues se siente totalmente fuera de lugar. El sufrimiento en el frente le ha cargado de escepticismo y no soporta seguir encontrándose con patriotas, como su padre, que idealizan la guerra, esa guerra que le ha cambiado y que ha convertido su pueblo natal en un lugar extraño, al cual siente no pertenecer; añora aquí más a sus compañeros que antes a su familia, pues ha comprendido que son los únicos que pueden entenderle. Si todo el libro desborda nihilismo por doquier, es en estos días cuando aflora en sus pensamientos con todo su esplendor. A sus veinte años no conoce de la vida «más que la desesperación y la muerte, la angustia y el tránsito de una existencia llena de la más estúpida superficialidad a un abismo de dolor».

La segunda ocasión en que se aleja del frente es tras ser herido por metralla junto a su amigo Albert Kropp, con quien compartirá la convalecencia en distintos hospitales en los que trabarán amistad con otros soldados y verán morir a muchos más. Cuando Paul se recupera lo suficiente para levantarse, prefiere cojear fuera de la habitación para no tener que soportar la lastimera mirada de Albert, a quién habían amputado la pierna. En su deambular por el hospital «se da cuenta de en cuántos lugares puede ser herido un hombre» y describe con horror innumerables dolencias: «no puede comprenderse que encima de unos cuerpos tan destrozados se sostengan todavía rostros humanos en los que la vida siga su curso cotidiano. […] Tan sólo el hospital da un auténtico testimonio de lo que es la guerra».

Vuelve a las trincheras, pero cada vez es todo más triste, más descarnado, la guerra está claramente perdida y los hombres mueren disciplinadamente regimiento tras regimiento ante la superioridad numérica y tecnológica de sus enemigos. Casi no quedan veteranos, a lo largo del relato han ido muriendo todos, tanto sus compañeros de clase como los nuevos camaradas que hizo durante la contienda. Los que llegaron a la guerra mayores, con oficio y familia, podrán volver a ello, afianzarse a algo y continuar; los jóvenes, aunque sobrevivan, no podrán adaptarse a la vida civil, la guerra los habrá destrozado y no tendrán nada a lo que agarrarse a la vuelta.

Escribir palabras alternando las manos

Una de las muchas asignaturas pendientes que acarreo hace años es aprender algo de bash scripting, escribir programas de ejecución por lotes en sistemas GNU/Linux (el equivalente a los .bat de MS-DOS pero infinitamente más potentes). Así que últimamente me he animado a probar a hacer cosillas por practicar.

Uno de los comandos más útiles y completos con que cuentan los sistemas tipo unix es grep, un programa que busca en un archivo coincidencias con un patrón dado y las imprime por pantalla. El patrón no tiene por qué ser simplemente una palabra o un fragmento de la misma, la miga está en que también acepta expresiones regulares que, explicado de forma sencilla, son una manera lógica de expresar varias (o infinitas) cadenas de texto de forma reducida utilizando símbolos con ciertos significados. Es un mundo maravilloso una vez lo descubres y empiezas a comprender, así que si tienes interés visita el artículo de la wiki para saber más sobre el tema.

Esta semana estuve pensando cuántas palabras existirían en español que pudiesen escribirse alternando cada letra con una mano, escribiendo de forma correcta desde el punto de vista de la mecanografía. Por ejemplo: tutor, usual, blanco, airoso, soslaya, vividor, palenque, flamenco, ornamento, audiencia, antisocial, tormentoso, antiséptico, suboficial, digitiforme o ditirámbico. La palabra más larga en castellano que conozco es autosuficiencia, de 15 letras.

Hay que prestar especial atención a las palabras con tilde. El acento se escribe con la mano derecha, por lo que sólo son válidas las vocales de la mano izquierda, a y e.

¿Cuál es la expresión regular que nos ayudará a encontrar esto? Llamaremos izq las letras que se escriben con la mano izquierda izq={qwertasdfgzxcvb} y dch a las de la derecha, dch={yuiophjklñbnm}.

Para construir una expresión regular debemos ayudarnos de algunos símbolos con ciertos significados, por ejemplo el dólar $ representa el final de línea. Texto entre corchetes significa que todos los caracteres de su interior son válidos y hay que elegir uno de ellos. Un más (+) detrás de una expresión indica que hay que repetirla una o más veces (incluso infinitas). Por ejemplo, si tenemos [izq]+, las siguientes cadenas están representadas por esa expresión regular. ewt, qwezcvasdaq, dfgr… Hay algunas más como asterisco, interrogante, tubería o los paréntesis agrupan expresiones de forma general como en matemáticas. Si tenéis interés por internet hay cientos de páginas explicando estos detalles en profundidad. Una que me gusta especialmente es Regular-Expressions.

La primera aproximación sería decir:

^(([izq][dch])+|([dch][izq])+)$

Cualquier letra de la izquierda, seguida de otra de la derecha, una o más veces. O viceversa. Al envolverlo entre ^y $ indicamos que queremos que eso se cumpla para la palabra entera. Parece una buena aproximación, pero… ¡Sólo conseguimos palabras con número de letras par!

Para solucionarlo hay que pensar un poco… ¿Cómo se forman los impares? Pues cogiendo un par y añadiendo la unidad; y lo mismo haremos aquí. Tomamos la misma expresión que hemos utilizado antes y el añadimos una letra extra. La dejaremos como opcional utilizando el interrogante (elegir una o ninguna) y así no tenemos que escribir una expresión distinta para pares e impares.

^((([dch][izq])+[dch]?)|(([izq][dch])+[izq]?))$

Por ahora evitaremos los acentos, que complican las cosas. Tal y como está ya podemos empezar a buscar palabras ¿dónde? Pues toda distribución linux trae incorparada de serie un diccionario y se pueden instalar más. Bueno, más que diccionario es un listado de palabras que están en el diccionario, pero sin definiciones ni nada. En mi equipo están en la carpeta /usr/share/dict/ y tengo tres: spanish, british-english, y american-english, que contienen 86016, 98326 y 98569 entradas respectivamente.

Entonces, todo lo que tenemos que teclear en nuestro terminal es…

grep -E ‘^((([yuiophjklñnm][qwertasdfgzxcvb])+[yuiophjklñnm]?)|(([qwertasdfgzxcvb][yuiophjklñnm])+[qwertasdfgzxcvb]?))$’ /usr/share/dict/spanish

¡Pero cuidado! son más de mil palabras lo que escupirá esta expresión. Quizás queramos guardarlas en un archivo para leerlas con detenimiento (si al final de la expresión añades > nombreArchivo se guardarán en un fichero de texto). Otra maravilla que tienen los sistemas unix es la posibilidad de utilizar la salida de un comando como la entrada del siguiente utilizando el símbolo de la tubería (altgr 1) para separar ambos comandos. Así, si simplemente quieres contar cuántas salen, basta añadir al final del comando un simple | wc -l para que te lo indique. wc es un programa para contar palabras, pero con la opción -l cuenta líneas.

Y se pueden encadenar expresiones regulares sin parar. Poniendo al final | egrep ‘^.{5}$’ obtendremos todas las palabras de cinco letras. Y con | egrep ‘^.{10,}$ nos imprimirá solamente aquellas con 10 o más caracteres.

Por supuesto es un coñazo escribir la expresión regular cada vez que se quiera cambiar el conjunto de izquierda y derecha, por lo que he escrito un pequeño script en bash que nos genera la expresión regular y realiza la búsqueda automáticamente. Puedes verlo y descargarlo aquí. Con los dos primeros parámetros se indican ambos conjuntos; el tercer parámetro es opcional, y permite cambiar fácilmente de diccionario para comprobar esto mismo también en otros diccionarios. El cuarto argumento nos permite especificar que sólo se imprima la expresión regular en lugar de realizar la búsqueda. Si no se especifican al menos los dos primeros parámetros lanzará un mensaje explicando cómo ejecutarlo.

El tema de las tildes simplemente hace un poco más larga la expresión, pero se sigue basando en el mismo sistema. Habrá que tener en cuenta que el acento sólo puede ir después de una pulsación con la izquierda, y a continuación tendrá que ir una con la mano derecha. Y lo más importante: que no tiene por qué ocurrir siempre, por lo que ha de ser un parámetro opcional (usaremos el interrogante). Para facilitar la lectura la divido en dos lineas equivalentes, sólo que cada una representa un orden distinto. A lo mejor existe otra expresión regular más sencilla que lo simplifique, pero no se me ocurre.
‘^(([izq][áé]?)|(([izq][áé]?[dch])+|([izq][áé]?([dch][izq][áé]?)+))
|(([áé]?[dch])|([áé]?[dch][izq])+|([áé]?[dch]([izq][áé]?[dch])+)))$’

Al igual que antes, he escrito un script para que lo genere automáticamente y facilitar las pruebas con distintos conjuntos ver y descargar el script aquí. En este no preconfiguro diccionarios (los ingleses no tienen tildes después de todo), pero también puede cambiarse fácilmente a otro. Ejecutando el archivo sin suficientes parámetros mostrará la ayuda explicando esos detalles.

En el diccionario que tengo en mi equipo, que cuenta con 86 016 palabras, encuentro 1109, en la que la más larga es quelenquelen. Un amigo ha hecho pruebas con otro diccionario con algunas entradas más y obtiene 1307 (puedes ver la conversación aquí). He fusionado ambos archivos eliminando las repetidas y obtengo 1463 palabras que dejo aquí colgadas.

Una de las motivaciones que me han llevado a buscar esto era saber si se podría componer un texto que se pueda escribir alternando las manos ¿Alguien se atreve a escribir un texto utilizando únicamente este tipo de palabras?.

Nexos y palabras cortas que pueden ser útiles:

a, al, dos, e, el, él, en, ha, he, la, le, me, o, os, pro, que, se, si, su, sus, todo, tu, tus, u, vos, y, ya

Al estar la R, E y A en el mismo lado no aparecen verbos terminados en AR y ER, por lo que también he cogido palabras que cumplan la condición anterior, pero con esa terminación. No todas serán verbos, pero sí la mayoría. Este diccionario no tiene conjugaciones verbales, así que esto es una posible ayuda a todo aquel que se quiera atrever a escribir un texto, para facilitarle la búsqueda de las palabras apropiadas. Puedes consultar esta nueva lista aquí.

Valor histórico

La novela El hombre en el Castillo de Phillik K. Dick presenta un futuro en el que El Eje ganó la Segunda Guera Mundial y los Estados Unidos de América fueron invadidos por los japoneses, los cuales en la actualidad son unos ávidos coleccionistas de cualquier producto popular de los tiempos anteriores a la guerra. Desde chapas de botellas, o relojes de Mickey Mouse, a auténticos revólveres Colt de mediados/finales de XIX.

El siguiente texto no necesita más presentación ni que añada nada más, pero un gran acompañante del mismo sería la reflexión La impostura de la autoría publicada la semana pasada en Cooking Ideas y de la que recomiendo encarecidamente su lectura. Ahora, os dejo con Dick:

—Bueno, te explicaré —dijo Wyndam-Matson—. Todo este condenado asunto de la historicidad es un disparate. Estos japoneses no se dan cuenta. Te lo probaré. —Se incorporó, corrió al estudio, y volvió enseguida con dos encendedores que dejó en la mesita de café—. Míralos bien. Parecen iguales, ¿no es cierto? Bueno, uno es histórico, el otro no. —Sonrió mostrando los dientes—. Tómalos. Adelante. Uno vale… cuarenta o cincuenta mil dólares en el mercado de coleccionistas.
La muchacha tomó lentamente los dos encendedores y los examinó.
—¿No la sientes? —bromeó Wyndam-Matson—. ¿La historicidad?
—¿Qué es eso?
—Valor histórico. Uno de esos encendedores estaba en el bolsillo de Franklin D. Roosevelt el día que lo asesinaron. El otro no. Uno tiene historicidad, mucha. El otro nada. ¿Puedes sentirla? —Wyndam-Matson tocó ligeramente con el codo a la muchacha—. No, no puedes. No sabes cuál es cuál. No hay ahí “plasma místico”, no hay “aura”.
La muchacha miraba los encendedores con una expresión de temor reverente.
—¿Es realmente cierto? ¿Que tenía uno de éstos en el bolsillo aquel día?
—Exactamente. Y puedo decirte cuál de los dos. Te das cuenta. Los coleccionistas se estafan a sí mismos. El revólver que un soldado disparó en una batalla famosa, como la de Meuse-Argonne, por ejemplo, es igual al revólver que no fue empleado en esa batalla, salvo que tú lo sepas. Está aquí. —Wyndam-Matson se tocó la frente—. En la cabeza, no en el revólver. Yo fui coleccionista un tiempo. En realidad ese fue el camino que me trajo a este negocio. Coleccionaba estampillas. De las colonias inglesas.
La muchacha estaba ahora de pie junto a la ventana mirando las luces del centro de San Francisco.
—Mis padres decían que si él hubiese vivido no hubiéramos perdido la guerra —murmuró.
—Muy bien —continuó Wyndam-Matson—. Supongamos ahora que el gobierno canadiense o cualquiera encontrara las planchas con que se imprimieron unos sellos de correo. Y la tinta. Y una provisión de…
—No creo que uno de éstos haya pertenecido a Franklin Roosevelt —dijo la muchacha.
Wyndam-Matson rió entre dientes:
—De eso se trata. Tengo que probártelo con algún documento. Un certificado de autenticidad. Y de este modo todo es una estafa, una ilusión colectiva. ¡El valor histórico está en el certificado, no en él objeto mismo!
—Muéstrame el certificado.
—Enseguida.
Incorporándose, Wyndam-Matson fue al estudio y descolgó de la pared el certificado enmarcado del Instituto Smithsoniano. El certificado y el encendedor le habían costado una fortuna, pero valían la pena, pues le permitían probar que tenía razón que la palabra “falsificado” no significaba nada realmente, pues la palabra “genuino” tampoco tenía sentido.
—Un
Colt .44 es un Colt .44 —le dijo a la muchacha mientras volvía a la sala—. Es una cuestión de calibre y forma, no de fecha de fabricación. Es una cuestión de…
La muchacha extendió la mano. Wyndam-Matson le dio el documento.
—De modo que es auténtico —dijo la muchacha al fin.
—Sí, éste. —Wyndam-Matson alzó el encendedor que tenía una larga raya en un costado.

El hombre en el CastilloPhillik K. Dick

La Navidad según Hesse

«La Navidad es una suma, un almacén de regalos de todos los sentimentalismos y mendacidades burgueses. Es un motivo de desenfrenadas orgías para la industria y el comercio, el artículo más sensacional de los almacenes, huele a hojalata lacada, a ramas de abeto y a gramófonos, a agotados carteros y chicos de reparto que murmuran por lo bajo, a alborotadas fiestas familiares bajo el árbol engalanado, a suplementos de los periódicos y a una gran publicidad; en resumen, a mil cosas que me resultan extremadamente odiosas y que me serían indiferentes y ridículas si no hicieran un uso tan lamentable del nombre del Salvador y del recuerdo de nuestros años más tiernos.»

Hermann Hesse (1927))

Hay cosas en las que no cambiamos en mucho tiempo. Después de 80 años la crítica al consumismo y los grandes almacenes durante la Navidad sigue siendo la misma que se hace hoy en día.

YHWH

El hebreo es un idioma que cuenta con una antigüedad de más de 30 siglos. En realidad el hebreo antiguo es completamente diferente del moderno (una relación parecida al latín con las lenguas romances, pero guardando más similitudes), de modo que la palabra técnica que define al hebreo es macrolengua.

En el hebreo antiguo escrito sólo se representaban las consonantes y para leerlo había que saber qué vocales debían intercalarse entre cada consonante en función de unas complicadas reglas o por el contexto. Así, cuando tuvieron que escribir el nombre de Dios, escribieron YHWH (יהוה). Esto se especula que viene de la respuesta de la zarza ardiendo a Moises «Yo soy el que soy y seré», o alguna otra construcción similar. Éste era el verdadero nombre de Dios en hebreo.

Se da el caso de que en algún momento de la historia temprana del pueblo judío se decidió no pronunciar nunca el nombre de Dios. En principio pudo ser una forma de mantenerlo oculto a los paganos, para evitar que lo pronunciasen en vano o blasfemasen, pero terminó por convertirse en una costumbre y una norma para toda la comunidad judía de entonces y ahora. Así, cuando leían las escrituras sagradas y llegaban a YHWH guardaban silencio o utilizaban distintas construcciones para referenciarlo. La preferida era Adonai (mi señor) pero también utilizaban diferentes palabras derivadas de El o Il. Éste era el dios principal de los cananeos, la cultura politeísta de la que los hebreos eran sólo uno de los pueblos que habitaban la región. Los hebreos lucharon contra el resto de tribus pretendiendo acabar con sus panteones politeístas e imponer el monoteísmo de su único dios, de ahí que Israel signifique El que lucha contra Dios (El). Esta historia también resulta muy interesante, pero no es por lo que estoy escribiendo este post y podéis seguir los enlaces.

Como iba diciendo, cuando leyendo un texto se llegaba a YHWH, generalmente se decía Adonai, y pasaron los años y los siglos y nadie volvió a pronunciar a lo que correspondían esas cuatro consonantes (denominadas también tetragramatón). Realmente el Sumo Sacerdote del Templo de Jerusalen sí podía pronunciarlo durante los rituales, pero fue destruido (y reconstruido y vuelto a destruir) y desapareció el cargo. Otros de los términos utilizados eran Hashem (el nombre) y Elohim, una especie de plural mayestático de El (dios).

Los primeros libros escritos de la Biblia se estima que fueron escritos 700 al 900 antes de Cristo. Fue hacia el siglo séptimo D.C. cuando los escribas —los que se ocupaban de las escrituras sagradas eran los masoretas— comenzaron a modificar sus textos incluyendo vocales en la forma escrita del hebreo. Esto también me parece muy interesante, porque en este idioma las vocales se indican mediante puntos —denominados niqud— encima, en, y debajo de las consonantes. Visto desde esta perspectiva histórica en la que el idioma empezó escribiéndose sólo con consonantes, resulta lógico que las vocales se representaran de esta forma: así pudieron simplemente “vocalizar” todos los textos que poseían y no reescribirlos desde cero. Esta característica tuvo que suponer una gran ayuda para que instaurar el nuevo sistema con vocales.

Una idea fabulosa para facilitar el aprendizaje de la lectura y que pudieron ejecutar sin problemas, hasta que les tocó puntear HYWH: después de más de 1000 años sin pronunciarlo, ya nadie sabía qué quería decir exactamente. Tampoco fue un problema muy grave porque seguía estando prohíbido decir el verdadero nombre de Dios, así que puntearon las vocales correspondientes a los términos con los que solía reemplazarse.

En la actualidad, al existir diversas corrientes dentro del judaísmo, hay quién no ve tan problemático no pronunciar el sagrado nombre del señor, mientras que los más ortodoxos continúan considerándolo una blasfemia. Sin embargo, no deberían tener porqué preocuparse ya que hace mucho tiempo que este significado se perdió, por lo que es imposible saber exactamente cómo debe leerse YHWH ni cómo se presentó Dios a Moisés. También les interesó en su día conocer la pronunciación a los no judíos que debían mencionar a dios —cristianos y musulmanes utilizan parte de los libros sagrados del judaísmo—.

Como dije antes, cuando se incluyeron vocales en el hebreo, YHWH se punteó con las correspondientes a las palabras sustitutas que solían pronunciarse. La principal de éstas era Adonai, la cual por motivos fonéticos y normas ortográficas transformó su primera A por E, quedando escrito YeHoWaH, de donde pasó al español como Jehová. Observando cómo se ha formado esta palabra, resulta claro que es una forma totalmente incorrecta de nombrar a Dios.

Actualmente los eruditos consideran que la forma más correcta de como debería sonar el nombre de dios es YaHWéH. Se basan entre otros motivos en la palabra aleluya (existente en muchos idiomas) procedente del hebreo hallĕlū yăh, «alabad a Yah». Yah fue una forma abreviada de nombrar a Dios. También se especula la relación con el verbo hebreo hawáh (llegar a ser), significando “El que causa que todo llegue a ser“.

Pese a todo, la única forma de nombrar a Dios que acepta la RAE es Jehová, no apareciendo ningún término por ahora para Yahveh (¿Yahvé?). Aunque el origen de Jehová sea erróneo, en castellano representa claramente la idea que la palabra quiere transmitir, por lo que se acepta su uso.

Además de muy interesante por los muchos temas que incluye esta historia (y que dejo al lector que le interese perderse en ellos como hice yo) me ha parecido francamente divertido que para proteger el verdadero nombre de Dios de otras tribus, sus propios adoradores hayan perdido cuál es éste. Es como olvidar la verdadera esencia y naturaleza de Dios.

Practicamente todo lo escrito en este artículo lo he aprendido en el término Yahveh de la wikipedia española. Sin embargo, es un auténtico desmadre, repitiendo en distintos apartados los mismos datos. La idea de este post era contar brevemente por qué actualmente se desconoce el significado de YHWH, pero para variar ha salido un pequeño tocho. Aún así, espero que sea más digerible que la entrada de la Wikipedia. También debo decir que si te ha interesado el tema debes leerlo, pues lo mio es un resumen muy general y se mencionan muchas más cosas allí. Llegué a todo esto a base de seguir enlaces en el último post de La Pizarra de Yuri.

También he consultado los artículos equivalentes en la Wikipedia inglesa, siempre más completa. Yahweh, Jehovah, Names of God in Judaism, Tetragrammaton. También he encontrado una breve página web dedicada al nombre de Dios.

Stanislaw Lem: Ciberíada y Solaris

Hasta hace un mes todo lo que sabía es que Stanislaw Lem era un autor clásico de ciencia-ficción, y que su novela Solaris una de las obras más famosas del género. Pero todavía no había leído nada.

Gracias a la Wikipedia he descubierto un detalle en el que no había caído hasta ahora: la grandísima mayoría de escritores de ciencia ficción son de habla inglesa. Stanislaw Lem, polaco, es uno de los pocos que ha conseguido la fama utilizando otro idioma.

Hace varios años compré (bueno, mi padre a petición mía) en el Círculo de Lectores una minicolección de tres libros clásicos de ciencia ficción. ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, RUR Robots Universales Rossum, y Ciberíada. El primero no necesita presentación; el segundo ostenta el honor de ser el primer escrito en el que se utilizó el término Robot; y el tercero es el libro de Stanislaw Lem que leí hace un par de semanas.

Ciberíada es una sucesión de relatos cortos que narra las aventuras de Trurl y Claupacio, dos constructores especialistas en inventar cualquier tipo de artilugio que requieran las circunstancias, moldeando la materia a su gusto hasta el nivel atómico. Aquí tenéis el PDF.

Es un libro escrito con mucho humor por todas partes, provocado tanto por situaciones inverosímiles como por el abuso de terminología matemática y física sacada totalmente de contexto. En ese aspecto me ha recordado muchísimo a la forma de escribir de Terry Pratchett, del que ha tenido que ser una clara influencia. No vais a encontrar el humor constante y de carcajada limpia de Pratchett, pero si os ha gustado Mundodisco este libro no os puede defraudar.

Como ejemplo de verborrea matemática fuera de contexto, copio un fragmento en el que estudian cómo fabricar una máquina perfecta para que el rey Cruelio se divierta dándole caza (es un hábil cazador, por lo que les exige que se esfuercen al máximo e intenten hacer algo capaz de matarle a él mismo)

El rey galopaba sobre todos sus coeficientes de crueldad, se extraviaba en el bosque de signos séxtuples, volvía sobre su sus propias huellas, atacaba al monstruo hasta los últimos sudores y últimas factoriales; éste entonces se desintegró en cien polinomios, perdió una equis y dos ipsilones, se metió bajo la raya de un quebrado, se desdobló, agitó sus raíces cuadradas y ¡fue a dar contra el costado de la real persona matematizada! Se tambaleó toda la ecuación de tan certero que fue el golpe. Pero Cruelio se rodeó de un blindaje no lineal, alcanzó un punto en el infinito, volvió en el acto y ¡zas, al monstruo en la cabeza a través de todos los paréntesis! Tanto le arreó que le desprendió un logaritmo por delante y una potencia por detrás. El otro encogió los tentáculos con tanta covariante que los lápices volaban como locos, y ¡vuelta a darle con una transformación por el lomo, y otra vez y otra! El rey, simplificado, tembló del numerador a todos los denominadores, cayó y no se movió más.

Otra parte muy graciosa es cuando hablan sobre el estudio de los dragones. Todos estaban de acuerdo en que hay una probabilidad ridícula de que existan los dragones —por lo que no pueden estudiarlos—, de modo que Trurl y Caplaucio construyen una máquina que genere improbabilidades altísimas, tan improbables como para que aparezcan dragones en ese punto. Muchos años más tarde, Douglas Adams utilizaría un motor de improbabilidad infinita para desplazar la nave de su novela La Guía del Autoestopista Galáctico.

Además del humor, Ciberíada tiene su parte filosófica y de reflexión, como toda novela de ciencia ficción que se precie. Así, en un momento dado Trurl fabrica un mundo con sus habitantes en miniatura dentro de una bola de cristal, para que un rey desterrado pueda tener su reino y subditos. Cuando le cuenta su hazaña a Caplaucio, éste le recrimina haber “regalado” seres conscientes con sus sentimientos a un rey psicópata; terminando en un debate sobre la inexistente diferencia entre crear un ser consciente o haber evolucionado hasta él.

Otro punto interesante es cuando debaten qué fue antes, si el hombre o el robot, ya que a fin de cuentas son entidades inteligentes y conscientes y que lo importante es lo que son capaces de hacer, y no si a nivel profundo funcionan de manera orgánica o electrónica. O también cuando encuentran a la civilización más avanzada del universo, y están simplemente tumbados en el suelo sin hacer nada de su vida.

Tras terminar Ciberíada, y buscando otro libro por casa, encontré por casualidad Solaris, que ni sabía que lo teníamos, así que no dude en dejar de buscar y quedarme con éste.

Solaris es una novela que me ha fascinado desde el primer momento de empezar a leerla. No quiero dar ningún detalle que estropee la trama y la sucesión de acontecimientos que van teniendo lugar porque me parece que está magistralmente desarrollada.

Solaris es el nombre de un extraño planeta acuático que se mantiene en una órbita estable que viola todos los principios físicos conocidos por el hombre. La acción transcurre dentro de una base científica a la que el protagonista acude al principio del libro para colaborar en las investigaciones sobre el planeta, y no diré más. He leído por ahí un par de resúmenes y me ha indignado la cantidad de detalles que revelan alegremente, pero que Lem te va soltando con cuentagotas, siempre en el momento indicado.

Es Solaris una novela hipnótica y onírica, fascinante y aterradora. De prosa sencilla, que no simple, la complejidad de lo narrado por Lem deja el poso que sólo las grandes obras de arte dejan en la conciencia y el ánimo. Al terminar de leerla la inquietud de lo leído permanece en los recovecos del alma, recordándonos que el Universo, a fin de cuentas, pemanecerá siempre misterioso, y que la naturaleza, en su pasiva existencia, es tanto más aterradora en tanto en cuanto no se la puede vencer, en tanto en cuanto su inexorabilidad nos pone ante los ojos el espejo de nuestra propia insignificancia en el cosmos.

La novela empieza ya transmitiendo una sensación de claustrofobia que no abandonara el relato. El protagonista, Kelvin, entra en la cápsula que lo conducirá hasta el planeta Solaris, una cápsula pequeñísima y asfixiante. Lem establece ya el tono onírico que predominará en la novela, y que no hará otra cosa que aumentar a medida que progresa el relato.

Descripción sacada de Sitio de Ciencia Ficción. No recomiendo que entres si no has leído el libro, porque antes de esta crítica hay un resumen del libro.

Me ha encantado el ritmo de la novela, el dilema que planeta, la historia en sí. Un claro ejemplo de que los clásicos son clásicos por algo.

La carretera

Hace un par de semanas terminé de leer La Carretera, de Cormac McCarthy. Es un libro que alguien (no recuerdo quién) me recomendó hace varios años, pero todo lo que me avanzó sobre el argumento fue que trataba de un padre y un hijo caminando por una carretera. Nada más. Sonaba aburrido así que jamás me apeteció leerlo, hasta que recientemente vi el trailer de la película con Viggo Mortensen y me llamó mucho la atención. Estaba yo pensando en ello cuando un amigo, esa misma semana, me dijo: “Fíjate, casualidades de la vida, que justo me he terminado un libro esta tarde, he encendido la tele ¡y anunciaban una película basada en ese libro!“. Casualidades de la vida, pensé yo. Y le dije “¿La Carretera, no? Casualidades de la vida, yo también estaba pensando en ese libro“. Así que tras su recomendación no dudé en leerlo cuanto antes, para animarme a ver la película si me gustaba el libro.

La Carretera narra un relato desgarrador. Transcurre en un mundo desolado, no sé sabe cuánto tiempo atrás ni como, una Tierra reducida a cenizas con la inmensa mayoría de la población muerta. En comparación, Mad Max sería un paraíso despoblado y Waterworld el mundo colorido e iluminado totalmente contrario.

Empieza a medias, con un padre despertándose en mitad de la fría noche y comprobando que su hijo todavía sigue a su lado, vivo, respirando. El lector no tiene la certeza de qué está ocurriendo ni por qué, pero en seguida se ve atrapado por la continua lucha por la supervivencia a la que padre e hijo se ven sometidos en un mundo tan hostil.

No sólo todo está quemado y cualquier atisbo de civilización destruído, es que hace años de eso y no parece que las cosas vayan a mejorar. El mundo está cubierto constantemente por una capa de nubes y polvo que sólo permite adivinar la posición del Sol durante el día, y que provoca las noches más oscuras que haya conocido la Humanidad.

Y si resultase difícil sobrevivir en un entorno así, las pocas personas supervivientes han tenido que deshumanizarse y sacar sus instintos más básicos y feroces en la lucha por la supervivencia. Es un retrato del hombre en su estado más indefenso y salvaje que me ha recordado mucho al Ensayo sobre la Ceguera de José Saramago. En ambos relatos he encontrado el mismo tipo de escenas brutales, no aptas para las mentes más sensibles, que permiten reflexionar sobre lo frágil que es la mentira de la sociedad en la que vivimos, y hasta dónde puede llegar el ser humano para sobrevivir, cuánto puede dejar de ser humano.

El padre, junto al hijo —puede intuirse que tendrá en torno a los diez años, pero tampoco se sabe— están emprendiendo un peregrinaje hacia el sur, hacia la costa, para encontrar climas más suaves y cálidos, pues cada invierno es más crudo que el anterior. También buscan el mar, que históricamente tantos recursos ha otorgado al hombre, esperando que todavía quede algún atisbo de vida y pueda seguir siendo utilizado como fuente de alimentos. Lo hacen caminando a través de carreteras, último vestigio de un mundo perdido del que hasta los recuerdos empiezan a borrarse.

No quiero adelantar nada más de la historia. Es un libro corto, que se lee rápido porque no puedes dejar de seguir el ajetreado viaje del padre y el hijo. Un padre y un hijo anónimos, por una carretera que podría estar en cualquier país actual. Está escrito con un lenguaje premeditadamente frío y parco. Incluso las conversaciones son casi vacías y escasas. Querrían hablarse, pero no hay mucho que contar sobre el infierno en el que viven. El final no me convenció mucho, y al momento de terminar el libro tampoco me pareció algo increible; pero cada día que ha pasado desde entonces me ha cautivado más. Si entonces lo dejé como una simple buena lectura, hoy lo recomendaría.

La película no terminó de convencerme. Pese a ser mucho más fiel al libro que la mayoría de adaptaciones cinematográficas que podemos ver, le faltaba algo. Los actores lo hacían bien, y la escenografía estaba lograda, pero no transmite todos los detalles que transmitía el libro. Pese a ser breve y en un ambiente más o menos definido, es una historia difícil de llevar a la gran pantalla.

La angustia, la soledad, la desesperación y la lucha por la supervivencia que lees en cada página del libro no terminé de verlos bien plasmados en el cine. El padre constantemente palpando el pecho de su hijo para comprobar si sigue vivo cuando despierta en mitad de la noche; la preocupación obsesiva por cubrirse con plásticos y no mojarse (en un ambiente tan frío supondría una muerte segura); noches y noches durmiendo al raso, apretados para guardar el calor… pequeños detalles, en suma, que provocan que el lector comprenda mejor la situación de los personajes, y la viva como suya, pero que no se consiguen transmitirlos al espectador.

¿Toda creencia verdadera justificada es conocimiento?

Es lo que plantea el Problema de Gettier, que en realidad son una serie de problemas mentales en los que el filósofo estadounidense Edmund Gettier argumenta que una creencia verdadera justificada no es necesariamente conocimiento.

Para afirmar que una persona conoce algo, ese algo ha de ser verdad. Además, la persona ha de creer que ese algo es verdad. Y no sólo eso, sino que tiene que haber una evidencia que justifique ese algo.

Por ejemplo, cuando digo que sé que el cielo está nublado es porque está nublado, creo que lo está, y tengo la evidencia de que es así. Hasta hace relativamente poco tiempo era aceptado generalmente que éstas eran las condiciones necesarias y suficientes para tener conocimiento.

Sin embargo, llegó el señor Gettier en los años 60 ideó unos contraejemplos para argumentar que esto no es así. Con el paso del tiempo, más gente ha creado otros experimentos mentales del mismo tipo que los originales Problemas de Gettier. De los dos siguientes problemas que copio para ilustrar esta idea, sólo el primero es del propio Gettier.

El trabajo de Smith

Smith ha pedido un trabajo pero tiene la creencia justificada de que «Jones conseguirá el trabajo». También tiene la creencia justificada de que «Jones tiene 10 monedas en su monedero». Por lo tanto, Smith concluye (justificadamente, por la regla de transitividad de la identidad) que «el hombre que consiga el trabajo tiene diez monedas en su monedero».

Al final Jones no consigue el trabajo, sino que se lo dan a Smith. Sin embargo, Smith descubre al abrir su monedero que tiene 10 monedas en él. Así que su creencia de que «el hombre que consiga el trabajo tiene diez monedas en su monedero» estaba justificada y es verdadera. Pero no parece que sea conocimiento.

La oveja en el campo

Roderick M. Chisholm propuso el siguiente contraejemplo: Un observador ve en la lejanía lo que le parece exactamente una oveja. Así que cree que hay una oveja en el campo. Sin embargo, resulta que era un perro que el pastor había camuflado para hacerlo pasar por oveja. Pese a todo, tras una cerca se encontraba una oveja. De forma que su creencia estaba justificada y era cierta.

No pretendo criticar estos problemas, sino dar una opinión sobre lo que en ellos ocurre. En casi todos estos ejemplos, yo destacaría dos hechos separados y fundamentales por los que los protagonistas no realizan la argumentación correcta: uno hace referencia al holismo confirmacional y el otro a la crítica a la causalidad de Hume.

Tras la lectura de la Historia Natural de la Religión, y para escribir el post, estuve leyendo algo sobre el pensamiento de David Hume, y descubrí que hizo una brillante crítica a la causalidad en la que ya había pensado yo mismo alguna vez, pero no de forma tan radical como la planteó Hume. Básicamente dice que sólo podemos afirmar que tras la causa A siempre ha sucedido el efecto B, pero no hay nada que nos permita inferir que A produce B.

Tal y como lo veo, y como se reseña en las propias reflexiones del artículo de la Wikipedia, se eligen unas causas erróneas para los efectos que se están prediciendo. Así, en el primer ejemplo que he copiado, y también en el del pirómano (que también es un problema muy explicativo), se cae en esto.

[…] los factores que hacen que la creencia sea verdad no han causado que crea en ella. En base a esta consideración, esta propuesta requiere que la creencia en p tenga una relación causal apropiada con p. De acuerdo con este añadido los contraejemplos de Gettier no serían conocimiento, pues las relaciones causales entre las creencias y los hechos son extrañas.

Sin embargo, y ateniéndonos a la tesis de Hume, no habría forma de discernir entre las causas apropiadas y las extrañas, debido a que realmente no podemos asegurar con total certeza que ningún hecho sea la causa del efecto que vemos a continuación.

La otra idea a la que me refería antes era al holismo confirmacional, que según la propia definición de la Wikipedia:

El holismo confirmacional, también llamado holismo epistemológico, sostiene que una teoría científica concreta no puede ser demostrada de forma aislada; la demostración de una teoría siempre depende de otras teorías e hipótesis.

Y no sólo de las teorías necesarias, sino también del lugar de experimentación. De este modo, en el problema de las ovejas, puede decirse que el observador debería haber analizado todo el campo y comprobar que lo que realmente había visto pudo ser un perro disfrazado de oveja.

Con respecto al primer problema, Smith debería haber analizado todas las causas por las que el trabajo no se le concede a Jones y sí a él, y no reducirse sólo a deducir cosas de las monedas que llevan en sus respectivos bolsillos.

Como se apunta en el artículo sobre el holismo confirmacional, para dar validez a la ley de gravitación de Newton estudiando el movimiento de los astros, primero hay que demostrar que el telescopio con el que se mira funciona correctamente, y comprender el funcionamiento de la luz al atravesar el espacio y la atmósfera terrestre.

Esta entrada me ha servido para compartir tres ideas muy interesantes que he tenido ocasión de leer entre ayer y hoy. En mi opinión, estos tres conceptos (holismo confirmacional, problemas de Gettier y crítica a la causalidad) llevados al extremo terminarían convirtiendose en una forma de escepticismo, pero que en su justa medida son fundamentales para comprender los límites y forma correcta de actuar que debería seguir el método científico.