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Sin novedad en el frente

Tras disfrutar recientemente de la brillante película, decidí que tenía que leer el libro en el que estaba fielmente basada, y fue uno de esos grandísimos aciertos del que quedé plenamente satisfecho. No sólo me encantó e impactó, sino que no había leído nada tan desgarrador desde algunas de las más crudas escenas del Ensayo sobre la ceguera de Saramago, así que aquí va mi pequeño y merecido homenaje.

Novela antibelicista sobre un grupo de jóvenes soldados en la Primera Guerra Mundial, publicada por el alemán Erich Maria Remarque en 1929. El autor había sido reclutado para esa contienda a la edad de 18 años, donde muy pronto sufriría heridas por metralla que le harían guardar reposo en un hospital hasta casi el final del conflicto. Después, probó sin éxito muy diversos trabajos antes de lanzarse a la fama como escritor, siendo un vivo ejemplo de la generación que él mismo describió como «destruida por la guerra pese haber sobrevivido a la metralla».

El libro, que condena y refleja con todo detalle los horrores de la guerra, desmitificando el heroísmo y satirizando sobre la implicación en las mismas de los altos mandos y los gobiernos, fue uno de los muchos prohibidos —y quemados, como en los famosos sucesos en la Bebelplatz en 1933— durante el régimen nazi en Alemania por contener valores contrarios a la cultura germana que querían imponer. De su película (Lewis Milestone, 1930), ganadora de un Oscar, la revista Variety dijo que «La Liga de las Naciones no podría hacer mejor inversión que comprar la copia principal, reproducirla en cada idioma y proyectarla en todos los países hasta que la palabra “guerra” sea eliminada de los diccionarios».

El protagonista, que nos narra sus vivencias en primera persona, es Paul Bäumer un joven educado y sensible que es arrastrado a la oficina de alistamiento, junto a sus compañeros del instituto, por los discursos patrioteros del profesor de gimnasia Kantorek. Sin embargo, tras el primer día en el frente, todos esos discursos y el mundo que les habían dibujado, se desmoronaron al enfrentarse a la dura realidad que presenta el campo de batalla.

A partir de aquí destripo el argumento sin compasión; sin embargo, al no tratarse de una increíble trama ni poseer un sorprendente final, sino estar más bien compuesto de una serie de sucesos encadenados, tampoco considero que desvele ninguna información que vaya a destrozar la novela a quién no lo haya leído. De todas maneras, siempre se disfruta más descubriéndolo por nosotros mismos, así que dejo en las manos del posible lector la decisión de continuar leyendo o pasar antes al libro.

La historia comienza in medias res con Paul, ya veterano, y su compañía en retaguardia tras haber sido relevados del frente. Están saciados y disfrutan de doble ración de víveres, sin embargo «no nos estaban destinadas tantas provisiones. Los prusianos no son tan espléndidos. Todo lo debemos a un simple error». Acaban de sobrevivir a una cruenta batalla en la que han perdido a la mitad de los 150 hombres que eran; entre ellos Kemmermich, uno de sus compañeros de clase al que pronto verán morir en el hospital. Estas dos anécdotas marcan la tónica general que seguirá el relato: la crueldad de la guerra, la desidia de los mandos y las continuas muertes de quienes le rodean.

Mediante breves analepsis, además de contar el episodio de Kantorek antes descrito, Paul nos habla de su juventud, su familia y del periodo de instrucción, cuando tuvieron que soportar al terrible Himmelstoss, modesto cartero de profesión que, al verse con uniforme y poder, se convirtió en un auténtico tirano, lo cual da pie a reflexionar sobre la naturaleza de los hombres y cómo casi todos abusan del poder en cuanto se ven en posición de hacerlo; «y cuanto más cagones eran en la vida civil, más ínfulas tienen aquí», sentencia Kat como colofón al debate.

Kat, apócope de Katczinsky, con sus cuarenta años es el líder del grupo de Paul y, pese a la diferencia de edad, se convierte en su mejor amigo, a quién alaba y admira calificando como insustituible; cree «que es zapatero de oficio, pero esto no quiere decir nada; él sabe algo de todos los oficios». Nuestro protagonista le describe como pícaro y desprendido, con las ideas claras sobre la vida y capaz de encontrar cualquier cosa hasta en los lugares más desolados, especialmente comida —en un momento llegan a darse un festín con dos cochinillos— pero también mantas o paja para dormir más cómodos, indicando que tiene un sexto sentido para estas lides.

En más de una ocasión vuelven a las trincheras de primera línea donde sufren interminables bombardeos de la artillería enemiga —constantemente reforzada y mejorada—, e incluso de la suya propia dado el nulo mantenimiento de los cañones alemanes. Tienen que deslizarse en la oscuridad de la noche a arreglar las alambradas destrozadas por el fuego de la artillería, se enfrentan al gas, a embestidas de los soldados aliados —mucho mejor preparados y alimentados— que repelen como pueden, e incluso ellos mismos lanzan algún ataque, más alentados por la posibilidad de saquear las abundantes provisiones de sus enemigos que por el honor y la gloria militar.

En todas esas situaciones el protagonista describe sin reparos toda la brutalidad de la guerra: los novatos que no aciertan a cubrirse al oír el silbido de los obuses cayendo o que se quitan la máscara antigás demasiado pronto y muriendo al quemarse por dentro. Nos cuenta cómo pasan noches enteras escuchando a compañeros agonizando al haber sido alcanzados en el campo, a escasos metros de las trincheras, sin posibilidad de rescatarlos; por el tipo de estertores pueden especular si han sido alcanzados en una cadera, la cara, etc. El propio Paul pasa un día entero en un cráter con un soldado francés al que acaba de apuñalar en medio de una ofensiva y al que tiene que ver consumirse poco a poco frente a él, ante la imposibilidad de escapar por el constante fuego de las ametralladoras. Este tiempo le hace desquiciar al comprender que, sin el uniforme, podría ser su hermano y, por más que se empeñen desde la propaganda del régimen no pueden odiar a alguien que jamás habían visto.

A mitad del relato Paul recibe un permiso para visitar a su familia unos días y el regreso no puede ser más traumático pues se siente totalmente fuera de lugar. El sufrimiento en el frente le ha cargado de escepticismo y no soporta seguir encontrándose con patriotas, como su padre, que idealizan la guerra, esa guerra que le ha cambiado y que ha convertido su pueblo natal en un lugar extraño, al cual siente no pertenecer; añora aquí más a sus compañeros que antes a su familia, pues ha comprendido que son los únicos que pueden entenderle. Si todo el libro desborda nihilismo por doquier, es en estos días cuando aflora en sus pensamientos con todo su esplendor. A sus veinte años no conoce de la vida «más que la desesperación y la muerte, la angustia y el tránsito de una existencia llena de la más estúpida superficialidad a un abismo de dolor».

La segunda ocasión en que se aleja del frente es tras ser herido por metralla junto a su amigo Albert Kropp, con quien compartirá la convalecencia en distintos hospitales en los que trabarán amistad con otros soldados y verán morir a muchos más. Cuando Paul se recupera lo suficiente para levantarse, prefiere cojear fuera de la habitación para no tener que soportar la lastimera mirada de Albert, a quién habían amputado la pierna. En su deambular por el hospital «se da cuenta de en cuántos lugares puede ser herido un hombre» y describe con horror innumerables dolencias: «no puede comprenderse que encima de unos cuerpos tan destrozados se sostengan todavía rostros humanos en los que la vida siga su curso cotidiano. […] Tan sólo el hospital da un auténtico testimonio de lo que es la guerra».

Vuelve a las trincheras, pero cada vez es todo más triste, más descarnado, la guerra está claramente perdida y los hombres mueren disciplinadamente regimiento tras regimiento ante la superioridad numérica y tecnológica de sus enemigos. Casi no quedan veteranos, a lo largo del relato han ido muriendo todos, tanto sus compañeros de clase como los nuevos camaradas que hizo durante la contienda. Los que llegaron a la guerra mayores, con oficio y familia, podrán volver a ello, afianzarse a algo y continuar; los jóvenes, aunque sobrevivan, no podrán adaptarse a la vida civil, la guerra los habrá destrozado y no tendrán nada a lo que agarrarse a la vuelta.

El orden de las letras del teclado

Distribución de teclado es el nombre que se le da a un cierto orden de letras en nuestro teclado. Hay varias de estas disposiciones, aunque la más famosa con diferencia es QWERTY y sus variantes: como AZERTY que usan franceses y portugueses o QWERTZ para los alemanes.

El orden de las letras en nuestro teclado no es fortuito. Pese a que la máquina de escribir existiese en muy diversas formas más de cien años antes, fue en 1868 cuando Christopher Sholes diseñó y patentó el primer modelo comercial de éxito que pronto, 1873, sería comprado por E. Remington and Sons popularizando la distribución QWERTY.

Esta compañía surgió cuando Eliphalet Remington, en 1816, tuvo una de esas ideas que mueven a los hombres a grandes empresas: pensó que podría construir un arma mejor que cualquiera que pudiera comprar. Y vaya si lo consiguió. A pesar de comenzar como un proyecto personal, en seguida todos su vecinos quisieron una, por lo que decidió constituir la empresa. Durante los siguiente años la calidad de sus rifles se hizo suficientemente famosa como para ser el principal proveedor de rifles del ejército norteamericano durante la guerra contra México (1846-48). A finales de los 50, y sobre todo tras la Guerra de Secesión estuvieron muy interesados en diversificar el negocio, de modo que empezaron a vender máquinas de coser, biciletas, útiles agrícolas y otros aparatos mecánicos. Así que la empresa de Remington tenía la maquinaría, los expertos mecánicos, la fama y las ganas necesarias para iniciarse en el negocio de la mecanografía. No sólo eso, sino que estaban situados en Ilion, en medio del estado de Nueva York , no muy lejos de donde terminaría trabajando nuestro protagonista. Aún así no dejaron las armas de lado, a finales del XIX eran los fabricantes de armas más exitosos del mundo (aparecen en la bandera de Guatemala); la compañía terminaría por llamarse Remington Arms y tiene el “honor” de ser la empresa más antigua de Estados Unidos que continua fabricando su producto original.

Sholes, que trabajaba como editor de un periódico en Milwaukee, empezó interesándose por automatizar ciertas tareas como numerar páginas de libros o boletos, pero pronto el proyecto fue a más cuando se unió a Carlos Glidden y terminaron desarrollando un primer modelo que 1868 con dos filas de teclas en lugar de las cuatro que conocemos, con las letras estaban ordenadas alfabéticamente. ¿Por qué dos líneas? Pues porque el artículo que les motivó describía una nueva máquina de escribir, de forma figurada, como “piano literario” y de hecho se inspiraron en el mecanismo del piano, utilizando realmente un sus teclas, en el que blancas y negras representaban cada fila. En realidad el Pterotipo de John Pratt del que hablaba el artículo en nada se parecía a este instrumento como se ve en las fotos, pero su artículo no llevaba fotos.

Pero tras eso siguió un intenso proceso de análisis y pruebas que condujo en 1873 a presentar un modelo definitivo a Remington, quién adquiriría los derechos y, tras un par de pequeñas modificaciones presentaría y popularizaría a la distribución QWERTY que hoy en día conocemos sin apenas cambios mayores.

Un falso mito bastante extendido dice que Christopher Sholes ordenó las letras intencionadamente para escribir más lento y así evitar atascos en las partes mecánicas, que eran uno de los principales problemas de todas estas primigenias máquinas. En realidad con el orden, más que buscar la lentitud o incomodidad del mecanógrafo, pretendía separar las letras que se pulsan seguidas lo suficiente para que no chocasen entre ellas al subir o bajar, nada más.

Para saber qué letras separar es muy probable que se basase en los estudios de pares-frecuencia realizados por Amos Densmore, hermano de James Densmore, uno de los principales inversores en su idea; donde contaba el número de repeticiones de cada par de letras en un texto.

Otro método, mucho más sencillo, para evitar atascos fue distribuir las columnas en diagonal en lugar de crear una rejilla perfecta con las teclas. Estamos tan acostumbrados a ver así los teclados que nos parece hasta normal, pero si nunca hubiésemos visto uno y nos encomendasen fabricar el primero, la mayoría lo ordenaríamos perfectamente recto. De hecho existen teclados así y aseguran provocar menos lesiones musculares, o cansancio, por tener que desplazar menos los dedos, ya que las teclas quedan más juntas. Por el mismo motivo afirman ser más rápidos.

La historia del diseño de estas máquinas está, al igual que cualquier otra, llena de pequeñas maravillas de la ingeniería. Por ejemplo, con el fin de poder hacer iguales todas las barras que sujetan las letras que se imprimen, éstas se ensamblan en un segmento de disco circular, de modo que todas quedan a la misma distancia del centro; seguro que ahora os vienen a la cabeza imágenes de máquinas de escribir y caéis en que la parte curva donde reposan las letras formaría una circunferencia perfecta si la continuásemos. También es curioso que al principio el mecanógrafo no podía ver lo que estaba escribiendo, pues el papel se golpeaba por debajo: tenía que esperar a pulsar intro y desplazar el papel (de ahí el rodillo en el que está insertado) para poder comprobar el texto impreso. No fue hasta 1895 que desarrollaron las innovaciones para ver lo que se estaba escribiendo, introducidas principalmente de la mano de Thomas Oliver.

Cuando los primeros ordenadores se crearon puedo imaginar a algún hacker antediluviano modificando una máquina de escribir para hacer los agujeros adecuados en las primeras tarjetas o modificar la salida las máquinas eléctricas (ya eran populares en los años 40) para comunicarse con el ordenador. Buscando un poco he encontrado la Friden Flexowrittersiguiente imagen.

Y no sólo estamos hablando de la facilidad de incorporar un elemento que ya estaba muy desarrollado (como el teclado electrónico): si se pretendía que el ordenador triunfase y se hiciese un hueco en las oficinas se tenía que facilitar el paso a éste; así que teniendo un ejército de eficientes mecanógrafos acostumbrados a una distribución específica es fácil entender que nadie se plantease seriamente hacer teclados de ordenador muy distintos de como eran en las máquinas de escribir.

Resulta muy sorprendente darse cuenta de que el orden de las letras de la mayoría de teclados está basado en resolver un problema puramente mecánico de hace 150 años. Es una distribución que era muy ingeniosa para evitar el problema de atasco que sufrían las máquinas de escribir, pero que obviamente no existe con los teclados actuales, pero siguen arrastrando el mismo sistema invariablemente.

Por supuesto mucha gente ha pensado en esto antes, por lo que hay diferentes distribuciones de teclado muy distintas de QWERTY, como Colemak, Neo, HCSAR… pero son prácticamente variedades regionales; al igual que existen distribuciones distintas para todos los otros lenguajes no basados en caracteres latinos (aunque luego no dejen de tener algo latino paralelo que suele ser QWERTY).

La alternativa más popular de todas es la que desarrollaron August Dvorak y su cuñado William Dealey durante los años 30 (cuando empezaban a aparecer máquinas de escribir eléctricas), pero que nunca llegó a triunfar. Se marcaron como objetivo diseñar científicamente un teclado para disminuir los errores de mecanografía, aumentar la velocidad y rebajar la fatiga del mecanógrafo (llegaron a estudiar la fisiología de la mano además de mucha estadística de frecuencias de palabras).

Numerosos estudios entonces demostraron una mayor velocidad con teclados Dvorak (a día de hoy desprestigiados dado que los principales los dirigió su propio creado) e incluso llegaron a ganar varios campeonatos de mecanografía —por aquel entonces eran populares los concursos de velocidad de escritura—, pero todo fue en vano. Otros estudios más recientes concluyeron que no había diferencia de velocidad significativa entre mecanógrafos utilizando teclados QWERTY o Dvorak. A pesar de su poca difusión, cualquier sistema operativo moderno está preparado para trabajar con uno de estos teclados.

Entre las causas que se citan para el poco éxito destacan que apareció en mitad de la Gran Depresión y luego llegó la 2ª Guerra Mundial, que paró la producción de máquinas de escribir (guerra total); tampoco consiguió hacer que el público fuese consciente de su existencia. Sumando estos dos factores es difícil que consiguiese convencer a ningún fabricante para hacer un lote suficientemente grande que ayudase a generalizarlo.

Por supuesto el diseño de los teclados Dvorak está lleno de otras curiosidades, como que la inmensa mayoría de las palabras se escriben con la línea central del teclado (requiriendo menor movimiento de dedos), en un porcentaje muy superior a lso QWERTY, pero ya son otra historia.

Lo sabían, y no hicieron nada

En este artículo pretendo desmontar la falsa excusa esgrimida por la clase política de que nadie podía prever el fin de la burbuja inmobiliaria con sus dramáticas consecuencias, o incluso de la existencia de la misma, tantas veces negada o presentada eufemísticamente como un ciclo alcista o sobrevaloración.

Para ello, citaré artículos de altos cargos del Partido Socialista cuando estaban en la oposición durante los años 96-2004 en los que veían muy claro el problema de la burbuja que se estaba gestando en nuestro país, y los compararé con las medidas (nulas) que aplicaron una vez llegaron al poder. No citaré ningún artículo posterior por la sencilla razón de que, pese a haber escrito de forma prolífica antes de las elecciones de 2004, una vez estuvieron frente al Gobierno —y a la vista de las jugosas cuentas— dejaron de considerarlo un problema y prefirieron seguir alimentando la vorágine del ladrillo. (En realidad el último artículo “duro” es de Miguel Sebastián en junio de ese año, dos meses después de la investidura; quizás antes de decidir que preferían dejar las cosas como estaban.)

Me centro en la actividad del PSOE puesto que ha demostrado un insuperable cinismo al criticar la burbuja inmobiliaria mientras estaba en la oposición, hasta el punto de prometer combatirla en su programa electoral de 2004 (véase página 128 del mismo), y luego se quedó de brazos cruzados continuando la política del Partido Popular en esta materia y dejando que explotase por sí misma de la forma abrupta y salvaje en que lo ha hecho en lugar de tomar medidas que la suavizasen; más aún, negando hasta el último momento la crisis que ya estaba llegando y dilapidando el dinero público en medidas populistas y vacías de toda consideración socialista.

Por supuesto la burbuja fue potenciada por el PP durante su gobierno de 1996-2004, pero eso forma parte de su política y del neoliberalismo al que representan y no es lo que vengo a criticar (aunque también negaran en público su existencia), pues daría para otros discursos; sino la mentira, el cinismo, la soberbia y la sinvergonzonería de quienes se hacen llamar, falsa y erróneamente, Socialistas y Obreros —nombre por el que, si hubiera justicia en este país, se les debería denunciar por publicidad engañosa—.

Aclarado este punto, comencemos. Copio los fragmentos relevantes y enlazo a cada artículo al final de la cita del mismo, especificando la fecha. Como se ve, también los muestro en orden cronológico. Las negritas son mías.

Narbona, que comparecía en conferencia de prensa junto a Fernando Morán, alertó ayer al mundo empresarial madrileño sobre el fin de la presente fase económica -“la actual burbuja especulativa puede explotar en un año o año y medio”, dijo- e invitó a este sector a participar en los proyectos de construcción de viviendas de protección oficial que su coalición preconiza.

“La burbuja especulativa puede explotar en un año”, advierte Cristina Narbona (09/06/1999)

Desde 1998, el precio medio de una vivienda en España ha subido un 88%, un ritmo promedio anual del 13,5%. En ese mismo periodo, los precios de consumo lo hicieron a una tasa anual del 3%. Ello supone un aumento del precio real o relativo de la vivienda del 10,5% por año. […]

¿Qué tiene de malo que suban los precios de la vivienda? En principio parece que nada, pues se trata de un aumento de la riqueza generalizado, dado que un 85% de la vivienda en España es en propiedad. Pero hay dos objeciones. La primera, que los precios pueden caer en algún momento del futuro, provocando un “efecto riqueza” negativo. La expectativa de dicha caída podría provocar una venta de viviendas, alimentando la espiral contraria. La segunda es que el endeudamiento hipotecario ha alcanzado tal nivel que una caída de dichos precios podría afectar negativamente a la estabilidad del sistema financiero.

¿Qué se puede hacer frente a este fenómeno en un país en el que parece que ya hay exceso de ladrillo y no se puede prometer más construcción masiva? Lo primero, hablar de ello. Mencionar la burbuja puede frenar las expectativas de revalorización y, con ellas, la demanda. En España, el Gobierno ha mostrado irritación al oír hablar de la burbuja inmobiliaria, un tic antidemocrático que recuerda al del Gobierno chino, que de entrada negó el SARS y sólo pudo empezar a atajarlo con su reconocimiento público.

Miguel Sebastián – El Ladrillo y la burbuja (22/06/2003)

Frente a todos, el ministro Rato ha declarado que “los precios de la vivienda en España no están artificialmente altos” y ha emprendido una campaña contra la idea de que hay una burbuja inmobiliaria en España. Como nadie puede pensar que Rato no vea lo que ve todo el mundo, hay que buscar la explicación en el miedo con que cualquier responsable de Economía ve acercarse el final de un modelo de crecimiento basado en el boom inmobiliario y en la explosión del endeudamiento de las familias. Y es que, cuando este patrón de crecimiento llegue al final, empezarán a aparecer las consecuencias negativas que acompañan al descenso de la burbuja. Cuando los precios de la vivienda empiecen a caer, la gente echará de menos lo bien que se vivía cuando subía de precio.

Miguel Ángel Fernández Ordóñez – Los problemas del final de los problemas (04/07/2003)

Zapatero acusó al PP de haber generado una “burbuja inmobiliaria” con una política basada “en el ladrillo y en la especulación” que está poniendo en riesgo al conjunto de la economía española porque puede estallar. El líder del PSOE destacó que, en 1996, un ciudadano con ingresos medios podía comprar una casa con el salario íntegro de cuatro años, mientras que ahora se requiere el de siete años.

Zapatero denuncia el fracaso del PP en materia de vivienda (y en El Pais) (4/10/2003)

La burbuja inmobiliaria está amenazada por una situación de “máximo riesgo” debido a la combinación de exceso de viviendas y precios desorbitados, según advirtió ayer el responsable de economía del PSOE y probable asesor del próximo Gobierno, Miguel Sebastián.

Sebastián advierte del máximo riesgo de burbuja inmobiliaria (25/03/2004)

La actual burbuja inmobiliaria obedece “en buena parte” a las deducciones fiscales por compra de vivienda. El director de la oficina económica de la Presidencia del Gobierno, Miguel Sebastián, irrumpió ayer con esta idea en el debate sobre los precios de la vivienda y culpó al anterior Gobierno del PP por mantener las deducciones en la reforma del IRPF de 1998. Sebastián se refirió a esta decisión como “el mayor error en política económica del PP” y lo vinculó directamente con la escalada de precios de los inmuebles. “Si no se hubiera proseguido con esa política, probablemente nos hubiéramos ahorrado buena parte de esa sobrevaloración [de la vivienda], como la llama el Banco de España”, aseguró Sebastián ante una audiencia de empresarios y directivos reunidos por la Asociación para el Progreso de la Dirección..

El asesor económico de Zapatero culpa al PP de la ‘burbuja’ inmobiliaria por no suprimir las deducciones (23/06/2004)

La autora del primer artículo, Cristina Narbona, fue Ministra de Medio Ambiente en la legislatura 2004-08. Durante su mandato aplicó por primera vez la Ley de Costas (1988) que hacía legal la demolición de construcciones ilegales en la zona de dominio público marítimo-terrestre de los litorales. Ésta, que podría considerarse la única acción —aunque tenue— tomada por el gobierno socialista contra la especulación (es un hecho que el litoral es la zona más afectada por la especulación inmobiliaria), se torció radicalmente durante la siguiente legislatura cuando Narbona fue sustituida y se aprobó, de tapadillo y sin pasar por el Congreso, una reforma de la Ley de Costas para permitir a los dueños de las casas construidas en zonas ilegales que las vendieran, cosa que la anterior ley prohibía (lo cual las revalorizó).

Las estadísticas que aporta Miguel Sebastian (actual ministro de Industria, pero asesor económico de Zapatero en su anterior legislatura) en su tribuna del El País son asombrosas ya en aquellas fechas, recomiendo leer el artículo (el segundo que he enlazado, el de 2003). Entonces ya criticaba que la deducción por vivienda estaba alimentando esta crisis entre otras cosas, pero a su partido no se le ocurrió eliminarla cuando llegó al poder un año después, sino que tuvimos que esperar a 2009/10, con la burbuja más que reventada.

Miguel Sebastián, una vez del lado del gobierno, dijo en 2006 que en España cabían 22 millones de inmigrantes más. Sin entrar en debates sobre si las fronteras han de estar abiertas o cerradas (o no existir), nadie puede negar que a la inmigración se le ha dado carta blanca durante la última docena de años precisamente porque hacía falta mano de obra para el boom inmobiliario, y porque lo alimentaba al necesitar estos mismos inmigrantes un hogar dónde vivir. Hacer una afirmación como esa en 2006 (cuando la venta de pisos comenzó a desacelerar) equivale a negar que exista ninguna burbuja, pues una burbuja, por definición, termina reventando. Una burbuja y una explosión que, como hemos comprobado, él mismo vio claramente mientras no gobernaba su partido.

M. A. Fernández (tercer artículo) también es un destacado economista del PSOE, que ya fue Secretario de Estado de Economía en la legislatura 1982-86. En 2004 era secretario de Estado de Hacienda y Presupuesto hasta que en 2006 fue nombrado Gobernador del Banco de España, cargo que ostenta en la actualidad. En septiembre de 2007, preconizando el esperpento de gasto y promesas vacuas que implicarían las elecciones, solicitó a Zapatero en una comparecencia en el Congreso que no derrochase el superávit, sabiendo que era mejor guardarlo para cuando viniesen las vacas flacas que malgastarlo en medidas populistas para ganar unos cuantos electores.

El gobernador del Banco de España dijo que no iba a criticar ninguna medida concreta, pero recomendó a los partidos que “cuiden y midan mucho” sus promesas electorales para evitar que se pierda el superávit. Este exceso de recaudación, cifrado en 17.575 millones de euros, “es un activo importantísimo, sobre todo en momentos como éstos, en los que no se sabe el impacto final que tendrá la crisis de liquidez en todas las economías, incluida la española”.

¿Buscas casa? Keli Finder te encamina

Como adelantaba antes, todos estos artículos no eran opiniones individuales de destacados miembros de la cúpula socialista, sino que estaba incluido claramente en el programa electoral con el que concurrían a las elecciones de 2004; aunque como todo el mundo sabe los programas electorales en este país son para limpiarse el culo, siendo un más que claro caso del prometer hasta meter, y una vez metido olvidar lo prometido.

El fracaso de la política de vivienda y suelo del PP es evidente: a pesar de la elevadísima oferta de viviendas nuevas durante el periodo 1998-2003, en dicho periodo el precio de la vivienda se ha incrementado cinco veces más que los salarios, dificultando, de forma creciente, el acceso a la vivienda de los jóvenes y de las familias de menores ingresos, y provocando un rápido aumento del endeudamiento de los españoles.

El acceso a una vivienda digna, a precio asequible, en una ciudad más habitable y en un territorio más equilibrado, es un derecho consagrado en la Constitución. El principal objetivo del PSOE es, en colaboración con las CCAA y los Ayuntamientos, hacer efectivo ese derecho, mediante una

política permanente de vivienda y suelo, superando todo enfoque coyuntural, de forma que ningún español tenga que comprometer más del 30% de su renta para disfrutar de una vivienda digna (nueva o usada, en propiedad o en alquiler), y ubicada en un entorno habitable que permita la adecuada satisfacción de sus necesidades básicas.

El PSOE se compromete a luchar contra la especulación, favoreciendo la corresponsabilización de los ciudadanos, reforzando el control público del urbanismo y la penalización de la corrupción, modificando las normas que favorecen la especulación, y fomentando la vivienda protegida y el control sobre la misma.

En VPO prometían la construcción de 180 000 al año, pero sólo llegaron a las 95 000 en su mejor año (2007); sabiendo que en 2003 fueron 70 000 tampoco es un incremento tan grande. No es un incremento en absoluto cuando se compara con el aumento de construcción de vivienda y se ve que ambas cifras aumentan en el mismo porcentaje (en 2003 son 620mil pisos en total y en 2006 760mil). Tras mucho rato buscando tablas con estas cifras por la red, al final  las he encontrado perfectamente detalladas en el INE, bendita página. Se corresponden obviamente a la vivienda iniciada, que es la relevante a la hora de valorar las iniciativas gubernamentales.

Aparte de la VPO hay muchas otras medidas que se podían aplicar para paliar la especulación como fomentar el alquiler; de hecho, en el programa electoral afirmaban textualmente «Pretendemos elevar el porcentaje de viviendas en alquiler del 11% actual al 20% del total del parque existente». A día de hoy, según la Encuesta de Calidad de Vida publicada por el INE hace dos semanas, hay un 11,8% de personas viviendo en régimen de alquiler en nuestro país.

Para este fomento del alquiler podrían haber eliminado la deducción por compra de vivienda ya en 2004 y no haber esperado a 2010; también tuvimos que esperar al 1 de enero de 2008 para ver una ayuda en el alquiler a menores de 35 años en lugar de haberla aprobado al momento de llegar al poder. Lo tenían claro a la hora de escribir el programa, pero no a la hora de ejecutarlo.

Otras medidas también prometidas para frenar la especulación y fomentar el alquiler pero que tampoco se llevaron a cabo fue el aumentó los impuestos sobre las viviendas deshabitadas o a las segundas viviendas.

En toda esta sucesión de promesas incumplidas, posibles soluciones no aplicadas y completo inmovilismo ante la impasible escalada de precios, el Ministerio de Vivienda, creado para colocar a más amigotes a chupar del bote paliar el problema reconocido del acceso a la vivienda, tuvo las dos ideas definitivas, ambas paradigmas claros del hacer político español; dos iniciativas que, como digo, resumen brillantemente todos los intentos anteriores y posteriores de encontrar una solución.

Primero, en abril de 2005 llegaron a la conclusión de que si una vivienda digna era muy cara, lo mejor era encerrar a la gente en zulos de 30 metros cuadrados llamados «soluciones habitacionales». Como nos tienen acostumbrados los políticos españoles, una medida únicamente enfocada a camuflar las estadísticas; «servirán para moderar el precio de la vivienda» dijo la ministra Trujillo. Obviamente si pasamos de comprar pisos de 60 ó 90m², a otros de 30m², el precio de la vivienda tiene que bajar por huevos, pero nadie habla del precio por metro o de la calidad de la misma.

La segunda iniciativa me sigue apasionando todavía hoy, cinco años más tarde. Me tiene cautivado pese a que la mayoría de la gente a la que se la menciono no se acuerda en absoluto. Aunque fuera en conjunción con el Ministerio de Vivienda, el verdadero terrorista ideológico de tan magna obra es el mismo Consejo de la Juventud que ya en enero de 2005 nos deleitó con el Referendum Plus, una inigualable campaña para animar a los jóvenes a votar la Constitución Europea (y que tampoco recuerdan muchos).

La imagen que este Consejo tiene de la juventud la describe acertadamente Ignacio Escolar —en una de esas raras ocasiones en las que puedes estar de acuerdo con él sin necesidad de estar afiliado PSOE— «esa gente rara que se pone piercings, bebe kalimotxo y repite “mola” cada dos frases»; no me extrañaría que los miembros del CJE ya fuesen viejos cuando se fundó este organismo en 1983. Tampoco me sorprendería que fuesen los mismos que han perpetrado la bebida energética de Rajoy consistente en zumo de manzana. Y si no son culpables del rap Yo pongo condón, poco les faltará porque sigue las mismas técnicas carcas de acercarse a la juventud (y que a la postre tuvieron problemas legales por plagiar la canción). Espero, para los amantes de lo cutre y bizarro como yo, que encarguen nuevas campañas al CJE; al principio te cabreas de que se gaste dinero público en semejantes despropósitos, pero cuando vuelves a verlo al cabo de los años no puedes sino reirte a gusto y hasta los recuerdas con nostalgia.

Bien, esta otra iniciativa de la que hablaba, el segundo y último intento del Gobierno por solucionar el problema de la vivienda fue el Keli Finder, una especie de buscador de pisos presentado como unas alpargatas, dando a entender que si alguien quería encontrar una vivienda a un precio que no le hipotecase de por vida iba a tener que gastar suela. No era broma, encontrar una vivienda en aquella época sin precios que te arruinaran para siempre hubiera requerido andar hasta cruzar la frontera.

No sé cómo de buena sería la información que otorgaba este buscador, pero debido al envoltorio en el que fue presentado nació muerto: nadie se lo tomó en serio. Y eso que no me cabe ninguna duda de que se invirtió muchísimo más en la campaña de marketing que en el proyecto en sí, creando hasta una cuña de gomaespuma, politonos para el móvil y 10 mil pares de zapatillas. Y tiene delito que, además de gastarse más en la forma que en el contenido, precisamente el envoltorio sea lo que mate el producto antes de conocerlo.

En resumidas cuentas, todo lo que este gobierno fue capaz de hacer para solucionar el problema de la vivienda cuando estuvo en su mano fue legalizar las casas de 30m² y animar a los jóvenes a patearse las calles.

No contentos con no haber hecho nada, todavía el 24 de abril de 2007 tuvieron la desvergüenza de afirmar lo siguiente:

El Gobierno ha negado rotundamente que la Bolsa española se encuentre en una situación “que pueda ser catalogada de desplome” y afirma que en ningún caso se puede hablar de que se “desinfle ninguna burbuja inmobiliaria”.

Ya de por sí, el uso de la expresión «ninguna burbuja inmobiliaria» implica la negación de la misma; que manda muchos cojones a estas alturas de la película. Si, además, aprovechamos para echar un vistazo a la Bolsa, veremos que ese día no era sino el inicio de una larga caída desde los 14 913,30 puntos de entonces (seis meses después con 13 965,50 Zapatero haría unas todavía más vergonzosas declaraciones) que se prolongaría hasta el 9 de marzo de 2009 con 6817,40 puntos. Una “correción” o “desajuste”, como lo denominaba entonces el PSOE, del 55%, casi nada oiga. Hoy hemos cerrado en los 8596,40.

Por supuesto hace unas semanas, a toro pasado y en vista de la campaña electoral, Rubalcaba entonó un exiguo mea culpa: «Teníamos que haber pinchado decididamente la burbuja inmobiliaria, y lo hicimos tímidamente, y eso ha pesado sobre nuestra economía». Pero ahí quedó todo. Sí, es muy bonito reconocerlo públicamente, de cara a la galería, pero como es costumbre en este país nadie asume responsabilidades. Si cuando estaba claro cuál era el problema y existían distintas alternativas de atenuarlo, como reconocen en sus artículos y su programa electoral, no hicieron nada ¿cómo esperan que nadie deposite su confianza en ellos nunca más?

Lo sabían, y callaron como putas sin hacer nada salvo engordar sus propios bolsillos.

Y ojo, que terminará indefectiblemente pasando por aquí algún ciber-pepiño o fanboys socialistas a insultar, porque ése es su único argumento, y a llamarme pepero por exponer la realidad que adolece este país; para los ciegos votantes del PPSOE el que no está con ellos pertenece al otro ala del partido. Pero antes quiero recordar —aunque ninguno de ellos vaya a llegar a leer hasta aquí— que en ningún caso la alternativa es el Partido Popular, pues su solución a la crisis a la que hemos llegado apilando tochos es… más ladrillo. La política que seguirá el PP no es en ningún caso distinta de la que ha seguido el PSOE, pues son un único partido (PPSOE) interpretando un fingido odio al servicio del FMI. La campaña “¡que viene la derecha!” que lleva jugando el PSOE durante 30 años ya no tiene sentido (ni tenía entonces, pero era más dismulado) cuando la derecha ya está bobernando.

(La idea de esta entrada salió al ver varios artículos publicados por foreros de burbuja.info en respuesta a un tema que inicié en ese foro sobre el conocimiento de Rato en 2004 de que iba a venir una dura crisis económica, a los cuales agradezco su participación. Si quieres entender de verdad la situación financiera y política internacional, te recomiendo visitar este foro, donde he leído algunos de los análisis y críticas más lucidos de internet).

La caída de los dioses y su contexto histórico

La caduta degli dei es una pedazo de película rodada por Luchino Visconti en 1969. Algunos de los argumentos que he leído por internet (afortunadamente después de ver la película) se pasan de dar detalles, así que explicaré la trama de forma muy breve. Está ambientada en la agitada Alemania de los años 30, y cuenta las desventuras, intrigas y luchas de poder en que se ven envueltos los Essenbeck, una familia aristocrática dueña de una importante industria siderúrgica que comienza a hacer negocios con el partido Nazi.

En el reparto destacan una maquiavélica Ingrid Thulin, y un polifacético Helmut Berger. Varios de los personajes presentan una marcada evolución durante el transcurso de la película, a medida que se enfrentan a las duras situaciones en las que se ven envueltos. Estos grandes cambios de carácter me han recordado en cierto modo al que sufren los protagonistas de La Vergüenza, de Bergman, que casualmente es de 1968 y la vi hace dos semanas. Aprovecho la mención para recomendarla (trata sobre una pareja felizmente casada que por azares de la vida se salva de una invasión a su país en la que mueren todos sus vecinos y llegan a ser acusados de alta traición por su propio gobierno).

Con una cuidada fotografía, una de las cosas que más me han llamado de la obra es el juego de Visconti con el zoom. No sé si se repite en el resto de su filmografía (que tras La Caída de los dioses ha pasado a la ya demasiado larga lista de pendientes), pero a mitad de la película me fije en que en muchas ocasiones pasaba gradualmente de primeros planos a planos generales (y viceversa) para añadir dramatismo y significado a la escena. Además, con una breve imagen, mirada o gesto es capaz de transmitir su mensaje con muchísimo significado.

Del mismo modo, cuando se nombran acontecimientos reales se hacen muy de pasada, pero entender el contexto histórico en el que sucede la película puede ser bastante útil y ayudar a disfrutarla más; por lo que voy a dar algunos detalles al respecto.

En 1932 hubo elecciones parlamentarias en julio y en noviembre. En ambas el partido nazi consiguió mayoría de votos (en torno al 35% de escaños) pero ningún partido obtuvo los suficientes apoyos para gobernar. Ante la imposibilidad de formar ningún tipo de gobierno de coalición, y tras algunas piruetas, Hitler asumió la Cancillería hasta las próximas elecciones el 5 de marzo de 1933. Ser el Cánciller le permitió utilizar radio y prensa para su campaña política, así como desviar fondo estatales para lo mismo.

La película empieza con el incendio del Reichstag el 27 de febrero de 1933, del que se acusó al Partido Comunista (pese a que asume que fue una maniobra del partido nazi, a día de hoy no hay pruebas concluyentes de que así fuera). Esto permitió a Hitler presionar a Hindenburg, Presidente de la República, para aprobar al día siguiente el Decreto del Incendio del Reichstag, el cual activaba el Estado de Emergencia y suspendía (hasta nuevo aviso) los derechos fundamentales como la libertad de asociación o prensa, y otorgaba al estado central el control de las fuerzas del orden, que antes dependía de cada estado federal. Así, además de la campaña de desprestigio a los comunistas al acusarlos del incendio, gracias a este decreto pudieron detener a varios de sus líderes.

Cuando se celebraron las elecciones una semana después, el partido nazi obtuvo el 43%, pero se las arregló poco después para conseguir los votos suficientes para aprobar la Ley Habilitante el 23 de marzo del mismo año. Esta ley permitía a Hitler y a su gabinete a aprobar leyes sin necesidad de ser aprobadas en el Parlamento. La aprobación de la ley fue muy controvertida, y en el momento de la votación llegaron a entrar las fuerzas de la SA para intimidar a los diputados.

El siguiente suceso histórico que aparece en la película, se trata de la quema de libros señalados como contrarios al espíritu alemán (autores judíos y socialistas, entre otros) que sucedió la noche del 10 de mayo de 1933. Aunque el lugar más recordado popularmente es la Opernplatz en Berlin donde se grabó un discurso de Goebbels durante la quema, en la película aparece una de las 34 ciudades universitarias donde se repitieron los hechos. La escena comienza con los alumnos sentados en clase y un profesor leyendo una lista de los autores prohibidos. Como curiosidad, acabo de transcribir los que menciona: Erich Maria Remarque, Arnold Zweig, Stefan Zweig, André Gide, Helen Keller, Jack London, Marcel Proust, Émile Zola, John Bernard Shaw, Margaret Sandler (de la última no estoy seguro).

Para terminar, durante la película se hace referencia a la constante confrontación entre el Reichswher (ejército), las SA y las SS. Las Sturmabteilung eran la organización paramilitar del partido nazi; usada inicialmente para controlar a posibles boicoteadores en los mitin de Hitler, pronto empezaron a hacer lo contrario en los de sus adversarios políticos. Pese a empezar con unos miles de hombres, cuando Ernst Rohm tomó el mando en 1931 y aumentó radicalmente el número de miembros, llegando a ser más de cuatro millones en 1934, y exigiendo cada vez más poder.

Por otro lado, el Tratado de Versalles, que puso fin a la Primera Guerra Mundial, imponía un máximo de 100 000 soldados en el ejército alemán. El Reichswher se mantuvo al margen de todos los conflictos políticos de la época, pero no tenía muy buena imagen del partido nazi y las pretensiones de Rohm por integrar al ejército dentro de las SA aumentaron cada vez más la tensiones.

Las Schutzstaffel empezaron siendo una pequeña unidad de élite dentro de las SA, una guardia personal de Hitler y otros líderes, imitando a la Guardia Pretoriana. En 1929 decidieron independizarlas de las SA, pasando a manos de Heinrich Himmler. Durante este período, las SS pasaron de unos pocos miles de hombres a 200 000 en 1933. La Gestapo, la policía secreta, fue creada ese mismo año por Göring. En abril del año siguiente, pese a sus diferencias, transfirió el poder de la Gestapo a Himmler, fusionándose con las SS, con la intención de incrementar el poder del cuerpo y hacer frente a las SA de Rohm.

Todas estas confrontaciones terminaron La Noche de los Cuchillos Largos el 30 de junio de 1934 (éste es el último suceso histórico que aparece en la película). A Hitler le interesaba tener al ejército de su lado por diversas razones: representaban la antigua aristocracia prusiana, tenían fuertes vínculos con la industria, y pese a ser pocos hombres, posiblemente fuesen los oficiales más competentes de Europa (precisamente por la limitación, sólo podían entrar los mejores, y podían permitirse el mejor entrenamiento y los mejores equipos). Además, algunos de los principales ministros nazis empezaron a conspirar contra Rohm y falsificaron un dossier afirmando que éste había recibido subvenciones de Francia para iniciar un golpe de estado. Aunque supiera (o imaginase) que era falso, era consciente de que las SA tenían el poder de hacerlo en cualquier momento, y las tensiones entre él y Rohm se habían agravado en los últimos meses.

El único fallo, a mi juicio, en la película respecto a este suceso es que en esa escena entran las SS a saco en un edificio de las SA y matan a varias docenas de miembros. No me resulta muy consistente con las cifras de víctimas oficiales, que hablan de 85 asesinados y 1000 detenidos en todo Alemania. Además, Hitler aprovechó la purga de las SA para deshacerse de los pocos adversarios políticos que podían quedar, esto es, el partido conservador y quién se hubiese granjeado su enemistad durante los últimos años.

Conquista inglesa de Irlanda

Durante siglos, Irlanda estuvo dividida en varios reinos. Entre los reyes de cada región designaban un Gran Rey, título meramente honorífico que reconocía a uno de ellos como el primero entre iguales. Esto comenzó a cambiar entre los siglos X y XII, cuando se les empezó a conceder una auténtica autoridad sobre todo Irlanda y pasó a ser un título codiciado por todos.

Y como no podía ser de otra forma, las dinastías más poderosas entraron en un conflicto de intereses por ser el próximo Gran Rey, de modo que Diarmuid MacMorrough, rey de Leinster, solicitó ayuda al caballero normando Richard de Clare para acabar con sus enemigos.

Al Rey Enrique II de Inglaterra esta situación no le gustó ni un pelo, dado que Irlanda podía consolidarse como una nueva nación y, eventualmente, hacerse poderosa y suponer un problema. También tenía la sensación de que los barones normandos que conquistaban nuevas tierras no le estaban siendo muy leales, así que decidió desembarcaer él mismo en Irlanda con sus ejércitos para hacer valer su autoridad sobre las tierras conquistadas por sus vasallos, lo cual sucedió el 18 de octubre de 1171 en Waterford (condado al este de Cork).

La guerra terminó en 1175 con el Tratado de Windsor, lo que supuso la anexión de Irlanda al reino inglés. Desde entonces, Diarmuid MacMorrough es considerado el mayor traidor de la historia de Irlanda, por haber prácticamente invitado a los normandos a conquistar la isla. Enrique se declaró Lord de Irlanda, creando para tal efecto el Lordship of Ireland (Señorío de Irlanda).

Pero en la Alta Edad Media uno no podía ir por ahí anexionándose otros reinos cristianos a la ligera (recordemos que San Patricio llegó a la isla hacia el año 400 y tuvo un gran éxito predicando el Evangelio así como expulsando culebras del país). Pese a ser años oscuros, la nobleza era civilizada y para reclamar el trono de otro país tenía que existir algún lío familiar entre medio… o el permiso del Papa, máxima autoridad política y moral del momento.

De eso se encargó supuestamente el Papa Adriano IV promulgando en 1155 la bula Laudabiliter, por la que se autorizaba a Enrique II tomar posesión de Irlanda con el objetivo de “encarrilar” a los celta-cristianos de vuelta a la “verdadera” Iglesia de Roma. Esta bula papal se promulgó sólo tres años después del Sínodo de Kells, en el que se reorganizó a su aire la Iglesia de Irlanda.

Como se ve, pasaron más de quince años desde que el Papa alentase a Enrique II a la conquista de Irlanda hasta éste que la tomase, pero estaba ocupado con otros asuntos; así que cuando Diarmuid MacMorrough acudió a pedir ayuda a sus ejércitos no dudó en recordarla y utilizarla. Otro punto que me gustaría señalar es la nacionalidad inglesa de Adriano IV, a la postre el único Papa inglés de la historia. También, desde hace tiempo, existe mucha controversia sobre la autenticidad de la bula, principalmente por no conservarse el documento original.

Durante los siguientes siglos, la Corona Inglesa se debilitó debido a la Guerra de los Cien años (1337-1453) en Francia, y a la Guerra civil de las Dos Rosas (1455-1485).

Pese a haberse hecho en un principio con el control de la mayor parte de la isla, los nobles ingleses a los que se otorgó las nuevas tierras no tardaron en ser asimilados por la cultura irlandesa, dando lugar al dicho Más irlandés que los irlandeses. Esto sumado a que los nativos se esforzaron por recuperar sus tierras, provocó que durante los siguientes siglos los normandos fuesen perdiendo el control de casi toda la Irlanda, limitándose el gobierno inglés prácticamente a los alrededores de Dublín. El resto de los señoríos gobernados por barones anglo-irlandeses se limitaban a pagar un tributo a la corona como todo reconocimiento a la autoridad inglesa

Durante el siglo XVI la dinastía inglesa Tudor decidió restablecer su autoridad en Irlanda, por lo que comenzaron por declarar a Enrique VIII (y todos sus sucesores) como Rey de Irlanda en 1542. Este nuevo título era necesario porque el anterior (Señorío de Irlanda) había sido otorgado por un Papa, y ya no tenía mucho sentido tras la excomunión de Enrique VIII en 1533 y la separación de la Iglesia Anglicana al año siguiente.

En 1553 accedió al trono María I que reinó en Inglaterra hasta su muerte en 1558. María I fue la única hija que sobrevivió al matrimonio de Enrique VIII y Catalina de Aragón (de modo que fue nieta de los Reyes Católicos). También fue educada en su infancia por Juan Luis Vives, famoso humanista español —lo cual no tiene mucha relevancia pero es un detalle curioso—. También es la María que ha pasado a la historia como Bloody Mary por condenar a muerte a 300 disidentes religiosos en un intento de retornar el país a la fe Católica que su padre había abandonado.

En 1554 se casó con Felipe II, lo que convirtió a éste también en Rey de Inglaterra hasta 1558 y a ella en Reina de España desde 1556 cuando él heredó el trono de su padre Carlos I. Además, en 1555, el papa Pablo IV emitió una bula papal declarando a Felipe II de España y a la reina María I de Inglaterra como Rey y Reina de Irlanda. Ésta fue la respuesta de la Santa Sede ante el acta de la corona de Irlanda de 1542 antes mencionada. Así pues, por aquellas fechas, el tratamiento del matrimonio de María I y Felipe II era el de: «Felipe y María, por la gracia de Dios, Rey y Reina de Inglaterra, Francia, España, Nápoles, Jerusalén e Irlanda, defensores de la fe, Príncipes de España y Sicilia, Archiduques de Austria, Duques de Milán, Borgoña y Brabant, Condes de Hasburgo, Flandes y Tirol». En Inglaterra incluso se llegaron a acuñar monedas con la efigie de Felipe.

La reconquista Tudor de Irlanda de la que hablábamos se extendió durante más de 60 años alternando fases de negociación con campañas militares. Algunos de los conflictos fueron las Rebeliones de Desmond. En la segunda de las cuales (1579–83) los irlandeses fueron apoyados por Francia y España.

España por aquellos años tenía otro frente abierto tratando de mantener el dominio de Flandes (encubierto también como una defensa del catolicismo ante la expansión del calvinismo) con la Guerra de los Ochenta años (1568-1648). Allí eran los ingleses los que apoyaban a las Provincias Unidas.

Eran los años previos a la Guerra Anglo-Española (1586-1604), y ambas potencias se hacían la puñeta la una a la otra. Que si apoyo a tus enemigos por aquí, que si Drake y otros corsarios por allá… Un comportamiento que me recuerda mucho al de la Guerra Fría: no invado tú país, pero voy a apoyar esta rebelión cerca de tu territorio.

A los derechos que pudiera reclamar Felipe II sobre Irlanda y las diferencias por el cisma religioso, se sumó la ejecución de María I de Escocia (ferviente católica y siguiente en la sucesión al trono tras su prima la reina Isabel I) en 1587 ultrajó a los católicos de la Europa continental. Su reivindicación al trono fue heredada por Felipe (viudo de María I de Inglaterra). Ese mismo año, Felipe II recibe autorización del Papa Sixto V para deponer a Isabel, que ya en 1570 había sido excomulgada por Pío V.

Entre 1594 y 1603 tuvo lugar la Guerra de los Nueve años irlandesa prácticamente el último episodio militar de la reconquista inglesa de Irlanda.

A pesar de desarrollarse principalmente en el Ulster (al norte de Irlanda), una de las batallas más importantes históricamente se dio en 1601 en Kinsale, donde los españoles volvieron a apoyar a los irlandeses con el afán de seguir debilitando a Inglaterra. (Y de dónde ha salido este post. Servidor sólo quería situar la batalla en su contexto histórico pero había tantas relaciones y conexiones interesantes que…).

Con Felipe II ya muerto, fue su hijo Felipe III quién mandó partir desde Lisboa (entonces territorio español) 33 naves con 4432 hombres comandadas por el almirante Diego Brochero y con Juan del Águila, veterano oficial español curtido en las guerras de Flandes, al mando del ejército en tierra (Maestre de Campo General). El objetivo era tomar Cork, pero a causa de un temporal acabaron en Kinsale y parte de los hombres y la mayoría de provisiones tuvieron que dar la vuelta.

En cuanto terminó el desembarco, la flota regresó a España en busca de refuerzos. Juan del Águila quedó junto a 3.000 hombres aislado en Kinsale. Las tropas aliadas estaban lejos de la ciudad y sólo pudo conseguir 900 bisoños mal armados. Decidió entonces fortificarse y esperar refuerzos. En la entrada de la bahía mandó construir dos fuertes: Castle Park y Ringcurran. Sobre los restos de estos fuertes se erigieron los que aún hoy pueden verse en Kinsale, James’s Fort y Charles Fort respectivamente.

Pese a que se pudo enviar un nuevo contingente de tropas para apoyar a Juan del Águila, otro temporal desvió a los barcos de la ruta esperada, y una falta de coordinación y medios impedió que la ayuda sirviese de algo. Tras tres meses de asedio y el triplicando en número a los defensores, los ingleses ganaron esa batalla; que fue una de las últimas de la Guerra de los Nueve Años. (Más detalles sobre Juan del Águila y la batalla de Kinsale).

La capitulación de Kinsale, pese a lo amarga de la derrota (y tener que entregar varias plazas), fue en muy buenas condiciones para los perdedores: el ejército español (reducido entonces a 1.800 hombres) y todos los irlandeses que lo desearan, recibirían provisiones y transportes para regresar a España. Además, conservarían el armamento, banderas y dineros. En 1604, con la firma del Tratado de Londres, se puso fin a la Guerra Anglo-Española.

La mayoría de supervivientes irlandeses continuaron una lucha de desgaste en el Ulster hasta que se rindieron dos años después (1603). Históricamente, la derrota de Kinasle (1602), junto a la Fuga de los Condes y la colonización del Ulster (ambos sucesos acaecidos en 1607), se consideran el fin de la Irlanda gaélica.

Anábasis de Jenofonte

A mediados de este año leí este magnífico libro, también conocido como La expedición de los Diez Mil. Anábasis es un término de origen griego que significa “subida, expedición hacia el interior“. La otra Anábasis famosa es la de Alejandro Magno, el cual dicen se inspiró en la historia narrada por Jenofonte para su conquista de Persia (si 10 000 soldados griegos habían vuelto del interior del país poniendo en jaque al imperio, ¿qué no haría un buen ejército?), pero ésa es otra y también muy interesante historia. Por falta de tiempo (y pereza) no pude escribir una entrada como merecía, así que me siento obligado a enmendar ese error.

Brutal. Tremendo. Un libro magnífico que no esperaba disfrutar tanto ni por asomo. Para ser una historia real escrita hace más de 2300 años me ha parecido de una calidad sorpendente e increiblemente amena. Además la historia no está exenta de intrigas y traiciones, que sumados a unos mercenarios campando a sus anchas y asolando el mayor imperio del mundo antiguo, lo convierten en una excitante novela.

Para el que no conozca los hechos, trata de un grupo de 10 000 mercenarios griegos que contrata el hermano del rey de Persia para dar un golpe de estado y derrocarle. El ejército del usurpador está compuesto por otras decenas de miles de soldados, pero los protagonistas son los griegos.

Al perder la batalla y morir el hermano del rey, los griegos no tienen por quién luchar, así que los persas les permiten volver a su tierra pero sin ningún tipo de ayuda, e incluso se la juegan y los atacan en más de una ocasión. (Ojo, que todo esto ocurre en los primeros capítulos, no estoy jodiéndole el final a nadie).

No será para tanto, dirán algunos, pero si pensamos que estaban en el corazón del imperio aqueménida, sin barcos, con poca caballería, a miles de kilómetros de su hogar, con el Mediterráneo de por medio y varios caudalosos ríos sin puentes (los cruzaban con barcos), pues ya es un rato. Al finalizar la expedición, después de año y pico, habían recorrido más de 6000 kilómetros.

mapa anabasis

Los parecidos con lo que sucedió con los almogávares 1700 años después no salieron de mi cabeza durante todo el relato. Parece increible que puedan darse dos situaciones tan similares con distintos protagonistas, una en el 400 a.C. y otra en el siglo XIV. Un buen resumen de los almogávares lo escribió Reverte hace años.

Es un libro 100% recomendable. Para algunos, puede que Jenofonte peque de exhaustivo. Especifica exactamente cuánto andan cada jornada, o si descansan, aunque no ocurra nada más esos días. Detalla la longitud de cada río que atraviesan, así como el número y tipo de cada tropa y cosas así. A mí no es algo que me irrite, pero he escuchado a mucha gente criticar La Comunidad del Anillo por ser demasiado descriptiva. Por cierto, que quizás en esta historia anden más que en todo ESDLA.

Mi edición es una traducción de Ángel Sánchez-Rivero, de la Editorial Planeta, es más o menos tamaño libro de bolsillo, con 230 páginas en letra pequeña. Incluye una cronología y las suficientes notas al pie para que entender el vocabulario griego que aparece ocasionalmente (medidas de longitud, unidades del ejército, armas….). Lo único que he echado en falta ha sido un pequeño mapa indicando la exploración, pero no es nada que internet no pueda solucionar. Léanlo.

YHWH

El hebreo es un idioma que cuenta con una antigüedad de más de 30 siglos. En realidad el hebreo antiguo es completamente diferente del moderno (una relación parecida al latín con las lenguas romances, pero guardando más similitudes), de modo que la palabra técnica que define al hebreo es macrolengua.

En el hebreo antiguo escrito sólo se representaban las consonantes y para leerlo había que saber qué vocales debían intercalarse entre cada consonante en función de unas complicadas reglas o por el contexto. Así, cuando tuvieron que escribir el nombre de Dios, escribieron YHWH (יהוה). Esto se especula que viene de la respuesta de la zarza ardiendo a Moises «Yo soy el que soy y seré», o alguna otra construcción similar. Éste era el verdadero nombre de Dios en hebreo.

Se da el caso de que en algún momento de la historia temprana del pueblo judío se decidió no pronunciar nunca el nombre de Dios. En principio pudo ser una forma de mantenerlo oculto a los paganos, para evitar que lo pronunciasen en vano o blasfemasen, pero terminó por convertirse en una costumbre y una norma para toda la comunidad judía de entonces y ahora. Así, cuando leían las escrituras sagradas y llegaban a YHWH guardaban silencio o utilizaban distintas construcciones para referenciarlo. La preferida era Adonai (mi señor) pero también utilizaban diferentes palabras derivadas de El o Il. Éste era el dios principal de los cananeos, la cultura politeísta de la que los hebreos eran sólo uno de los pueblos que habitaban la región. Los hebreos lucharon contra el resto de tribus pretendiendo acabar con sus panteones politeístas e imponer el monoteísmo de su único dios, de ahí que Israel signifique El que lucha contra Dios (El). Esta historia también resulta muy interesante, pero no es por lo que estoy escribiendo este post y podéis seguir los enlaces.

Como iba diciendo, cuando leyendo un texto se llegaba a YHWH, generalmente se decía Adonai, y pasaron los años y los siglos y nadie volvió a pronunciar a lo que correspondían esas cuatro consonantes (denominadas también tetragramatón). Realmente el Sumo Sacerdote del Templo de Jerusalen sí podía pronunciarlo durante los rituales, pero fue destruido (y reconstruido y vuelto a destruir) y desapareció el cargo. Otros de los términos utilizados eran Hashem (el nombre) y Elohim, una especie de plural mayestático de El (dios).

Los primeros libros escritos de la Biblia se estima que fueron escritos 700 al 900 antes de Cristo. Fue hacia el siglo séptimo D.C. cuando los escribas —los que se ocupaban de las escrituras sagradas eran los masoretas— comenzaron a modificar sus textos incluyendo vocales en la forma escrita del hebreo. Esto también me parece muy interesante, porque en este idioma las vocales se indican mediante puntos —denominados niqud— encima, en, y debajo de las consonantes. Visto desde esta perspectiva histórica en la que el idioma empezó escribiéndose sólo con consonantes, resulta lógico que las vocales se representaran de esta forma: así pudieron simplemente “vocalizar” todos los textos que poseían y no reescribirlos desde cero. Esta característica tuvo que suponer una gran ayuda para que instaurar el nuevo sistema con vocales.

Una idea fabulosa para facilitar el aprendizaje de la lectura y que pudieron ejecutar sin problemas, hasta que les tocó puntear HYWH: después de más de 1000 años sin pronunciarlo, ya nadie sabía qué quería decir exactamente. Tampoco fue un problema muy grave porque seguía estando prohíbido decir el verdadero nombre de Dios, así que puntearon las vocales correspondientes a los términos con los que solía reemplazarse.

En la actualidad, al existir diversas corrientes dentro del judaísmo, hay quién no ve tan problemático no pronunciar el sagrado nombre del señor, mientras que los más ortodoxos continúan considerándolo una blasfemia. Sin embargo, no deberían tener porqué preocuparse ya que hace mucho tiempo que este significado se perdió, por lo que es imposible saber exactamente cómo debe leerse YHWH ni cómo se presentó Dios a Moisés. También les interesó en su día conocer la pronunciación a los no judíos que debían mencionar a dios —cristianos y musulmanes utilizan parte de los libros sagrados del judaísmo—.

Como dije antes, cuando se incluyeron vocales en el hebreo, YHWH se punteó con las correspondientes a las palabras sustitutas que solían pronunciarse. La principal de éstas era Adonai, la cual por motivos fonéticos y normas ortográficas transformó su primera A por E, quedando escrito YeHoWaH, de donde pasó al español como Jehová. Observando cómo se ha formado esta palabra, resulta claro que es una forma totalmente incorrecta de nombrar a Dios.

Actualmente los eruditos consideran que la forma más correcta de como debería sonar el nombre de dios es YaHWéH. Se basan entre otros motivos en la palabra aleluya (existente en muchos idiomas) procedente del hebreo hallĕlū yăh, «alabad a Yah». Yah fue una forma abreviada de nombrar a Dios. También se especula la relación con el verbo hebreo hawáh (llegar a ser), significando “El que causa que todo llegue a ser“.

Pese a todo, la única forma de nombrar a Dios que acepta la RAE es Jehová, no apareciendo ningún término por ahora para Yahveh (¿Yahvé?). Aunque el origen de Jehová sea erróneo, en castellano representa claramente la idea que la palabra quiere transmitir, por lo que se acepta su uso.

Además de muy interesante por los muchos temas que incluye esta historia (y que dejo al lector que le interese perderse en ellos como hice yo) me ha parecido francamente divertido que para proteger el verdadero nombre de Dios de otras tribus, sus propios adoradores hayan perdido cuál es éste. Es como olvidar la verdadera esencia y naturaleza de Dios.

Practicamente todo lo escrito en este artículo lo he aprendido en el término Yahveh de la wikipedia española. Sin embargo, es un auténtico desmadre, repitiendo en distintos apartados los mismos datos. La idea de este post era contar brevemente por qué actualmente se desconoce el significado de YHWH, pero para variar ha salido un pequeño tocho. Aún así, espero que sea más digerible que la entrada de la Wikipedia. También debo decir que si te ha interesado el tema debes leerlo, pues lo mio es un resumen muy general y se mencionan muchas más cosas allí. Llegué a todo esto a base de seguir enlaces en el último post de La Pizarra de Yuri.

También he consultado los artículos equivalentes en la Wikipedia inglesa, siempre más completa. Yahweh, Jehovah, Names of God in Judaism, Tetragrammaton. También he encontrado una breve página web dedicada al nombre de Dios.

Máquinas que piensan, de Pamela McCorduck

Este mes he dedicado realmente poco tiempo a leer, así que me ha costado bastante terminar Máquinas que piensan: una incusión perosnal en la historia y las perspectivas de la inteligencia artificial, de Pamela McCorduck. Y no porque no fuese interesante, al contrario, es un libro con el que he disfrutado muchísimo.

Ya publiqué hace varios días una reseña sobre una anécdota sobre programas de ajedrez (y en el resumen de las Jornadas de R también lo nombré brevemente), y el resto del libro sigue la misma dinámica. La autora, licenciada en filología, no es la primera vez que se aventura en el mundo de la tecnología y la inteligencia artificial, y creo que ha hecho un gran trabajo.

El libro es un compendio de anécdotas y opiniones de gente relevante en la IA, muchas de las cuales obtuvo la propia Pamela entrevistandose con ellos, y son el hilo conductor de la historia de la inteligencia artificial, desde sus primeros orígenes en los años 50 hasta la publicación del libro a finales de los 70.

En realidad, Pamela McCorduck va mucho más allá de ambos límites, señalando la constante búsqueda de la Humanidad por diseñar inteligencias artificiales (con sus ilusiones y temores) bien en la ficción: desde la Galatea de Pigmalion al Frankestein de Mary Shelley, o R.U.R. de Câpek. O bien en la realidad: desde las estatuas egipcias de dioses parlantes y móviles y los autómatas (otro) de Herón de Alejandría, a las cabezas parlantes de los sabios del siglo XV (y antes) o el Ars Magna de Ramon Llull; pasando por las estatuas mecánicas que decoraban los jardines de la nobleza en los siglos XVII y XVIII (como el pato de Vaucanson) o El Turco, la máquina de ajedrez de Wolfgang von Kempelen, que llegó a ganar a Napoleón o uno de sus mariscales (luego se descubrió la farsa, pues escondía a un maestro de ajedrez en su interior).

Y desde luego, en la historia por infundir conocimiento a las máquinas para liberarnos de tediosos trabajos no podemos olvidar los intentos por construir máquinas de cálculo: la pascalina, la máquina calculadora de Leibniz, las máquinas diferencial y analítica de Babbage, o las máquinas analógicas de cálculo de nuestro Leonardo Torres de Quevedo.

Pero además de máquinas automáticas, la Historia está llena de quienes afirmaron haber creado esclavos pseudo-humanos, como Paracelso descrito por Pamela como “el abuelo de todos los showmen de la medicina”, quién dejó la receta para crear un homúnculo que obedeciese nuestras órdenes (a base de esperma y estiércol). Paracelso sirvió de inspiración para el Fausto de Goethe.

O también Judah ben Loew, el Gran Rabino de Praga que creó un ayudante humano a base de arcilla al que llamó Joseph Golem y cuya historia me ha resultado tremendamente similar a la del Aprendiz de Brujo que podemos ver en Fantasia (la de Mickey Mouse puteado por la escoba mágica de su amo).

Y este repaso histórico sólo formaba parte de la introducción, pero me encanta cómo atrapa ese deseo humano por autodescubrirse y jugar a ser Dios.

Tras este inicio, algunos de los temas que trata en el libro son los primeros intentos de filósofos y psicólogos por definir la mente; la posible utilización del ordenador para simular un sistema inteligente, haciendo especial mención de Turing y Von Neumann; las comparaciones entre el cerebro y una máquina lógica, como mapas autoorganizativos, el Perceptrón o el trabajo de McCulloch y Pitts; los trabajos pioneros de Newell, Shaw y Simon de procesamiento de la información (GPS entre otros). Sin duda, y como es natural, se extiende con todo lujo de detalles en la Conferencia Dartmouth, cómo estaban las cosas antes, cómo se gestó y qué influencia tuvo en los años siguientes de la Inteligencia Artificial.

Otros temas contemplados por Pamela son los críticos de la IA (como Dreyfus); los primeros intentos de aplicarla al diseño de robots (como Shakey); algunos proyectos de los años 70 relacionados con el lenguaje, las escenas, llos símbolos y la comprensión; programas de IA que se estaban aplicando con éxito durante la redacción del libro, como DRENDRAL o el proyecto LOGO; aspectos éticos y morales de crear una mente artificial (Computer Power and Human Reason de Weizenbaum); y finalmente vuelve a salirse de las barreras históricas para viajar al futuro y especular con la dirección que tomará la IA y la tecnología.

Me ha parecido un libro francamente interesante que cualquiera interesado en la historia de la inteligencia artificial, llevado de la mano de sus protagonistas, disfrutaría. No es un libro técnico, ni mucho menos, es mucho más divulgativo y humano que cualquier otra cosa, así que puede ser leído por cualquier persona sin formación al respecto.

La verdad es que si te gusta Historias de la Ciencia y te apasiona la vida de los científicos, éste es tu libro. O sólo con que te llame un poquito la atención la iteligencia artificial, ya merece la pena que lo leas.