Incluso a día de hoy, y en Europa, si preguntamos a un individuo vulgar y corriente por qué cree en un creador omnipotente del mundo, nunca mencionará en su respuesta la belleza de las causas finales, acerca de las cuales es totalmente ignorante; no extenderá su mano para pedirnos que contemplemos la flexibilidad y variedad de articulaciones en sus dedos, su doblarse hacia adentro todos ellos, el contrapeso que reciben del dedo pulgar, la blancura y carnosidad de la cara interna de la mano, y todas las demás circunstancias que hacen ese miembro idóneo para el fin a que ha sido destinado. El individuo común está acostumbrado a todas estas cosas desde hace mucho tiempo, y las mira con indiferencia y falta de interés. Os hablará de la muerte repentina e inesperada de tal o cual persona, o de la caída y el daño físico sufridos por otra; os hablará de la excesiva sequía de tal estación del año, o del frío y las lluvias de tal otra. Y todo esto lo adscribirá a la inmediata operación de la providencia. Así, estos fenómenos, que para los buenos razonzadores resultan ser las mayores dificultades para admitir la existencia de una inteligencia suprema, son para el ignorante los únicos argumentos en favor de ella.

Vagando por la biblioteca en busca de libros, miré durante unos segundos en la sección de religión y mis ojos se posaron de inmediato en un pequeño libro titulado Historia natural de la religión, el cual prometía resultar muy interesante teniendo en cuenta que el autor era nada menos que David Hume.

En este breve ensayo Hume hace un repaso a la evolución de las religiones a lo largo de la historia, afirmando que conforme nos remontamos al pasado, todas las civilizaciones y tribus son politeístas, y que con el progreso del pensamiento humano evolucionan hacia posiciones teístas, resultado de la observación de la perfección de la naturaleza.

Pero un animal bárbaro y plagado de necesidades (como el hombre en los primeros orígenes de la sociedad), presionado por sus numerosos defectos y pasiones, no tiene el ocio suficiente que le permita admirar el aspecto regular de la naturaleza, ni hacer investigaciones sobre la causa de estos objetos a los que se ha acostumbrado gradualmente desde su infancia. Muy al contrario: cuanto más perfecta se le muestra la naturaleza, más se familiariza él con ella, y menos inclinado está a analizarla y examinarla. Un pájaro monstruoso despierta su curiosidad y es por él estimado como un prodigio. Su novedad le alarma, e inmediatamente provoca en él un temblor y una serie de sacrificios y oraciones. Pero un animal completo en todos sus miembros y órganos es para él un espectáculo ordinario y no le produce ninguna opinión o afección religiosa. Preguntadle que de dónde provino ese animal, y os contestará que de la copulación de sus padres. Y éstos ¿de dónde provienen? De la copulación de los suyos. Unos cuantos pasos atrás satisfacen su curiosidad y colocan los objetos a una distancia tal, que los pierde de vista.

[…]

Cuanto más está la vida de un hombre gobernada por los accidentes, más aumenta en éste la superstición; y ello lo observamos en los jugadores y en los hombres de mar, los cuales, siendo los menos capaces de producir serias reflexiones, son al mismo tiempo los que albergan ideas más frívolas y supersticiosas.

En el estudio preliminar, Carlos Mellizo hace hincapié en las dos maneras diferentes en que David Hume entiende la palabra religión: En primer lugar, como actividad cuya misión es «reformar las vidas de los hombres, purificar sus corazones, reforzar toda obligación moral y asegurar la obediencia a las leyes del Magistrado civil». En segundo lugar, como «superstición y fanatismo», como abuso perpetrado por los hombres. Y esto es a lo que más vueltas da el escocés a lo largo de la obra, a separar los verdaderos sentimientos teístas de los rituales y los excesos a los que terminan llevando muchas religiones. Tanto el siguiente fragmento como con el que termino la entrada, hacen referencia a esto.

Tampoco es una respuesta satisfactoria decir que la práctica de la moralidad es más difícil que practicar la superstición. Pues, aun sin mencionar las excesivas penitencias de los brahmanes y monjes budistas, es seguro que el Ramadán de los turcos, período durante el cual los pobres hombres permanecen sin comer y sin beber por muchos días, a menudo en la época más calursa del año y en lugares donde el clima es d elos más álidos del año, es seguro —digo— que este Ramadán es más severo que la práctica de cualquier deber moral, incluso entre los individuos más viciosos y depravados del género humano. Las cuatro cuaresmas de los moscovitas y las austeridades de algunos católicos romanos parecen cosas mucho más desagradbles que la práctica de la humildad y la benevolencia.

También, a lo largo de toda la obra, hace constantes reflexiones sobre las religiones politeístas

Más, al mismo tiempo, la idolatría se ve acompañada de esta evidente ventaja: que, al limitar los poderes y funciones de sus deidades, está admitiendo, de modo natural, que los dioses de otras sectas y de otras naciones poseen también una parte de divinidad; y, de este modo, hace que las diferentes deidades, así como los ritos, ceremonias y tradiciones, sean compatibles entre sí. […] Los romanos solían adoptar como suyos los dioses de los pueblos que conquistaban; y nunca pusieron en disputa los atributos de las deidades locales y nacionales de los territorios en los que residían.

Que, además, son acompañadas de interesantes anécdotas y curiosidades:

Los caunos, un pueblo del Asia Menor, habiendo decidido no admitir entre ellos a dioses extraños, se reunían regularmente en ciertas épocas del año; y, armados hasta los dientes, atravesaban el aire con sus lanzas y procedían haciendo lo mismo hasta llegar a sus fronteras, para así expulsar de su nación, como ellos decían, a las deidades extranjeras.

[…]

Los lacedemonios, dice Jenofonte, en tiempo de guerra, siempre formulaban sus peticiones muy de mañana, a fin de anticiparse a sus enemigos; y pensaban que, siendo los primeros en recitar sus plegarias, predispondrían a los dioeses en su favor.

[…]

Los tirios, cuando fueron asediados por Alejandro, encadenaron la estatua de Hércules para prevenir que esta deidad desertara y se uniera al enemigo.

Sin embargo, a pesar de su desprecio por el politeísmo más puro, no deja en toda la obra de criticar a quienes, creyendo en un único dios todopoderoso, comparten su adoración con otros seres sobrenaturales como ángeles, duendes, fantasmas o santos, afirmando que quienes creen en ello no dejan de ser, a su manera, politeístas. Del mismo modo, tacha de ignorantes y bárbaros a quienes, a pesar de sentirse monoteístas, y creer en una única Deidad creadora de todo, la reconocen principalmente por las peores situaciones a las que deben enfrentarse, como queda reseñado en el texto con el que he comenzado esta entrada.

En resumen, una lectura muy productiva para cualquiera interesado en la influencia de las religiones en las sociedades humanas, y una dura crítica a rituales, plegarias, fetichismos, idolatría y cualquier otro tipo de superchería que envuelve a cualquier religión y que la separa de su objetivo moralizante.

Los sacrificios humanos de los cartaginenses, mexicanos y otros pueblos bárbaros apenas exceden las persecuciones inquisitoriales de Roma y Madrid. Pues, además de que el derramamiento de sangre peude que no sea en aquéllos tan abundante como en éstas, además de eso, digo, las víctimas humanas para los sacrificios, al ser escogidas por sorteo o por ciertas señales externas, no afectan en gran medida al resto de la sociedad, mientras que son precisamente la virtud, el conocimiento y el amor a la libertad las cualidades que provocan la fatal venganza de los inquisidores; y, cuando esas virtudes son exitrpadas de la socidad, dejan a ésta hundida en vergonzosa ignoranci9a, corrupción y esclavitud. El asesinato ilegal de un hombre a manos de un tirano es más pernicioso que la muerte de mil por causa de la peste, el hambre o alguna otra calamidad que afecte a todos por igual.