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La carretera

Hace un par de semanas terminé de leer La Carretera, de Cormac McCarthy. Es un libro que alguien (no recuerdo quién) me recomendó hace varios años, pero todo lo que me avanzó sobre el argumento fue que trataba de un padre y un hijo caminando por una carretera. Nada más. Sonaba aburrido así que jamás me apeteció leerlo, hasta que recientemente vi el trailer de la película con Viggo Mortensen y me llamó mucho la atención. Estaba yo pensando en ello cuando un amigo, esa misma semana, me dijo: “Fíjate, casualidades de la vida, que justo me he terminado un libro esta tarde, he encendido la tele ¡y anunciaban una película basada en ese libro!“. Casualidades de la vida, pensé yo. Y le dije “¿La Carretera, no? Casualidades de la vida, yo también estaba pensando en ese libro“. Así que tras su recomendación no dudé en leerlo cuanto antes, para animarme a ver la película si me gustaba el libro.

La Carretera narra un relato desgarrador. Transcurre en un mundo desolado, no sé sabe cuánto tiempo atrás ni como, una Tierra reducida a cenizas con la inmensa mayoría de la población muerta. En comparación, Mad Max sería un paraíso despoblado y Waterworld el mundo colorido e iluminado totalmente contrario.

Empieza a medias, con un padre despertándose en mitad de la fría noche y comprobando que su hijo todavía sigue a su lado, vivo, respirando. El lector no tiene la certeza de qué está ocurriendo ni por qué, pero en seguida se ve atrapado por la continua lucha por la supervivencia a la que padre e hijo se ven sometidos en un mundo tan hostil.

No sólo todo está quemado y cualquier atisbo de civilización destruído, es que hace años de eso y no parece que las cosas vayan a mejorar. El mundo está cubierto constantemente por una capa de nubes y polvo que sólo permite adivinar la posición del Sol durante el día, y que provoca las noches más oscuras que haya conocido la Humanidad.

Y si resultase difícil sobrevivir en un entorno así, las pocas personas supervivientes han tenido que deshumanizarse y sacar sus instintos más básicos y feroces en la lucha por la supervivencia. Es un retrato del hombre en su estado más indefenso y salvaje que me ha recordado mucho al Ensayo sobre la Ceguera de José Saramago. En ambos relatos he encontrado el mismo tipo de escenas brutales, no aptas para las mentes más sensibles, que permiten reflexionar sobre lo frágil que es la mentira de la sociedad en la que vivimos, y hasta dónde puede llegar el ser humano para sobrevivir, cuánto puede dejar de ser humano.

El padre, junto al hijo —puede intuirse que tendrá en torno a los diez años, pero tampoco se sabe— están emprendiendo un peregrinaje hacia el sur, hacia la costa, para encontrar climas más suaves y cálidos, pues cada invierno es más crudo que el anterior. También buscan el mar, que históricamente tantos recursos ha otorgado al hombre, esperando que todavía quede algún atisbo de vida y pueda seguir siendo utilizado como fuente de alimentos. Lo hacen caminando a través de carreteras, último vestigio de un mundo perdido del que hasta los recuerdos empiezan a borrarse.

No quiero adelantar nada más de la historia. Es un libro corto, que se lee rápido porque no puedes dejar de seguir el ajetreado viaje del padre y el hijo. Un padre y un hijo anónimos, por una carretera que podría estar en cualquier país actual. Está escrito con un lenguaje premeditadamente frío y parco. Incluso las conversaciones son casi vacías y escasas. Querrían hablarse, pero no hay mucho que contar sobre el infierno en el que viven. El final no me convenció mucho, y al momento de terminar el libro tampoco me pareció algo increible; pero cada día que ha pasado desde entonces me ha cautivado más. Si entonces lo dejé como una simple buena lectura, hoy lo recomendaría.

La película no terminó de convencerme. Pese a ser mucho más fiel al libro que la mayoría de adaptaciones cinematográficas que podemos ver, le faltaba algo. Los actores lo hacían bien, y la escenografía estaba lograda, pero no transmite todos los detalles que transmitía el libro. Pese a ser breve y en un ambiente más o menos definido, es una historia difícil de llevar a la gran pantalla.

La angustia, la soledad, la desesperación y la lucha por la supervivencia que lees en cada página del libro no terminé de verlos bien plasmados en el cine. El padre constantemente palpando el pecho de su hijo para comprobar si sigue vivo cuando despierta en mitad de la noche; la preocupación obsesiva por cubrirse con plásticos y no mojarse (en un ambiente tan frío supondría una muerte segura); noches y noches durmiendo al raso, apretados para guardar el calor… pequeños detalles, en suma, que provocan que el lector comprenda mejor la situación de los personajes, y la viva como suya, pero que no se consiguen transmitirlos al espectador.

Hurbert Dreyfus contra la IA

Actualmente estoy leyendo Máquinas que piensan, de Paloma McCorduck, un apasionante relato sobre la historia de la Inteligencia Artificial, que cuenta tanto con anécdotas y citas de otros lugares, como con entrevistas de la propia autora a los verdaderos protagonistas de toda “la movida” de la IA allá por los 50. No lo he terminado pero puedo asegurar que es obligada lectura a todo aquel que disfrute con anécdotas de científicos al más puro estilo Historias de la Ciencia, especialmente si está interesado en la inteligencia artificial. Pero vayamos al caso.

A finales de los 60, un filósofo llamado Hurbert Dreyfus comenzó a atacar a diestro y siniestro esta rama, empezando con la publicación de un libro titulado “Alquimia e inteligencia artificial“. Al principio se le tomaba en serio y se debatían intensamente sus ataques hacía la IA, pero llegó un punto en el que el tipo se debió de desquiciar y dedicó el resto de su vida a dar charlas y escribir artículos criticando con total obcecación y nula imparcialidad a los investigadores y sus objetivos.

Seymur Papert estaba preparando una pequeña monografía sobre las dificultades para aceptar la idea de la inteligencia artificial, así que decidió ilustrar uno de sus artículos con un caso real de una crítica de Dreyfus y la siguiente cita está sacada de ahí.

«Pienso que tal vez en un sentido más profundo ése es el problema de la gente que nuca ha programado un ordenador [continuó Papert], y que quieren reflexionar acerca de si es posible la IA. Realmente parece monstruoso que esto sea posible. Tú les dices que un programa ha sido escrito para que haga tal y tal cosa y que así es como lo hace. Entonces ellos piensan en un programa ligeramente diferente. Cualquier programador vería de inmediato cómo ampliar el programa para cubrir ese problema. La gente como Dreyfus no puede. De ese modo cualquier modificación del problema parece llevarlo fuera del reino de lo que puede programarse, y eso parece ser una debilidad insalvable de la inteligencia artificial.»

Hubo un momento en el que ya nadie dentro del campo se molestaba en replicarle, porque la mayoría de cosas que decía eran un sinsentido. Pamela McCorduck dice en el libro que «Newell y Simon, que son objetivos primarios de Dreyfus, llegaron a la conclusión de que cualquier refutación formal sólo conseguiría dar más propaganda a Dreyfus. La ciencia, piensa Newell, vive porque un científico recoge el trabajo de otro, bien para refutarlo o para corroborarlo». Más tarde, Papert se arrepintió de haber tomado unas críticas de Dreyfus para elaborar el artículo que he citado previamente, afirmando que «Dreyfus no se enfrenta realmente con los problemas: se queda demasiado cerca de la superficie».

En sus artículos utilizaba citas de investigadores de la IA sacadas completamente de contexto para desprestigiarlos, y se aprovechaba de predicciones “fallidas” para ahondar en el fútil objetivo de desarrollar una Inteligencia Artificial. Con el paso de los años, insistió en que la disciplina se había estancando, a lo que más de uno comentó jocoso que eso significaba que los artículos se habían convertido en demasiado difíciles de leer para él.

Probablemente uno de los sucesos qué más recordará la comunidad de la IA de aquellos tiempos fue cuando Dreyfus aceptó jugar una partida de ajedrez contra un ordenador en 1966. Él había afirmado un año antes en uno de sus artículos que «ningún programa de ajedrez puede jugar ni siquiera ajedrez amateur», así que a Seymur Papert le pareció divertido organizar una partida de ajedrez entre el filósofo y el último programa de ajedrez que se había desarrollado hasta el momento, el MacHack de Richard Grenblatt. El ataque de Dreyfus se fundamentaba, especialmente, en un enfrentamiento anterior en el que un niño de diez años venció a una computadora.

Hay que aclarar que en esos años los programas de ajedrez no eran como ahora, ni mucho menos. El primer programa que jugaba al ajedrez fue desarrollado por Alan Turing en 1952 y ningún ordenador podía ejecutarlo. La única partida que se jugó, fue el propio Turing quién simulaba la ejecución, tardando hora y media con cada movimiento. Perdió la máquina.

No fue hasta finales de los 70 y principios de los 80 cuando se consiguieron desarrollar programas que llegaron a ganar torneos importantes y adquirir la categoría de Maestro. MacHack, situado entre ambas épocas, fue el primer programa con capacidad de jugar torneos de segunda, y venciendo a humanos en éstos.

Debo recordar que hubo que esperar hasta 1997 para ver cómo Deep Blue derrotaba al campeón mundial del momento, el Gran Maestro Gari Kaspárov. Aquella partida fue muy sonada, y probablemente sea uno de los hitos más famosos de la Inteligencia Artificial reciente. Sin embargo, creo que fue una victoria bastante controvertida, y que IBM jugó bastante sucio a continuación, aunque ésta ya es otra historia.

Bien, una vez puestos en contexto del estado del software que jugaba al ajedrez, debo decir que el enfrentamiento entre Dreyfus y MacHack, fue algo que sorprendió incluso a los principales investigador de IA del momento. Hasta la mitad de la partida todo el mundo estaba seguro de que ganaría el humano, pero hubo un momento en el que Dreyfus puso contra las cuerdas a la máquina, y ésta encontró una solución brillante que cualquier jugador de ajedrez habría disfrutado ejecutando.

Tras recibir el jaque mate por parte de MacHack, Dreyfus aseguró que su afirmación anterior no se refería a que no se pudiese lograr jamás un programa que jugase ajedrez amateur, sino que hasta ese momento no se había conseguido. Y que de hecho, MacHack le ganó a él, un jugador amateur. La polémica estaba servida cuando el siguiente número de una revista de IA publicó un artículo sobre la partida con el título: «Un niño de diez años puede vencer a una máquina, Dreyfus». Y el subtítulo: «Pero la máquina puede vencer a Dreyfus».

En lugar de tomárselo con filosofía (chiste fácil) aceptando la derrota y que se hiciese alguna gracia al respecto, protestó y escribió una carta en la que utilizaba un lenguaje en el que se le veía francamente ofendido. Herb Simon escribió una carta abierta dirigida a Dreyfus, con el título «Tranquilízate, amigo!». El original puede encontrarse en el archivo digital de todos sus escritos. Como no he encontrado una traducción por internet, copiaré la que aparece en el libro de Pamela McCorduck (la traducción del libro es de Dolores Cañamero). Publicar esta carta había sido mi propósito inicial cuando empecé este post, pero se me ha ido de las manos y supera las 1000 palabras, pero sin entender el contexto en el que fue escrita carece de todo interés. Si habéis conseguido llegar hasta quí, disfrutad del mordaz Simon.

«Estimado profesor Dreyfus:

Me ha molestado un poco su reciente carta a SIGART, protestando por los comentarios acerca de su derrota a manos de MacHack, el programa de ajedrez de Greenblatt. Una persona que utiliza la yuxtaposición de los nombres “Alquimia e inteligencia artificial” apenas puede pretextar ignorancia en el uso de la retórica o gritar “cerdo” cuando un editor insinúa algo yuxtaponiendo los resultados de una partida de ajedrez con una cita de uno de los jugadores. Tal persona, en conciencia, no podría ni siquiera protestar porque le contesten con el mismo tipo de retórica que él empezó a utilizar hace cinco años, y ha continuado, en escalada desde entonces.

¿Cuáles son los hechos? Un hombre que mostró un gran entusiasmo al escribir que “Un aprendiz de 10 años” había ganado a un determinado programa de ajedrez ha sido derrotado, y derrotado profundamente, por MacHack. Ningún hecho por sí mismo prueba demasiado sobre el presente o el futuro de los programas de ajedrez, pero los dos hechos pueden interesar y despertar emociones en personas que ya están apasionadamente comprometidas con ciertas conclusiones (a favor o en contra) en estos temas. Protestar contra un divertido comentario sobre la victoria de MacHack muestra o bien u deseo de aplicar la reglas de la retórica de forma asimétrica, o bien un compromiso emocional tan profundo como para no poder ver la asimetría. Usted debería reconocer que es probable que algunas de las personas que han sido mordidas por los afilados dientes de su prosa, en su debilidad humana, devuelven el mordisco; porque, aunque usted tiene una considerable destreza en el arte de polemizar, no tiene la patente.

La discusión sobre la filosofía y el status, de la inteligencia artificial saldría beneficiada de una desescalada. Puesto que usted ha aportado algunos de los pasajes más enérgicos acerca del tema, permítame sugerirle que usted bien podría empezar a enfriar el asunto; recobrar su sentido del humor podría ser un buen primer paso. Ya ve, lo verdaderamente cómico de la partida Dreyfus-MacHack, como cualquier otro jugador de ajedrez que lo intente le dirá, no es que usted fuera derrotado. Lo cómico es que el programa de Greenblatt exhibió en esta partida muchos de los fallos humanos que usted cometió (no ver mates obviamente inminentes, por ejemplo) y aún así le dio una paliza –por los pelos–. Fue una verdadera película de suspense en la cual una parte marginal de inconsciencia superó a otra. MacHack se comportó no como un “ordenador omnisciente” (para citarle a usted fuera de contexto), sino como un frágil y en ocasiones desesperado humanoide; incluso, podríamos decir, como usted y yo.»

La mayoría de la información que he publicado en esta entrada, así como todas las citas, están sacadas del libro Máquinas que piensan: Una incursión personal en la historia y las perspectivas de la inteligencia artificial, de Pamela McCorduck (traducción española de Dolores Cañamero).