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Henry David Thoreau #DemocraciaRealYa

«La ley jamás hizo a los hombres un ápice más justos; y, en razón de su respeto por ella, incluso los mejor dispuestos se convierten a diario en agentes de la injusticia.»

Hoy, más que nunca: Henry David Thoreau, padre de la desobediencia civil.

En 1846, Thoreau se negó a pagar impuestos debido a su oposición a la guerra contra México y a la esclavitud en Estados Unidos, por lo que fue encarcelado. De este hecho nace su tratado La desobediencia civil, pionero al proponer algunas ideas como el pacifismo y la no violencia que resurgirían con fuerza en el altermundismo del siglo XX. En este texto se declara uno de los conceptos principales de su ideología: la idea de que el gobierno no debe tener más poder que el que los ciudadanos estén dispuestos a concederle, llegando a tal punto que propone la abolición de todo gobierno. Considerado por algunos como el primer ecologista, su ensayo fue influyente en Lev Tolstói y en Mahatma Gandhi.

Wikipedia – Henry David Thoroeau

The state is not armed with superior wit or honesty, but with superior physical strength.

«Pero, para hablar en forma práctica y como ciudadano,  a diferencia de aquellos que se llaman “antigobiernistas”, yo pido, no como “antigobiernista” sino como ciudadano, y de inmediato, un mejor gobierno. Permítasele a cada individuo dar a conocer el tipo de gobierno que lo impulsaría a respetarlo y eso ya sería un paso ganado para obtener ese respeto.  Después de todo, la razón práctica por la cual, una vez que el poder está en manos del pueblo, se le permite a una mayoría, y por un período largo de tiempo, regir, no es porque esa mayoría esté tal vez en lo correcto, ni porque le parezca justo a la minoría, sino porque físicamente son los más fuertes. Pero un gobierno en el que la mayoría rige en todos los casos no se puede basar en la justicia, aún en cuanto ésta es entendida por los hombres. ¿No puede haber un gobierno en el que las mayorías no decidan de manera virtual lo correcto y lo incorrecto – sino a conciencia?,  ¿en el que las mayorías decidan sólo los problemas para los cuales la regulación de la conveniencia sea aplicable? ¿Tiene el ciudadano en algún momento, o en últimas, que entregarle su conciencia al legislador? ¿Para qué entonces la conciencia individual? Creo que antes que súbditos tenemos que ser hombres. No es deseable cultivar respeto por la ley más de por lo que es correcto. La única obligación a la que tengo derecho de asumir es a la de hacer siempre lo que creo correcto.»

Desobediencia CivilH. D. Thoreau

Recomiendo leer, reflexionar, compartir, divulgar, imprimir y llevar octavillas a las asambleas y acampadas de #DemocraciaRealYa y #spanishrevolution con los textos de Thoreau.

Go confidently in the direction of your dreams! Live the live you've imagined

Un par de enlaces a su obra.

Construyendo un animal racional

La que iba a ser una entrada comentando de pasada el libro y poniendo este texto al final, se ha convertido en una explicación de los temas tratados en Razones para actuar, una teoría del libre albedrío de John Searle y ya no encajaba esto que quería poner aquí.

Aparece como una de las secciones del capítulo quinto del libro, Algunos rasgos especiales de la razón práctica: altruismo fuerte como requisito lógico, y es un experimento mental en el que detalla qué tendría “implementar” alquien que desee “construir” un ser racional. Me he tomado la libertad de transcribirlo íntegro:

II – Construyendo un animal racional

Para ilustrar el papel y el carácter especiales de la razón práctica, me gustaría presentar el siguiente experimento de pensamiento. Imaginemos que alguien está diseñando y construyendo un robot que fuese un “animal racional”- El objeto del experimento de pensamiento es ilustrar las relaciones lógicas entre ciertos rasgos cruciales de la existencia humana. Seamos lo que seamos además, somos los productos de ciertos tipos de ingeniería. Podría ser ingeniería divina de la que habla la historia creacionista o, como yo pienso que es mucho más probable, podría tratarse de la ingeniería de los procesos evolutivos, no intencional, metafórica, “como-si”. Pero de una manera u otra, somos el resultado de ciertos conjuntos de procesos que han estado guiados por ciertos géneros de necesidades de diseño. Dado que somos productos de la ingeniería, aunque sólo sea ingeniería del tipo “como-si”, el objeto de responder a la pregunta sobre cómo podrían diseñarse los seres racionales consiste en hacernos ver cuánto hay que poner en el diseño para ver cuánto se puede obtener como resultado de lo que se pone. ¿Qué se exige como rasgo efectivo del diseño y que se obtiene sin ese requisito?
Pues bien, lo primero que uno tiene que introducir en su robot es la conciencia. Uno tiene que construir un cerebro en el robot que tenga el poder que tienen los cerebros humanos de causar y ser el asiento de estados internos unificados y subjetivos de conciencia y sensación. Sin conciencia no se puede entrar en absoluto en el juego de la racionalidad. Pero la conciencia perceptiva pasiva no es suficiente. Se necesita la conciencia activa del actuar. Esto es: uno necesita construir un ser que sea conscientemente capaz de iniciar acciones. Además, si esas acciones han de ser acciones racionales, el robot tiene que ser capaz de embarcarse en la deliberación que habrá de coordinar sus otros estados mentales, junto con su reconocimiento de otros estados de cosas del mundo. Como observé en el capítulo 3, con los rasgos de la acción intencional y la deliberación, tenemos ya un animal que tiene los rasgos de ser capaz de actuación y de poseer un yo. Esto es, tales rasgos aparecen por añadidura una vez que tenemos un ser intencional consciente que es capaz de emprender acciones racionales teniendo como base razones. Ahora bien, la cuestión crucial se plantea de modo inmediato. Una vez que el robot tiene todo esto ¿tiene ya el mecanismo necesario para lo toma de decisiones racionales del tipo que es completamente humano? Bien, todavía no. Necesitamos introducir algunos otros rasgos.
Una vez que se tiene conciencia juntamente con intencionalidad, el siguiente elemento crucial que hay que introducir en el robot es, sin duda alguna, el lenguaje. Es importante decir exactamente qué rasgos del lenguaje se exigirían para que algo fuese un agente racional. Un animal no exige lenguaje alguno para tener estados intencionales simples como hambre y sed y , de hecho, no tiene ni siquiera un lenguaje para tomar decisiones simples, ni tampoco necesita un lenguaje para emprender algún tipo de razonamiento instrumental simple como aquél en el que toman parte los chimpancés de Köhler. Pero para tener racionalidad plena, son esenciales ciertos rasgos del lenguaje. No todos los rasgos de los lenguajes naturales humanos son esenciales para la racionalidad. Por ejemplo, los procesos racionales de pensamiento no exigen palabras para color, la voz pasiva o los artículos determinados. Pero la racionalidad humana necesita ciertos recursos lingüísticos esenciales. En primer lugar, nuestro robot tiene que tener las formas de los actos de habla básicos que ponen n relación el lenguaje con la realidad tanto con la dirección de ajuste palabra-a-mundo, como con la de mundo-a-palabra. Tiene que tener la capacidad, de manera puramente mínima, de representar cómo son las cosas del mundo (asertivos), así como la capacidad de representar cómo se intenta hacer que otros actúen en el mundo (directivos), y cómo se compromete a sí mismo a actuar con el mundo (compromisorios). Además tiene que tener la capacidad de comunicar todo esto a otros poseedores del lenguaje. El lenguaje es tanto para pensar como para hablar, pero cuando nos interesamos por el hablar, tenemos que tener un lenguaje que sea público y que capacite al robot para comunicarse con los demás. Puesto que estamos construyendo este robot a, por así decirlo, nuestra propia imagen, lo construiremos con la capacidad de comunicarse con nosotros. Además, me parece que el robot ha de tener algún conjunto de dispositivos para representar las relaciones temporales. Si es capaz de hacer planes de futuro, algo que es característico de la razón práctica, tiene que ser capaz de representar el futuro y su relación con el presente y con el pasado. ¿Qué más necesitaría? Bien, me parece que tendría que tener algún modo de articular relaciones lógicas. No necesita tener precisamente nuestro inventario de partículas lógicas, pero tiene que tener algún modo de señalar la negación, la conjunción, la implicación y la disyunción: Además, me parece que necesitaría también algún conjunto, por mínimo que fuese, de términos metalingüísticos para valorar el éxito y el fracaso en el logro de la dirección de ajuste y la coherencia lógica. Así pues, necesitaría algo dentro del rango que incluye “verdadero“ y “falso“, “válido“ e “inválido“, “exacto“ e“ inexacto“, “relevante“ e “irrelevante“. Ahora que le hemos conferido tosa esta porción de lenguaje podríamos también darle un nombre. Llamémoslo “La Bestia”.
Ahora bien, aquí está el meollo del experimento de pensamiento: una vez que La Bestia tiene todo esto, tiene ya el aparato esencial para los rasgos distintivamente humanos de los procesos racionales de pensamiento y conducta racional. Tiene una forma de racionalidad que va bastante más allá de los chimpancés racionales que discutíamos en el capítulo 1. Específicamente, una vez que La Bestia tiene actos de habla, tiene la potencialidad de tener razones para la acción independientes del deseo, tiene de hecho el requisito de la razón para la acción independiente del deseo, puesto que prácticamente todo acto de habla incluye algún compromiso de un género u ¬otro. Los ejemplos famosos son actos de habla como prometer, donde el hablante se compromete a llevar a cabo un futuro curso de acción, pero el aseverar compromete al hablante con la verdad de la proposición aseverada, y las órdenes comprometen al hablante con la creencia de que la persona a la que se le da la orden es capaz de cumplirla, con el deseo de que haga lo que se le ordena y con conceder permiso al oyente  para que lo haga. Dicho brevemente: lo que la gente ha pensado que es el elemento distintivo de prometer –a saber: compromiso u obligación—, impregna efectivamente casi todos los actos de habla. La única excepción en la que puedo pensar es en el caso de expresivos simples como “¡Ay!”, “¡Maldición!” o “¡Hurra!”, e incluso éstos comprometen al hablante con el hecho de tener determinadas actitudes.
El rasgo extraño de nuestra tradición intelectual, de acuerdo con el cual ningún conjunto de enunciados verdaderos que describa cómo son las cosas del mundo jamás puede implicar lógicamente un enunciado sobre cómo tales cosas deberían ser, consiste en que la propia terminología en que se enuncia la tesis, la refuta. Así, por ejemplo, decir que algo es verdadero, ya es decir que uno debe creerlo, que, siendo iguales las demás cosas, uno no debería negarse a aceptarlo. La noción de inferencia válida es tal que, si p puede inferirse válidamente de q, entonces alguien que asevere p no debería negarse a aceptar q, que cualquiera que esté comprometido con p debería reconocer su compromiso con q.
El meollo del experimento de pensamiento puede también expresarse del modo siguiente: una vez que se tiene el aparato de la conciencia, la intencionalidad y el lenguaje, y éste es lo suficientemente rico para realizar varios tipos de actos de habla y  expresar diversas relaciones lógicas y temporales, entonces ya se tiene el aparato necesario para la racionalidad. La racionalidad no es un módulo o facultad añadida. Ya está incorporada en el aparato que hemos descrito. Es más, en el aparato que hemos descrito ya está incorporado algo más rico que la racionalidad instrumental, o de medios-fines, puesto que tenemos la potencialidad, tenemos de hecho el requisito de las razones para la acción independientes del deseo, esto es: externas.

—John Searle, en Razones para actuar.

La siguiente sección del capítulo se llama Egoísmo y altruismo en La Bestia, y también es igual de interesante. Quizás otro día me aventure a copiarla, pero no lo he encontrado en pdf y esto tuve que escribirlo yo a mano.

¿Toda creencia verdadera justificada es conocimiento?

Es lo que plantea el Problema de Gettier, que en realidad son una serie de problemas mentales en los que el filósofo estadounidense Edmund Gettier argumenta que una creencia verdadera justificada no es necesariamente conocimiento.

Para afirmar que una persona conoce algo, ese algo ha de ser verdad. Además, la persona ha de creer que ese algo es verdad. Y no sólo eso, sino que tiene que haber una evidencia que justifique ese algo.

Por ejemplo, cuando digo que sé que el cielo está nublado es porque está nublado, creo que lo está, y tengo la evidencia de que es así. Hasta hace relativamente poco tiempo era aceptado generalmente que éstas eran las condiciones necesarias y suficientes para tener conocimiento.

Sin embargo, llegó el señor Gettier en los años 60 ideó unos contraejemplos para argumentar que esto no es así. Con el paso del tiempo, más gente ha creado otros experimentos mentales del mismo tipo que los originales Problemas de Gettier. De los dos siguientes problemas que copio para ilustrar esta idea, sólo el primero es del propio Gettier.

El trabajo de Smith

Smith ha pedido un trabajo pero tiene la creencia justificada de que «Jones conseguirá el trabajo». También tiene la creencia justificada de que «Jones tiene 10 monedas en su monedero». Por lo tanto, Smith concluye (justificadamente, por la regla de transitividad de la identidad) que «el hombre que consiga el trabajo tiene diez monedas en su monedero».

Al final Jones no consigue el trabajo, sino que se lo dan a Smith. Sin embargo, Smith descubre al abrir su monedero que tiene 10 monedas en él. Así que su creencia de que «el hombre que consiga el trabajo tiene diez monedas en su monedero» estaba justificada y es verdadera. Pero no parece que sea conocimiento.

La oveja en el campo

Roderick M. Chisholm propuso el siguiente contraejemplo: Un observador ve en la lejanía lo que le parece exactamente una oveja. Así que cree que hay una oveja en el campo. Sin embargo, resulta que era un perro que el pastor había camuflado para hacerlo pasar por oveja. Pese a todo, tras una cerca se encontraba una oveja. De forma que su creencia estaba justificada y era cierta.

No pretendo criticar estos problemas, sino dar una opinión sobre lo que en ellos ocurre. En casi todos estos ejemplos, yo destacaría dos hechos separados y fundamentales por los que los protagonistas no realizan la argumentación correcta: uno hace referencia al holismo confirmacional y el otro a la crítica a la causalidad de Hume.

Tras la lectura de la Historia Natural de la Religión, y para escribir el post, estuve leyendo algo sobre el pensamiento de David Hume, y descubrí que hizo una brillante crítica a la causalidad en la que ya había pensado yo mismo alguna vez, pero no de forma tan radical como la planteó Hume. Básicamente dice que sólo podemos afirmar que tras la causa A siempre ha sucedido el efecto B, pero no hay nada que nos permita inferir que A produce B.

Tal y como lo veo, y como se reseña en las propias reflexiones del artículo de la Wikipedia, se eligen unas causas erróneas para los efectos que se están prediciendo. Así, en el primer ejemplo que he copiado, y también en el del pirómano (que también es un problema muy explicativo), se cae en esto.

[…] los factores que hacen que la creencia sea verdad no han causado que crea en ella. En base a esta consideración, esta propuesta requiere que la creencia en p tenga una relación causal apropiada con p. De acuerdo con este añadido los contraejemplos de Gettier no serían conocimiento, pues las relaciones causales entre las creencias y los hechos son extrañas.

Sin embargo, y ateniéndonos a la tesis de Hume, no habría forma de discernir entre las causas apropiadas y las extrañas, debido a que realmente no podemos asegurar con total certeza que ningún hecho sea la causa del efecto que vemos a continuación.

La otra idea a la que me refería antes era al holismo confirmacional, que según la propia definición de la Wikipedia:

El holismo confirmacional, también llamado holismo epistemológico, sostiene que una teoría científica concreta no puede ser demostrada de forma aislada; la demostración de una teoría siempre depende de otras teorías e hipótesis.

Y no sólo de las teorías necesarias, sino también del lugar de experimentación. De este modo, en el problema de las ovejas, puede decirse que el observador debería haber analizado todo el campo y comprobar que lo que realmente había visto pudo ser un perro disfrazado de oveja.

Con respecto al primer problema, Smith debería haber analizado todas las causas por las que el trabajo no se le concede a Jones y sí a él, y no reducirse sólo a deducir cosas de las monedas que llevan en sus respectivos bolsillos.

Como se apunta en el artículo sobre el holismo confirmacional, para dar validez a la ley de gravitación de Newton estudiando el movimiento de los astros, primero hay que demostrar que el telescopio con el que se mira funciona correctamente, y comprender el funcionamiento de la luz al atravesar el espacio y la atmósfera terrestre.

Esta entrada me ha servido para compartir tres ideas muy interesantes que he tenido ocasión de leer entre ayer y hoy. En mi opinión, estos tres conceptos (holismo confirmacional, problemas de Gettier y crítica a la causalidad) llevados al extremo terminarían convirtiendose en una forma de escepticismo, pero que en su justa medida son fundamentales para comprender los límites y forma correcta de actuar que debería seguir el método científico.

Protágoras

De alguna forma que no recuerdo ayer terminé en un par de artículos de filósofos presocráticos y sofistas y, cosas de la Wikipedia, hoy tenía abiertas unas cuantas pestañas con varios de ellos, que en los ratos libres voy leyendo.

A Protágoras se le considera uno de los padres de la retórica, así como de ser el primero en cobrar ―un alto precio además― por sus enseñanzas. Se le consideraba extremadamente en este arte y un excelente profesor.

También es el autor del famoso dicho: «El hombre es la medida de todas las cosas», que quizas sea más conocido que el propio sofista.

El caso es que he leído una anécdota que no puedo por menos que compartirla con vosotros:

«Era famosa en la antigüedad una anécdota acerca de un pacto de honorarios entre Protágoras y un discípulo suyo, llamado Evatlo. Habían acordado el pago sólo para el evento de que el aprendiz llegara a ganar un juicio haciendo uso de las adquiridas dotes retóricas. Evatlo, como no ganaba caso alguno, se negaba a pagar. Entonces, Protágoras lo llevó a juicio, diciéndole: “Si yo gano, es preciso que por haber ganado me entregues los honorarios; si tú ganas, por haberse cumplido la condición, también deberías pagarme.”»

Supongo que, como muchos otros hicieran después, muchas de las clases que diera fuesen a ciudadanos que fueran a enfrentarse a un juicio, puesto que en Grecia tenían que defenderse a sí mismos.