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Un largo camino por recorrer, Máximo Sandín

«“La teoría de la evolución por selección natural es tan simple y, aparentemente, tan convincente que, una vez que la has asumido, te sientes en posesión de una verdad universal”. Esta frase de B.Goodwin (99) en su libro “Las manchas del leopardo”, una lúcida crítica a las simplificaciones del darwinismo, es una muy buena descripción del curioso mecanismo psicológico que hace que una supuesta explicación (en realidad una especulación) sobre cómo han tenido que ocurrir los hechos se haya convertido en un dogma. No importa que no sea coherente con los datos, es decir, no con algunos datos, sino con  todos los datos fundamentales que tenemos sobre la evolución (porque es contradictoria con lo que nos revela el registro fósil, la embriología, la genética molecular, la bioquímica…). “Sabemos” cómo ha tenido que ser, lo cual satisface nuestra vanidad intelectual (y, posiblemente, mitiga nuestros temores).

            La ventaja práctica de las creencias sobre las teorías científicas es que no son susceptibles (ni lo necesitan) a la demostración. No son sucesos repetibles ni sometibles al “criterio de falsación”. Y el darwinismo no es una teoría, porque es un relato de sucesos al azar. Una narración contingente en la que caben todos los datos o fenómenos, incluidos los excepcionales, porque es evidente que finalmente los individuos que sobreviven es porque son los “más aptos”, es decir, los capaces de sobrevivir.

            Parece que los biólogos tenemos un largo camino por delante hasta que consigamos desprendernos del lastre que constituyen los viejos conceptos (o prejuicios) que conforman una visión de la vida basada en una competencia sin fin, donde no hay sitio para los perdedores. Pero no va a ser fácil, dado el profundo arraigo de esta forma de pensamiento que se ha impuesto, prácticamente, en todos los ámbitos de la actividad humana de los países llamados “civilizados”. El darwinismo se nos inculca en nuestra formación. Desde la escuela, los conceptos darwinistas forman parte del vocabulario de la Biología, y la evolución significa cambio al azar dirigido por la implacable selección natural. Los evolucionistas previos a Darwin, incluida la sólida escuela francesa, no existieron. Simplemente, evolución es darwinismo. Pero también  está sustentado por unas profundas raíces culturales: tanto “El origen de las especies por Selección Natural o el mantenimiento de las razas favorecidas en la lucha por la existencia” como “El origen del hombre y su variación, en relación con el sexo” son un claro reflejo de la visión victoriana del mundo del siglo XIX (Sandín 99). B.Goodwin (99) en su crítica al darwinismo desde su propio contexto cultural, pone de manifiesto, de un modo difícilmente  discutible, el marcado paralelismo entre sus conceptos centrales y los valores calvinistas, que por otra parte, como expuso Max Weber (”La ética protestante y el origen del capitalismo” 1994) están en las raíces  del modelo económico y social del libre mercado y la libre competencia que se ha impuesto en el mundo. Como todos sabemos, sin competencia no hay “progreso”. Con estos axiomas, se nos bombardea sistemáticamente desde los medios de comunicación, tanto en las informaciones-explicaciones sobre la evolución del mercado, como en las noticias y documentales científicos, en los que las autoridades científicas y los divulgadores “reconocidos”, es decir, ortodoxos, y por tanto darwinistas, tienen un importante papel. Y las explicaciones darwinistas son, dentro de todo este contexto, muy fáciles de asumir.

             En el ámbito académico todos estos condicionantes se acentúan, porque a este entorno social, en el que los científicos forzosamente están inmersos, se añade un “adiestramiento” (Feyerabend,89) en la visión darwinista de la naturaleza  y cualquier intento de crítica al darwinismo ( y no hablemos de propuestas alternativas) es acogido con auténtica indignación. El mandato de la UNESCO y el Consejo Internacional para la Ciencia (99) según el cual:  “El pensamiento científico consiste, esencialmente, en saber examinar los problemas desde diferentes ángulos, y en investigar las explicaciones de los fenómenos naturales y esenciales, sometiéndolos constantemente a un análisis crítico”, no resulta fácil de seguir, al menos por el momento, en las facultades de Biología.

            Por todo ello, los argumentos, y las conclusiones (naturalmente, provisionales) derivadas de ellas, que siguen a continuación no cuentan probablemente con un sustrato propenso a una acogida favorable. Precisamente por ello, esta falta de expectativas hace posible tomarse la libertad de someterlas a la valoración del lector, por si alguna de ellas, en algún momento, pudiera resultar digna de consideración.           

            La rápida aparición de la vida sobre la Tierra en forma de bacterias con sus prodigiosas capacidades de supervivencia, en unas condiciones ambientales totalmente incompatibles con la vida tal como la conocemos, hace absurda la extrapolación de un supuesto mecanismo evolutivo basado en la observación de organismos y procesos biológicos actuales a unas condiciones en las que estos organismos y estos procesos no podrían existir. La supuesta evolución gradual, individual y al azar de la enorme complejidad y de las especiales y distintivas características de los “Reinos” Archaea y Eubacteria en un corto tiempo a partir de un supuesto “Último antecesor común universal” (LUCA) es una construcción artificial que responde a la necesidad de atribuir al origen de la vida un carácter único y aleatorio. Las capacidades de las bacterias, su clara disposición para vivir en condiciones muy extremas y muy concretas, y los complicados mecanismos biológicos necesarios para ello, hacen inverosímil la calificación de “procesos químicos aparecidos por mutaciones al azar”.

Primera conclusión: La vida es un fenómeno inherente al universo. No es un fenómeno aleatorio y único y es capaz de prosperar donde las condiciones sean adecuadas. En cuanto a la “aparición” del Reino Eucariota, cuyo origen, que se puede admitir como demostrado, es totalmente incompatible con el mecanismo evolutivo convencional, los datos de que disponemos nos informan de la extremada conservación de los procesos biológicos fundamentales. Si los cambios genéticos fueran aleatorios, los organismos actuales tendrían muy poco que ver genéticamente con los primero seres vivos que habitaron la Tierra. Lo mismo se puede deducir de los procesos implicados en la “Explosión del Cámbrico”. El hecho de que los sistemas genes/proteínas responsables de la generación de tejidos y órganos estén “conservados desde el origen” y que la misma secuencia genética que hace 550 millones de años era responsable del desarrollo de los ojos de artrópodos sea la que dirige la formación de nuestros ojos tan diferentes, implica que su significado va más allá de su traducción en términos biológicos. Implica que contienen el concepto ojo (o extremidades, o alas…).

[…]

   Segunda conclusión: El lenguaje de la vida es preciso y definido. Es decir, no es el resultado más o menos aleatorio de interacciones moleculares que pudieran tener otros componentes, sino que tienen unas propiedades concretas derivadas de las de sus especialísimas unidades constitutivas. En otras palabras: la vida sólo puede ser como es, tanto en sus limitaciones como en su creatividad.

           La forma en que ha evolucionado la vida (es decir, no los procesos microevolutivos o demográficos) deriva forzosamente de estas características. Las bruscas remodelaciones morfológicas que nos revela el registro fósil y las adquisiciones de nuevas morfologías o capacidades sólo pueden ser explicadas bajo el prisma de la actuación integrada de estos sistemas con contenido biológico concreto.  Dada la extremada conservación del funcionamiento de todos los procesos biológicos, y su estrecha interdependencia en los organismos,  resulta absurdo pensar que las mutaciones (desorganizaciones) “aleatorias” sean la fuente de estas complicadas remodelaciones que afectan a todo el organismo.

 […]

Es posible que tanto los argumentos como las conclusiones aquí expuestas puedan resultar interpretaciones (o especulaciones) parcial o totalmente erróneas (para muchos, seguro que descabelladas). Los fenómenos que conforman la vida son de tan abrumadora complejidad que desbordan nuestra capacidad de análisis, mediante los esquemas lineales y reduccionistas a que estamos acostumbrados los biólogos. Tal vez (como sugiere Philip Ball) tengamos que recurrir a conceptos desarrollados en otras disciplinas científicas; a teorías de sistemas, a procesos no lineales, redes de información… Pero sin perder de vista las especiales características de estos sistemas vivos capaces de reproducirse y de interactuar con otros, es decir, cuidando de que las interpretaciones no se conviertan, de nuevo, en metáforas.

En cuanto al segundo aspecto, la concepción individualista de los fenómenos biológicos, en la que todos compiten contra todos (las moléculas, los genes, los individuos, los grupos o las poblaciones) en una “carrera armamentística” sin fin, en la que el resultado es el triunfo de los “más aptos” seleccionados entre los perdedores por el implacable ambiente, se ha revelado como una pobre caricatura de un determinado modo de ver la sociedad humana. Tanto la vida como su historia, se desarrolla en un contexto ecológico, lo que implica que la supuesta “evolución” de una especie es, en realidad, “coevolución”, porque hasta en el más elemental (que no simple) proceso de los sistemas vivientes, desde la actividad celular y la diferenciación de tejidos, hasta las relaciones entre los organismos, poblaciones o ecosistemas, están involucradas complejas redes de procesamiento y comunicación de información y una estrecha (e imprescindible) interdependencia, en el más estricto y material sentido, en el que están relacionados tanto factores bióticos como abióticos, que, en definitiva, disuelven la frontera organismo-entorno.»

Máximo Sandín, sección final del artículo Hacia una nueva Biología.

Las negritas son mías. Es un largo artículo dividido en varias secciones en las que va explicando diferentes cuestiones y cómo los datos parecen no concordar con la Vieja Teoría, hasta terminar con lo citado arriba. Hace unos días hablé de las ideas de Sandín y extraje parte de otro artículo.También está incluído en el libro que compila varios de sus artículos.

Pensando la evolución, pensando la vida

Hace poco un amigo que estudia Biología me dejó el libro Pensando la evolución, pensando la vida, de Máximo Sandín. Al principio creí que me sería más difícil de comprender, pero éste explica cada tecnicismo, de modo que se lee muy bien.

Sandín es un profesor de Biología de la Universidad Autónoma de Madrid que no está nada convencido con la actual Sintesis evolutiva moderna (la antigua Teoría de la Evolución, vaya) y explica por qué con el conocimiento actual no se sostiene. También trata de analizar a qué se debe que haya tenido tanto éxito (se inspiraba en las ideas victorianas de la sociedad y la economía y reafirmaba a las clases altas en su situación) y porqué perdura. La principal crítica es al fundamentalismo con el que se defiende, más cercano a la religión que a la ciencia, y a lo que les cuesta a muchos biólogos, adoctrinados durante años en el darwinismo, asumirlo, mirando constantemente hacia otro lado.

Máximo Sandín no es un revolucionario que quiera imponer sus propias ideas, no tiene una alternativa sólida a la “teoría” actual, pero quiere incitar a sus compañeros a hacer una dura reflexión al respecto y revisar las bases de la Biología moderna para que se adapten a los nuevos conocimientos con los que contamos. No es él el próximo Darwin, pero para que llegue uno, el primer paso es aceptar que el darwinismo ha fracasado.

Para empezar, la teoría de la evolución no explica nada. Dice que de algún modo varían las secuencias génicas de los seres vivos y las nuevas combinaciones que no funcionan se destruyen. Eso es absurdo, el azar no es ninguna explicación científica. En los propios escritos de Darwin él mismo explica que utiliza el término azar porque no conoce los mecanismos, y eso es lo que debería explicar una teoría seria. Y respecto a que la Selección Natural sea «el motor de la evolución» como se le suele denominar, alude con maestría (en Hacia una nueva Biología):

Y así, a pesar de la evidente falta de coherencia lógica entre el proceso y el resultado, la fe en la capacidad creadora de la selección natural permite afirmar que: “la selección natural explica por qué los pájaros tienen alas y los peces agallas, y por qué el ojo está específicamente diseñado para ver y la mano para coger”, (Ayala, 99), lo que equivale a afirmar que el verdadero responsable de las diferencias de características y propiedades de un avión o un automóvil es el señor que elimina los que han salido defectuosos de fábrica.

Asegura que la base de la “evolución” no es la competencia, si no el trabajo mútuo y la combinación. La hipótesis GAIA, la teoría de sistemas, y la reciente ecología, (la ciencia que estudia las interrelaciones entre seres vivos; no cuatro jipis tirando pintura a un barco de pescadores) demuestran que todos los seres vivos están completamente relacionados entre sí formando ciclos que la sola falta de uno de ellos los haría imposibles; en cada nicho, todos dependen de todos.

Otro detalle de que la competencia no le cuadra mucho son las bacterias, cuya cifra se estima en 5×1030 (más que todas las estrellas del universo) pues lo tendríamos muy jodido si quisiésemos competir contra ellas. De hecho fueron las que cambiaron la atmósfera gracias a la que se desarrolló la vida en la Tierra. Además, son fundamentales aún ahora para cualquier tipo de vida: bien sea en los suelos descomponiendo materia inerte, bien sea en nuestros estómagos e intestinos procesando lo que no hemos podido digerir, o incluso en las raíces de los árboles para que puedan fijar diversos minerales (hay especies que hasta desarrollan unos “puertos” para facilitar a las bacterias asentarse en sus raíces). El número de bacterías patógenas es una nimiedad entre todas las que existen (pero las que mejor conocemos porque son las que nos afectan y fue como las descubrimos) y algunas se convierten en patógenas bajo determinadas situaciones, por lo que se plantea que quizá seamos nosotros los que “las forcemos a ser malignas“.

Otro factor decisivo en la evolución hipotetiza que puedan ser los virus, los cuales tampoco son todos patógenos y algunos tienen la facultad de “infectar” a un ser vivo integrándose en su ADN y no volver a salir. Otros, en cambio, vuelven a escapar de su huesped, llevándose pedazos (copia) del ADN en el que se hospedaba. Cuando encuentra uno nuevo y se inserta en él, puede transmitirle algunas cadenas del anterior. Tal y como lo cuento parece una idea muy alocada, pero leyendo en detalle sus explicaciones resulta mucho más coherente (Teoría Sintética: Crisis y evolución). Del mismo modo, hay secuencias de ADN llamadas transposones que pueden intercambiarse dentro de la propia estructura de un mismo ser vivoy que se les supone de origen vírico.

Todo estoy mucho más me está pareciendo interesantísimo. Voy sólo a mitad del libro (cuatro artículos y medio, me quedan otros tres) y ya ardía en deseos de escribir sobre él. Hace poco ya extraje algunas ideas sobre la clara inspiración de Darwin en la naciente economía moderna de Adam Smith, y no dudo que vuelva a poner un par de posts con citas de artículos. Obviamente es imposible decantarse por ninguna corriente, pues sólo sabes lo que te cuenta cada bando (como siempre), pero me parece un buen ejercicio de reflexión y una nueva forma de ver la evolución.

En su página web están los ocho artículos y unos cuantos más. 100% recomendable.

Darwinismo y Economía

[…]Sin embargo, parece que va a resultar difícil un cambio de perspectiva, especialmente porque la concepción darwinista de la vida va mas allá de una teoría o hipótesis científica, porque  forma parte de toda una visión de la Naturaleza y de la sociedad con unas profundas raíces culturales en el mundo anglosajón, claramente hegemónico, en la actualidad, en el campo científico y  económico.

/…/

Estos antecedentes constituyen el sustrato sobre el que se construyó la “teoría científica” de Adam Smith, el “padre de la economía moderna”. Su idea rectora es que No es de la benevolencia del carnicero, cervecero o panadero de donde obtendremos nuestra cena, sino de su preocupación por sus propios intereses / … / que proviene de nuestra propensión a cambiar una cosa por otra. (“La Riqueza de las Naciones”, 1776). Para Adam Smith, es el egoísmo individual lo que conlleva al bien general: Por regla general, no intenta promover el bienestar público ni sabe cómo está contribuyendo a ello. Prefiriendo apoyar la actividad doméstica en vez de la foránea, sólo busca su propia seguridad, y dirigiendo esa actividad de forma que consiga el mayor valor, sólo busca su propia ganancia, y en este como en otros casos está conducido por una mano invisible que promueve un objetivo que no estaba en sus propósitos.

La base conceptual de Smith no era, como se puede ver, mucho más amplia y general que la de Darwin. Igual que éste convirtió las actividades de los ganaderos de su entorno en Ley General de la evolución, Adam Smith construyó su teoría a partir de sus observaciones de cómo actuaban sus vecinos y correligionarios. Es decir, un análisis (más bien, una descripción) de su entorno social, tal vez, incluso de la ciudad donde vivía.

[…]se estaba produciendo en Gran Bretaña una peculiar “revolución” de la burguesía contra la oligarquía y la nobleza, para arrebatarles el monopolio de la explotación de los trabajadores “y otras clases inferiores de personas”. Por eso, una de las máximas fundamentales del “liberalismo económico” era (y es) que los gobiernos no deben entrometerse en la libertad de “operaciones” del mercado, es decir, que dejen a la sociedad en manos de los realizan esas “operaciones”.

Malthus, que sólo salió de Inglaterra para una breve visita a Irlanda y un viaje al “continente” por razones de salud, elaboró su ensayo basado en la observación de las masas de desheredados que abarrotaban las calles de las ciudades inglesas. Su famosa tesis era que el aumento de la población en progresión geométrica, mientras que los alimentos aumentaban en progresión aritmética, impondría una “lucha por la vida”. 

[…]Pero, además, las víctimas de la “Revolución Industrial” (en la que jornadas de 16 horas de trabajo llegaron a ser comunes para los niños de seis, cinco y, a veces, de cuatro años, que alcanzaban a duras penas la adolescencia con deformaciones que permitían deducir en qué máquinas habían trabajado) y de la expansión colonial británica, necesitaban, probablemente, de alguna justificación “científica” y “objetiva” de las terribles situaciones creadas dentro y fuera del país. Y una de las más “autorizadas” fue la que ofreció Herbert Spencer. Economista y filósofo, en su primer y exitoso libro “La Estática Social” (1850), trata de dar algunas directrices, basadas en sus ideas sobre la evolución biológica, para llevarlas a la política social. Según él, los políticos no deberían intervenir en la evolución de la sociedad, pues ésta tiene un instinto innato de libertad. La sociedad eliminará a los “no aptos” y eligirá a aquellos individuos más sanos e inteligentes. En su opinión, el intento de ayudar a los pobres era un entorpecimiento de las “Leyes Naturales” que se rigen por la competencia. Según Spencer: Las civilizaciones, sociedades e instituciones compiten entre sí, y sólo resultan vencedores aquellos que son biológicamente más eficaces (Woodward, 1982). Fue él quien aplicó la famosa noción de la “supervivencia del más apto” (mas exactamente, del más “adecuado”) como el motor de las relaciones sociales.

Y, una vez más, para no “desentonar” con la metodología “científica” de los pensadores antes mencionados, todas las investigaciones de Spencer sobre otras culturas son “de segunda mano”. No están basadas en ningún trabajo de campo, ni siquiera en alguna observación directa, sino en relatos y observaciones de viajeros británicos (Ekelund y Herbert, 1995).

Estos son los cimientos “científicos” y “objetivos” (y, especialmente, metodológicos) sobre los que se edificaron las bases conceptuales de “la” teoría de la evolución (del darwinismo, para ser exactos). […]El método no fue mucho más empírico que los de sus antecesores conceptuales: consistió en la lectura, durante lo que describe como el período de trabajo más intenso de mi vida (“Autobiografía”, pag. 66) de textos especialmente en relación con productos domesticados, a través de estudios publicados, de conversaciones con expertos  ganaderos y jardineros y de abundantes lecturas. También de filosofía, política y economía. En “La riqueza de las Naciones” encontró Darwin las ideas de la importancia de las diferencias individuales y del resultado beneficioso de actividades “no guiadas”. Spencer le aportaría, posteriormente, la idea de que sólo los “más adecuados” sobreviven en un mundo de feroz competencia. Pero la revelación decisiva le llegó de los “filantrópicos” principios malthusianos. Así es como él mismo lo describe; En Octubre de 1838, esto es, quince meses después de haber comenzado mi estudio sistemático, se me ocurrió leer por entretenimiento el ensayo de Malthus sobre la población y, como estaba bien preparado para apreciar la lucha por la existencia que por doquier se deduce de una observación larga y constante de los hábitos de animales y plantas, descubrí enseguida que bajo estas condiciones las variaciones favorables tenderían a preservarse, y las desfavorables a ser destruidas. El resultado de ello sería la formación de especies nuevas. Aquí había conseguido por fin una teoría sobre la que trabajar (“Autobiografía”, pag. 67).

Con estos argumentos como conceptos fundamentales, no puede resultar extraño el enorme éxito de su libro, cuyas dos primeras ediciones ya descritas fueron seguidas, hasta 1876, de otras siete. En un período de máximo esplendor de la revolución industrial y del imperio británico, con muy duras consecuencias para las víctimas de ambos fenómenos, llegó la “explicación científica”. El título de su libro: “Sobre el Origen de las Especies por medio de la Selección Natural o el mantenimiento de las Razas favorecidas en la Lucha por la Existencia”, debió resultar muy sugerente para muchos de sus compatriotas (que no se encontrarían, lógicamente, entre los “desfavorecidos”).

El darwinismo parece haber vuelto a sus raíces de justificación teórica del “statu quo” social, aunque, en realidad, nunca se alejó mucho. A lo largo de los últimos 150 años, el vocabulario de la Biología sólo se ha diferenciado del lenguaje de la economía de mercado en los sujetos (banquero, empresa o bolsa, por individuo, especie o ecosistema, por ejemplo), porque los procesos y las reglas (“leyes”) que los rigen son prácticamente indistinguibles: las estrategias adaptativas, el coste-beneficio, la explotación de recursos, la competitividad, la eficacia de un comportamiento, o su rentabilidad, incluso las carreras armamentísticas (y muchos otros) se han llevado hasta los más recónditos procesos bioquímicos. De hecho, incluso en las secciones de periódicos relacionadas con la economía se puede leer: El mejor libro de negocios que se ha escrito es “El Origen de las Especies”…(“Digital Darwinism” en el País Negocios). Porque, en lo más profundo del Darwinismo, con sus inamovibles principios, lo que subyace en realidad no es el intento de estudiar o comprender la Naturaleza, sino el espíritu que guiaba las argumentaciones de Malthus, Spencer y el mismo Darwin: la justificación de las diferencias sociales y entre países colonizadores y colonizados (o “civilizados” y “atrasados”). Y esto explica la magnífica acogida de los libros “científicos” encaminados en esta dirección, su gran difusión y el gran prestigio que adquieren sus autores.

Una nueva Biología para una nueva Sociedad

Máximo Sandín

Pareidolia

Hoy he descubierto este nuevo término de rebote porque aparecía en un minipost de ayer en Microsiervos. La pareidolia es un fenómeno psicológico consistente en que un estímulo vago y aleatorio (habitualmente una imagen) es percibido erróneamente como una forma reconocible. Podría decirse que es como un prejuicio.

lavabo_pareidolia

Pareidolia es desde ver una cara en las imágenes superior e inferior, hasta escuchar frases en una canción donde se dice otra cosa (El mítico «chinito pescando» de Hotel California). Aquí y aquí tenéis varios ejemplos de pareidolia en famosas canciones, con audio y todo. Podéis encontrar más imágenes de pareidolias en esta web (de la que he sacado la imagen de las Torres Gemelas, la del lavabo de ésta otra). De hecho, existe un blog que únicamente publica imágenes de objetos que parecen caras.

pareidolia_torres_gemelas

Pero la pareidolia no es algo tan inocente como puede parecer a simple vista. No es una mera distracción con la que encontramos absurdas frases en canciones, figuras en las nubes o divertidas “caras” en objetos cotidianos. Parece ser una caracteristica propia de los seres humanos ―no sé si también de otros animales― que nos acompaña desde recien nacidos, convirtiendose en algo más complejo e interesante. Además, digo que no es tan inofensiva, porque es debido a esta cualidad que poseemos ―o defecto, como veremos, en algunas ocasiones― que algunos caen tan fácilmente en pseudociencias y demás falsas creencias como las famosas Caras de Bélmez, avistamientos de OVNIs, imágenes de vírgenes, etcétera.

“Hay gente que ha descubierto invocaciones satánicas en la música rock”, dijo Christopher French, psicólogo de la Universidad de Londres. Y sonó en el auditorio un fragmento de Stairway to heaven, de Led Zeppelin, reproducido al revés. El psicólogo preguntó al público si alguien había identificado la palabra Satán: un puñado de personas levantó la mano. La segunda vez que sonó la canción, casi todos escucharon Satán. Entonces, el conferenciante explicó que hay quien sostiene que ese fragmento contiene una larga invocación al Maligno y proyectó el texto en una pantalla. La gente se rio, incrédula. La música volvió a sonar y, sorprendentemente, todos escucharon la diabólica perorata donde antes no había nada. Ocurrió el 9 de octubre en Abano-Terme, cerca de Venecia, donde 420 científicos, ilusionistas y periodistas analizaron durante tres días el auge de la creencia en lo paranormal.
[…]
Pero que alguien sea más propenso por razones culturales a encontrar patrones donde no existen no quiere decir que haya gente inmune al fenómeno. “Nadie esta libre, porque se trata de una propiedad fundamental y característica de nuestro cerebro. Los procesos cognitivos y perceptivos son algo universal en nuestra especie”, señala Álvarez. El público de French en Abano-Terme no creía que hubiera un mensaje satánico en Stairway to heaven -como defienden algunos fundamentalistas cristianos-, pero lo acabó escuchando cuando el conferenciante dijo lo que debía oír. “Tan pronto como sabes lo que se supone que tienes que escuchar, lo percibes claramente”, explica el psicólogo inglés. Y, una vez que se interpreta un estímulo vago como algo coherente, resulta casi imposible no caer en la ilusión, aunque uno no crea que los cantantes de rock esconden mensajes en sus composiciones para quienes las reproducen al revés.

Pese a lo extraño que parezca, la explicación es bien sencilla: nuestro cerebro está diseñado para interpretar patrones en el mundo que nos rodea. Nuestra ventaja evolutiva sobre el resto de especies se basa en que somos capaces de aprender la experiencia de nuestros antepasados. Esta experencia es, a fin de cuentas, formas de resolver problemas a los que se enfrentaron (o nosotros mismos), de modo que necesitamos encontrar similitudes entre un problema resuelto anteriormente y con el que requerimos resolver en la actualidad; de modo que hemos de reconocer un patrón entre ambos. El reconocimiento de patrones también es lo que nos permite diferenciar caras, sonidos (voces), escrituras…

Con respecto al reconocimiento de patrones, parece ser que algunos estudios indican que hay una sustancia química responsable de ellos, la dopamina, y que un exceso de ella nos provocaría ver patrones donde no los hay, aunque no son nada concluyentes. Sin embargo, de ser cierto, la gente con mayor índice de esta sustancia podría ser más propensa a creer en lo sobrenatural ―caras de Bélmez, cacofonías…― y aquellos con un porcentaje menor, podrían ser más escépticas; pero esto no es algo que los estudios realizados puedan relacionar como única causa.

¿Pero por qué nuestro cerebro busca y encuentra algo donde no lo hay, formas definidas en borrones de tinta? Los expertos apuntan a que esa capacidad pudo suponer una clara ventaja evolutiva. “Es posible que uno de nuestros antepasados viera una mancha amarilla entre la maleza, saliera corriendo por temor a que fuera un tigre y al final se tratara de una fruta. Pero, si alguno no huyó por sistema ante un estímulo de esas características, es muy probable que acabara siendo devorado”, explica Álvarez. Descendemos del homínido que puso tierra de por medio entre una imagen o un sonido sospechoso y él; al que se quedó, tarde o temprano se lo comió una fiera.
[…]
Esta ventaja evolutiva tiene su contrapartida, como apunta Carl Sagan en su libro El mundo y sus demonios (Editorial Planeta, 1997): “Como efecto secundario involuntario, la eficiencia del mecanismo de formas en nuestro cerebro para aislar una cara en un montón de detalles es tal que a veces vemos caras donde no las hay. Reunimos fragmentos inconexos de luz y oscuridad e, inconscientemente, intentamos ver una cara. El Hombre en la Luna es un resultado”. “Al ser un proceso sobre el que carecemos de control consciente, puede derivar en ilusiones y alucinaciones”, señala Álvarez.

Ambos fragmentos están sacados de un artículo al respecto en Magonia de hace varios años. Si os ha parecido interesante esta característica os recomiendo que lo leáis entero para descubrir más curiosidades al respecto.

Otra cita que me ha gustado al respecto, también de Carl Sagan:

Tan pronto como el niño puede ver, reconoce rostros, ahora sabemos que esta habilidad está bien conectada en nuestro cerebro. Los bebés que hace un millón de años eran incapaces de reconocer una cara devolvían menos sonrisas, era menos probable que se ganaran el corazón de sus padres y tenían menos probabilidades de prosperar. Hoy en día, casi todos los bebés identifican con rapidez una cara humana y responden con una mueca. (Sagan, 45).

En el artículo de la Wikipedia inglesa de Pareidolia listan distintos tipos de situaciones en las que se da pareidolia, como la numerología, códigos bíblicos, mensajes subliminales y otras muchas. Como curiosidad, indicar que los famosos borrones de tinta tan utilizados por los psicólogos de las películas ―el llamado Test de Rorschach― se basan también en la pareidolia.

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