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Ideas para un autómata celular basado en genes

A raíz de un buzz que publiqué sobre El Juego de la Vida, un colega hizo que me entrara el gusanillo de programar mi propio autómata celular. Lo más difícil de hacer algo así no es la propia programación, sino desarrollar un buen modelo que sea consistente y que pueda dar lugar a cosas interesantes. En los momentos de aburrimiento de alguna asignatura, esta semana he ido dando un poco de forma a este mundo que me gustaría crear.

A diferencia del de Conway, estos autómatas se podrán desplazar. El escenario, en un principio, sería una cuadrícula normal y corriente, en la que cada celda está conectada con sus ocho vecinas, lo cual quiere decir que una célula podría desplazarse como el rey en una partida de ajedrez.

Las acciones se sucederán por turnos, al final de los cuales cada célula tiene que satisfacer un mínimo de energía, por lo que su objetivo es desplazarse por el mapa en busca de comida (que aparecerá al azar al inicio de cada turno). Podrán ir almacenando los excedentes por si en algún momento no encuentra comida, y porque además de ese mínimo, si adquiere un determinado nivel de “reservas”, podrá dividirse por mitosis en dos células iguales. En el momento de la división celular existirá un factor aleatorio de “malformaciones” que permitirá la variabilidad genética. Cada célula vivirá durante un número determinado de turnos, transcurridos los cuales morirá si no se ha reproducido.

Para localizar la comida utilizarán dos tipos de “sensores” a los que he llamado visión y olfato. La visión sólo funciona en la dirección hacia la que está mirando la célula, mientras que el olfato es omnidireccional. En la imagen superior, los puntos negros representan células, y línea blanca es la dirección en la que miran. A pesar de los colores, dudo que implemente una disminución en la calidad de la visión con la distancia, pero sí habrá algo como diferentes niveles permitiendo más alcance.

Otro de los genes determinará la velocidad, representando la cantidad de cuadrados que se puede desplazar en un tiempo dado. Sólo existirá el movimiento hacia delante (siendo delante cualquiera de los tres cuadrados adyacentes en su campo de visión) y el giro para mirar en otra dirección. Cada turno se dividirá en fases, probablemente cuatro, durante las cuales se sucederán las distintas acciones de las células. Si ven/huelen comida, se dirigirán a ella; en caso contrario girarán o se moverán aleatoriamente hasta encontrar algo. Para comer, basta con estar situados en la misma celda de la comida al finalizar cada fase.

En principio en cada fase la célula deberá decidir si moverse, girar, o quedarse a comer. Quizás en un futuro se podría implementar un sistema por puntos de movimiento en el que cada una de las acciones consuma distinto número y se puedan combinar. Al inicio de cada turno se descontará de la reserva la cantidad de comida que requiera la célula; si al final del turno la reserva es negativa, la célula morirá. Si es superior al umbral de reproducción, se dividirá. No hay problemas en que dos o más células se sitúen en la misma celda, pero si todas quieren comer, se dividiría el total equitativamente.

El juego básico de genes que he pensado son: visión, olfato, vida y velocidad, los cuales he explicado ya. Tengo alguno más en mente, que debería desarrollar más, como por ejemplo: reserva, capacidad de almacenar más recursos; hijos, pudiendo dividirse en más de dos células; ataque, quitando vida y evitando que una célula en la misma celda pueda se quede a comer.

Finalmente, cada tipo de genes tendrá varias versiones, siendo unos recesivos y otros dominantes. Esto implicará que las células tengan dos juegos distintos de genes, y sólo se hará efectivo uno de cada par. Aunque así se puedan complicar las cosas, esto permitirá que en los hijos de una célula determinada puedan reaparecer ciertas atributos  ocuridas en generaciones anteriores. Además, abre la puerta a una posible implementación futura en la que la reproducción se realice entre dos pares de células.

Los diferentes niveles de mejoría que proporcione cada gen, tendrán la contrapartida de que provocarán que la célula sufra un mayor consumo energético.

¿Alguna sugerencia, crítica o recomendación de mis lectores? Estoy abierto a cualquier idea puesto que para mí es todo un mundo que explorar.

Cerebro mal conectado: doble conciencia

En 1978, los neuropsiquiatras E. Bisiach y C. Luzzatti pidieron a dos pacientes con graves lesiones cerebrales que imaginaran estar sentados en un extremo concreto de la Piazza del Duomo (algo que cualquier milanés conoce como la palma de su mano) y que describieran lo que veían con su imaginación desde esa posición.

Los dos pacientes hicieron una descripción muy correcta de los edificios y las estatuas del lugar, pero sólo los que estaban en la mitad derecha de la plaza desde su punto de vista. Ninguno de los dos advirtió de sí mismo que había olvidado la otra mitad de la plaza. Ambos estaban convencidos que la recordaban de forma muy exacta. ¿Les había borrado la lesión la parte izquierda de la Piazza del Duomo?

A continuación les pidieron que hicieran exactamente lo mismo, pero con la diferencia que estaban en el punto de vista opuesto de la plaza respecto del que se les había pedido al principio. Los pacientes describieron a la perfección todas las estatuas y edificios de la parte que antes parecía haber sido eliminada.

Sigue leyendo el resto de estas apasionantes investigaciones que terminan reflexionando sobre la conciencia y analizando su funcionamiento y tiempo de acción. Por supuesto, en Historias de la Ciencia.

El origen de los gnomos

Artículo de la Wikipedia sobre la seta venenosa/alucinógena Amanita Muscaria:

Es la seta que aparece habitualmente, dibujada en libros infantiles. Según la fantasía popular, es en este hongo que habitan los gnomos. Algunos autores sostienen que tal asociación se debe a la visión deformada del hongo causada por el enteógeno tras su ingestión; la muscarina, entre muchas de sus acciones sobre el sistema neurológico, causa la apreciación deformada de formas y distancias. El compuesto venenoso se llama muscarina y el compuesto enteogeno o psicoactivo se llama acido ibotenico y si el hongo se deja secar se convierte en muscimol.

Amanita Muscaria

Así, la seta, primer objeto visto al sufrir tales efectos, se acaba asemejando a un hombrecillo; el sobrero rojo con topos blancos se alarga formando el característico cono que usan los gnomos en la cabeza, y el pie blanco se transforma ante la visión de los humanos en la imponente larga barba blanca.

Esto, junto con la creación de chispas luminosas en nuestra visión (fosfenos) por la interpretación errónea de los estímulos recibidos en el nervio óptico, ha hecho que la tradición popular caracterizara a los gnomos como veloces y esquivos.

La ley de la pinyolà

A raíz del post que escribí ayer sobre las mandarinas y sus pepitas, un amigo que vive con uno de Castellón me ha puesto en la pista sobre una ley existente en la Comunidad Valenciana que en principio resulta bastante graciosa.

Desde 1993 la llamada ley de la pinyolà prohíbe en dicha comunidad la existencia de colmenas a menos de 5 kilómetros de cultivos de cítricos durante abril y mayo. He encontrado un artículo del 2006 en el que se explica detalladamente, y del cuál extraigo la mayor parte de la información de este post.

La cuestión de fondo, parece ser, que algunas variedades como la Clementina, por norma general no producen pepitas; sin embargo, cuando en los campos colindantes se plantan según qué variedades híbridas, si se polinizan de forma cruzada entre ellas, las clementinas crecen con pepitas en su interior. Y esto, que puede parecer una tonteria, conlleva graves perjuicios económicos, puesto que cuando la mandarina tiene pepitas cae el precio una barbaridad, y según dónde ni las quieren.

El responsable citrícola explica que la aparición de semillas en la fruta causó problemas en la campaña de exportación de hace tres años en Estados Unidos, país que ahora ha encontrado otra razón para parar la entrada de cítricos españoles, e insiste en la importancia de poder garantizar la calidad en el comercio, y evitar cualquier ‘vicio oculto’ como las semillas, que tiene graves consecuencias en las campañas de comercialización.

Un detalle que me ha parecido curioso es que las primeras variedades híbridas creadas especialmente para que nazcan sin pepitas, fueron importadas en los años 70 de los Estados Unidos; de ahí deduzco que estarán malacostumbrados a ellas y por eso causen tanto rechazo con semillas.

También es curioso que este problema de “la pinyolà” (como le llamán allá) sólo se tiene en la Comunidad Valenciana, y sólo aquí existe ese tipo de legislación respecto a las colmenas de abejas. Del mismo modo que también hay algunas sobre la plantación de híbridos junto a campos de clementinas. Aunque ésta comunidad sea indudablemente la que cuenta con una mayor producción de cítricos, también en otras se cultivan y no se da este problema. Parece ser que mientras que en el resto de España en algún momento se puso de moda el latifundio, en la C. Valenciana siguen un modelo de minifundios que provoca una mayor facilidad de que se planten distintas variedades muy cerca y “se contaminen” entre sí.

Esta ley no sólo exige el distanciamiento de las colmenas, sino que permite a los agricultores fugimar sus árboles en flor, produciendo la masacre de todo tipo de insectos que, como las abejas, también ayudan a la polinización, logrando una catástrofe ecológica en estos campos. Con esta masacre de insectos los clementineros parecen estar muy contentos, pero a los naranjeros y al resto de mandarineros no les hace mucha gracia, pues gracias a la polinización ejercida por estos insectos y las abejas, obtienen mayor cantidad de frutos. En fin, que hay una auténtica guerra en el sector de los cítricos y los apicultores en este sentido. De hecho, se presupone que un juicio denunciando a los agricultores que planten híbridos cerca de campos en los que ya se cultivaban Clementinas, sería fácil de ganar (puesto que causan daño al agricultor que estaba antes), aunque todavía no se haya dado el caso para sentar precedente.

Los principales afectados de toda esta “solución” son los apicultores, puesto que se ven obligados a trasladar sus colmenas durante la época de floración, lo cual parece ser bastante perjudicial para las abejas. Lo que no entiendo es por qué no tienen las colmenas directamente lejos de los campos. Por lo que leo, tampoco es un decreto muy claro, puesto que cada año lo aprueban para la época de floración. Imagino que hace 15 años se les ocurriría como solución puntual, y han ido repitiéndolo desde entonces. De hecho, incluso se retrasan en las ayudas económicas a los apicultores, y tampoco está muy clara su legalidad en el marco europeo. Y por otro lado se afirma que los híbridos son más culpables que las abejas, pues pese a este tipo de decretos, siguen apareciendo pepitas en las clementinas.

Para finalizar, tanto hablar de mandarinas, qué mejor que un calendario mostrándonos la temporada de consumo óptimo de las diferentes variedades y una aplicación flash explicando las características de las variedades (y también de las naranjas). ¡Qué nunca más os den Clausellina por Owary!

Mandarinas y sus pepitas

¿Nunca os habéis preguntado por qué tras dos o más meses comiendo mandarinas sin una miserable semilla de repente se cruza una en tu postre con al menos dos por gajo?

Alguna vez ya me había extrañado encontrar de pronto alguna mandarina con semillas, pero la última fue escandalosa, llegando a tener que escupir hasta tres y cuatro veces pepitas de un mismo gajo, así que me he lanzado a la aventura de descubrir el porqué.

En España, las mandarinas se clasifican en cuatro grandes grupos: Clementinas, Clemenvillas, Híbridos y Satsumas.

Dentro de cada una de estas especies hay diversas variedades con sus correspondientes características y sus distintas épocas de recolección.

Llegados a este punto he de aclarar, que lo que me parecía sorprendente no era encontrar mandarinas con semillas, sino que lo normal fuese comerlas sin ellas, puesto que de algún modo debía reproducirse esta fruta con un nombre tan gracioso.

El caso es que las Clemenvillas son un híbrido y como tales, al igual que la mula, son estériles, por lo que parece evidente que no tendrán semillas. Según la Wikipedia, las Clementinas también es común que no tengan pepitas.

La mandarina popular tiene un inconveniente, que es el exceso de pepitas. Pero hay variedades como la satsuma y la clementina, que carecen de semillas. La primera apareció en Japón, después de varios cruces con otros cítricos y desprende un fuerte aroma. La clementina nace de la unión de una naranja con una mandarina, realizada en Argelia por un sacerdote llamado Padre Climent.

Es increíblemente satisfactorio comer mandarinas sin semillas, y cuando te acostumbras a esa comodidad, llega una llena de ellas a incomodarte mientras te la comes. De ahí que la gente no está conforme con el azar de encontrar ocasionalmente mandarinas con semillas, sino que en Valencia están estudiando eliminar las pepitas de algunas variedades.

Lo que me parece más curioso de todo este asunto es que a lo largo de la Historia se haya puesto tanto empeño en eliminar las pequeñas semillas de las mandarinas, y no de otras frutas. ¿Por qué no el incómodo y rugoso “hueso” del melocotón? Es mucho peor que las simples semillas porque hay que chuporrotearlo todo para extraer toda la fruta adherida al mismo, y además la fruta pegada al mismo tiene una textura más blanda y más desagradable. O las innumerables pepitas de, por ejemplo, la sandía. O el también inmenso “hueso” del mango.

Pensando la evolución, pensando la vida

Hace poco un amigo que estudia Biología me dejó el libro Pensando la evolución, pensando la vida, de Máximo Sandín. Al principio creí que me sería más difícil de comprender, pero éste explica cada tecnicismo, de modo que se lee muy bien.

Sandín es un profesor de Biología de la Universidad Autónoma de Madrid que no está nada convencido con la actual Sintesis evolutiva moderna (la antigua Teoría de la Evolución, vaya) y explica por qué con el conocimiento actual no se sostiene. También trata de analizar a qué se debe que haya tenido tanto éxito (se inspiraba en las ideas victorianas de la sociedad y la economía y reafirmaba a las clases altas en su situación) y porqué perdura. La principal crítica es al fundamentalismo con el que se defiende, más cercano a la religión que a la ciencia, y a lo que les cuesta a muchos biólogos, adoctrinados durante años en el darwinismo, asumirlo, mirando constantemente hacia otro lado.

Máximo Sandín no es un revolucionario que quiera imponer sus propias ideas, no tiene una alternativa sólida a la “teoría” actual, pero quiere incitar a sus compañeros a hacer una dura reflexión al respecto y revisar las bases de la Biología moderna para que se adapten a los nuevos conocimientos con los que contamos. No es él el próximo Darwin, pero para que llegue uno, el primer paso es aceptar que el darwinismo ha fracasado.

Para empezar, la teoría de la evolución no explica nada. Dice que de algún modo varían las secuencias génicas de los seres vivos y las nuevas combinaciones que no funcionan se destruyen. Eso es absurdo, el azar no es ninguna explicación científica. En los propios escritos de Darwin él mismo explica que utiliza el término azar porque no conoce los mecanismos, y eso es lo que debería explicar una teoría seria. Y respecto a que la Selección Natural sea «el motor de la evolución» como se le suele denominar, alude con maestría (en Hacia una nueva Biología):

Y así, a pesar de la evidente falta de coherencia lógica entre el proceso y el resultado, la fe en la capacidad creadora de la selección natural permite afirmar que: “la selección natural explica por qué los pájaros tienen alas y los peces agallas, y por qué el ojo está específicamente diseñado para ver y la mano para coger”, (Ayala, 99), lo que equivale a afirmar que el verdadero responsable de las diferencias de características y propiedades de un avión o un automóvil es el señor que elimina los que han salido defectuosos de fábrica.

Asegura que la base de la “evolución” no es la competencia, si no el trabajo mútuo y la combinación. La hipótesis GAIA, la teoría de sistemas, y la reciente ecología, (la ciencia que estudia las interrelaciones entre seres vivos; no cuatro jipis tirando pintura a un barco de pescadores) demuestran que todos los seres vivos están completamente relacionados entre sí formando ciclos que la sola falta de uno de ellos los haría imposibles; en cada nicho, todos dependen de todos.

Otro detalle de que la competencia no le cuadra mucho son las bacterias, cuya cifra se estima en 5×1030 (más que todas las estrellas del universo) pues lo tendríamos muy jodido si quisiésemos competir contra ellas. De hecho fueron las que cambiaron la atmósfera gracias a la que se desarrolló la vida en la Tierra. Además, son fundamentales aún ahora para cualquier tipo de vida: bien sea en los suelos descomponiendo materia inerte, bien sea en nuestros estómagos e intestinos procesando lo que no hemos podido digerir, o incluso en las raíces de los árboles para que puedan fijar diversos minerales (hay especies que hasta desarrollan unos “puertos” para facilitar a las bacterias asentarse en sus raíces). El número de bacterías patógenas es una nimiedad entre todas las que existen (pero las que mejor conocemos porque son las que nos afectan y fue como las descubrimos) y algunas se convierten en patógenas bajo determinadas situaciones, por lo que se plantea que quizá seamos nosotros los que “las forcemos a ser malignas“.

Otro factor decisivo en la evolución hipotetiza que puedan ser los virus, los cuales tampoco son todos patógenos y algunos tienen la facultad de “infectar” a un ser vivo integrándose en su ADN y no volver a salir. Otros, en cambio, vuelven a escapar de su huesped, llevándose pedazos (copia) del ADN en el que se hospedaba. Cuando encuentra uno nuevo y se inserta en él, puede transmitirle algunas cadenas del anterior. Tal y como lo cuento parece una idea muy alocada, pero leyendo en detalle sus explicaciones resulta mucho más coherente (Teoría Sintética: Crisis y evolución). Del mismo modo, hay secuencias de ADN llamadas transposones que pueden intercambiarse dentro de la propia estructura de un mismo ser vivoy que se les supone de origen vírico.

Todo estoy mucho más me está pareciendo interesantísimo. Voy sólo a mitad del libro (cuatro artículos y medio, me quedan otros tres) y ya ardía en deseos de escribir sobre él. Hace poco ya extraje algunas ideas sobre la clara inspiración de Darwin en la naciente economía moderna de Adam Smith, y no dudo que vuelva a poner un par de posts con citas de artículos. Obviamente es imposible decantarse por ninguna corriente, pues sólo sabes lo que te cuenta cada bando (como siempre), pero me parece un buen ejercicio de reflexión y una nueva forma de ver la evolución.

En su página web están los ocho artículos y unos cuantos más. 100% recomendable.

Darwinismo y Economía

[…]Sin embargo, parece que va a resultar difícil un cambio de perspectiva, especialmente porque la concepción darwinista de la vida va mas allá de una teoría o hipótesis científica, porque  forma parte de toda una visión de la Naturaleza y de la sociedad con unas profundas raíces culturales en el mundo anglosajón, claramente hegemónico, en la actualidad, en el campo científico y  económico.

/…/

Estos antecedentes constituyen el sustrato sobre el que se construyó la “teoría científica” de Adam Smith, el “padre de la economía moderna”. Su idea rectora es que No es de la benevolencia del carnicero, cervecero o panadero de donde obtendremos nuestra cena, sino de su preocupación por sus propios intereses / … / que proviene de nuestra propensión a cambiar una cosa por otra. (“La Riqueza de las Naciones”, 1776). Para Adam Smith, es el egoísmo individual lo que conlleva al bien general: Por regla general, no intenta promover el bienestar público ni sabe cómo está contribuyendo a ello. Prefiriendo apoyar la actividad doméstica en vez de la foránea, sólo busca su propia seguridad, y dirigiendo esa actividad de forma que consiga el mayor valor, sólo busca su propia ganancia, y en este como en otros casos está conducido por una mano invisible que promueve un objetivo que no estaba en sus propósitos.

La base conceptual de Smith no era, como se puede ver, mucho más amplia y general que la de Darwin. Igual que éste convirtió las actividades de los ganaderos de su entorno en Ley General de la evolución, Adam Smith construyó su teoría a partir de sus observaciones de cómo actuaban sus vecinos y correligionarios. Es decir, un análisis (más bien, una descripción) de su entorno social, tal vez, incluso de la ciudad donde vivía.

[…]se estaba produciendo en Gran Bretaña una peculiar “revolución” de la burguesía contra la oligarquía y la nobleza, para arrebatarles el monopolio de la explotación de los trabajadores “y otras clases inferiores de personas”. Por eso, una de las máximas fundamentales del “liberalismo económico” era (y es) que los gobiernos no deben entrometerse en la libertad de “operaciones” del mercado, es decir, que dejen a la sociedad en manos de los realizan esas “operaciones”.

Malthus, que sólo salió de Inglaterra para una breve visita a Irlanda y un viaje al “continente” por razones de salud, elaboró su ensayo basado en la observación de las masas de desheredados que abarrotaban las calles de las ciudades inglesas. Su famosa tesis era que el aumento de la población en progresión geométrica, mientras que los alimentos aumentaban en progresión aritmética, impondría una “lucha por la vida”. 

[…]Pero, además, las víctimas de la “Revolución Industrial” (en la que jornadas de 16 horas de trabajo llegaron a ser comunes para los niños de seis, cinco y, a veces, de cuatro años, que alcanzaban a duras penas la adolescencia con deformaciones que permitían deducir en qué máquinas habían trabajado) y de la expansión colonial británica, necesitaban, probablemente, de alguna justificación “científica” y “objetiva” de las terribles situaciones creadas dentro y fuera del país. Y una de las más “autorizadas” fue la que ofreció Herbert Spencer. Economista y filósofo, en su primer y exitoso libro “La Estática Social” (1850), trata de dar algunas directrices, basadas en sus ideas sobre la evolución biológica, para llevarlas a la política social. Según él, los políticos no deberían intervenir en la evolución de la sociedad, pues ésta tiene un instinto innato de libertad. La sociedad eliminará a los “no aptos” y eligirá a aquellos individuos más sanos e inteligentes. En su opinión, el intento de ayudar a los pobres era un entorpecimiento de las “Leyes Naturales” que se rigen por la competencia. Según Spencer: Las civilizaciones, sociedades e instituciones compiten entre sí, y sólo resultan vencedores aquellos que son biológicamente más eficaces (Woodward, 1982). Fue él quien aplicó la famosa noción de la “supervivencia del más apto” (mas exactamente, del más “adecuado”) como el motor de las relaciones sociales.

Y, una vez más, para no “desentonar” con la metodología “científica” de los pensadores antes mencionados, todas las investigaciones de Spencer sobre otras culturas son “de segunda mano”. No están basadas en ningún trabajo de campo, ni siquiera en alguna observación directa, sino en relatos y observaciones de viajeros británicos (Ekelund y Herbert, 1995).

Estos son los cimientos “científicos” y “objetivos” (y, especialmente, metodológicos) sobre los que se edificaron las bases conceptuales de “la” teoría de la evolución (del darwinismo, para ser exactos). […]El método no fue mucho más empírico que los de sus antecesores conceptuales: consistió en la lectura, durante lo que describe como el período de trabajo más intenso de mi vida (“Autobiografía”, pag. 66) de textos especialmente en relación con productos domesticados, a través de estudios publicados, de conversaciones con expertos  ganaderos y jardineros y de abundantes lecturas. También de filosofía, política y economía. En “La riqueza de las Naciones” encontró Darwin las ideas de la importancia de las diferencias individuales y del resultado beneficioso de actividades “no guiadas”. Spencer le aportaría, posteriormente, la idea de que sólo los “más adecuados” sobreviven en un mundo de feroz competencia. Pero la revelación decisiva le llegó de los “filantrópicos” principios malthusianos. Así es como él mismo lo describe; En Octubre de 1838, esto es, quince meses después de haber comenzado mi estudio sistemático, se me ocurrió leer por entretenimiento el ensayo de Malthus sobre la población y, como estaba bien preparado para apreciar la lucha por la existencia que por doquier se deduce de una observación larga y constante de los hábitos de animales y plantas, descubrí enseguida que bajo estas condiciones las variaciones favorables tenderían a preservarse, y las desfavorables a ser destruidas. El resultado de ello sería la formación de especies nuevas. Aquí había conseguido por fin una teoría sobre la que trabajar (“Autobiografía”, pag. 67).

Con estos argumentos como conceptos fundamentales, no puede resultar extraño el enorme éxito de su libro, cuyas dos primeras ediciones ya descritas fueron seguidas, hasta 1876, de otras siete. En un período de máximo esplendor de la revolución industrial y del imperio británico, con muy duras consecuencias para las víctimas de ambos fenómenos, llegó la “explicación científica”. El título de su libro: “Sobre el Origen de las Especies por medio de la Selección Natural o el mantenimiento de las Razas favorecidas en la Lucha por la Existencia”, debió resultar muy sugerente para muchos de sus compatriotas (que no se encontrarían, lógicamente, entre los “desfavorecidos”).

El darwinismo parece haber vuelto a sus raíces de justificación teórica del “statu quo” social, aunque, en realidad, nunca se alejó mucho. A lo largo de los últimos 150 años, el vocabulario de la Biología sólo se ha diferenciado del lenguaje de la economía de mercado en los sujetos (banquero, empresa o bolsa, por individuo, especie o ecosistema, por ejemplo), porque los procesos y las reglas (“leyes”) que los rigen son prácticamente indistinguibles: las estrategias adaptativas, el coste-beneficio, la explotación de recursos, la competitividad, la eficacia de un comportamiento, o su rentabilidad, incluso las carreras armamentísticas (y muchos otros) se han llevado hasta los más recónditos procesos bioquímicos. De hecho, incluso en las secciones de periódicos relacionadas con la economía se puede leer: El mejor libro de negocios que se ha escrito es “El Origen de las Especies”…(“Digital Darwinism” en el País Negocios). Porque, en lo más profundo del Darwinismo, con sus inamovibles principios, lo que subyace en realidad no es el intento de estudiar o comprender la Naturaleza, sino el espíritu que guiaba las argumentaciones de Malthus, Spencer y el mismo Darwin: la justificación de las diferencias sociales y entre países colonizadores y colonizados (o “civilizados” y “atrasados”). Y esto explica la magnífica acogida de los libros “científicos” encaminados en esta dirección, su gran difusión y el gran prestigio que adquieren sus autores.

Una nueva Biología para una nueva Sociedad

Máximo Sandín